El impacto emocional de las separaciones y sus equivalentes llevaron a Alejandra a buscar tratamiento psicoanalítico hace seis años. En ella, provocan angustia de aniquilación. Terror sin nombre (Bion, 1962).
Cuando Alejandra está acostada en el diván y me abruma con sus palabras que salen como proyectiles de su boca, en mil direcciones, a pedazos, a una velocidad que aunque quisiera atraparlas en una hoja sería imposible, que ni grabarlas ayudaría a transcribirlas, ya no es importante precisar el origen de su desamor[ Uso predominante de la identificación proyectiva para evacuar todo lo que no puede tolerar.] Y es que no solo son muchas palabras, sino que salen atropelladamente de su boca, mostrándome su voracidad; se siente cómo persiguen, huelen a angustia, a muerte, a desolación. Mientras Alejandra habla, a veces escucho solo ruido; otras, trato de entender lo que no dicen. Pero siempre las dejo correr. Ella necesita sacarlas. Viene a terapia para dejarme esa parte de ella intolerable, pienso que si no hubiera quien la acompañara se ahogaría entre tantas letras.
Alejandra nació tres años después que su única hermana, de un padre ausente y adicto al trabajo y una mamá “de revista”, obsesiva de la limpieza y las apariencias. Alejandra fue amamantada por muy poco tiempo porque los pezones de su madre estaban muy agrietados, su madre le contó que en su boquita había más sangre que leche.
La mamá le cuenta que desde que nació parecía alerta y vigilante de ella; tenía que salirse de puntitas de su recámara porque escucharla salir le despertaba el llanto. Desde que puede recordar vincula las separaciones a ceremoniales cuidadosamente preparados para conjurar la salud y el bienestar de su madre.
Alrededor de los doce años, su mamá comenzó a preocuparse porque era la más bajita de su clase y la llevó con el pediatra, quien, al revisarla y mirarle los pechos, le dice que hay algo malo en ellos. Alejandra no puede precisar qué era lo que estaba mal, pero recuerda que en varias ocasiones estuvo con este médico, quien insistentemente le tocaba los pechos y observaba el crecimiento de su vello púbico, mientras su madre aguardaba en la sala de espera. Desde entonces, vive y piensa a su cuerpo mal hecho, dañado, estéril. La dificultad para distinguir sus emociones de la realidad externa la llevan constantemente a compararse con otros, a imitarlos, a observarlos y hasta a espiarlos, frenéticamente necesita saber qué está bien y qué está mal, qué es normal y qué no.
Su historia, como su discurso durante las sesiones, es confusa, turbulenta y dolorosa. Muy pronto uno se puede dar cuenta que la vida fantasmática de Alejandra es persecutoria y arrolladora.
Cuando puedo pensar mientras habla, este es el libreto que imagino. Esta es la fotografía que construyo en mi mente que intenta contener tanta desesperación: un pecho agrietado, roto, y una boquita que gotea sangre y leche.
Entonces me detengo y pienso. Puede ser que la envidia sea innata y puede ser que se movilizó por la experiencia temprana entre Alejandra bebé y su madre. No sé. Cuesta trabajo pensar en esos términos. Pero cuando pienso en Alejandra fuera de la sesión analítica me pregunto ¿cómo se construye el pensamiento cuando la más cruel fantasía se vuelve realidad? ¿¡Cómo!? Si hubiera podido hablar Alejandra recién nacida, ¿diría lo que yo me digo cuando pienso?: “feo pecho que no vienes cuando tengo hambre. ¡Ojala te mueras!” Entonces llega el pecho y está roto. “Asustada y a gritos me pregunto ¿qué he hecho? ¿Está bien o está mal sentir lo que siento?”
Sigue la fotografía: la madre acerca el pecho a la boca de Alejandra, pero el dolor que siente cuando ella aprieta su pezón la lleva a retirar el pecho instintivamente. “¿Qué he hecho?”, se pregunta Alejandra desesperada, “¿Qué he hecho?” que mi mamá se retira, se separa. “¿La dañé o me dañó? Tengo hambre y sueño, me duelen muchas partes de mi cuerpo, debe de ser porque la lastimé, me dio mi merecido. “¿Y ahora cómo la retengo a mi lado? Sin ella me muero. Pruebo de todo, primero digo NO PASA NADA mil veces, luego rezo, aviento veinte besos, pongo la puerta de cierta manera, dejo todo quieto y en orden, que nada moleste a mamá. Eso no sirve. Mamá se fue de mi cuarto, me dejó con la nana. Me enojo. Grito rabiosa ¡que se muera! Pero entonces me enfermo”.
Era claro para mí que una madre en esas condiciones, con una hija mayor que cuidar, un marido ausente, con sus sueños profesionales detenidos, no pudo transformar el hambre de Alejandra en satisfacción, el terror en tranquilidad. El pecho ofrece amor, calidez, regocijo, pero cuando esto maravilloso que ofrece se ve obstruido por el temor a la propia agresión, la mente del lactante se divide (splitting forzado, Bion, 1980). Pecho ensangrentado: terror sin nombre. Ese es el libreto con el que construyo la parte psicótica de la personalidad de Alejandra. Mientras ella habla yo sueño (reverie), y en esa ensoñación solo puedo ver el terror, la rabia, las defensas obsesivas, las ansiedades persecutorias desplegadas con toda su intensidad en la situación analítica.
Bion me dice con la voz de sus libros que la mente de Alejandra está poblada por objetos malos, destruidos, que se convierten en pensamientos catastróficos, a veces en objetos bizarros: enfermedades, muertes, accidentes; que no ceden aunque ella diga mil veces NO PASA NADA (-K). No pasa nada es un intento por desconocer la realidad, es una forma de atacar su capacidad para pensar y conocer porque el mundo externo y los sentimientos que le despiertan le parecen intolerables. Para Alejandra la preconcepción del pecho que tardaba en llegar se convirtió en una realidad terrorífica, generando caos, violencia, confusión y terror a vivir en un mundo vacío y sin mamá. “Mamá me acerca el pecho, me lo quita, sangra. Mamá desaparece”. Alejandra se siente responsable del daño, ataca el vínculo quedando fragmentada su personalidad y su mundo externo (Bion, 1963).
Así como ahora he escrito este trabajo tantas veces, escribí la historia de Alejandra. La escribí y reescribí para pensarla. Durante la primera parte del tratamiento necesitaba poder comprender algo entre todo lo que me decía y lo que no me decía. Le interpretaba, le señalaba, la confrontaba, me callaba, me dormía, me agotaba. Pasaban los años y pasaban cosas. Alejandra se mudó de casa de sus padres, se sumió en alcohol, bajó diez kilos, se casó, dejó el alcohol, cambió de amigas, dejó su vida profesional. Dejó, es la palabra clave de la historia de Alejandra: dejar, separar lo más temido, lo más deseado. Encontró que solo pegada podía preservar la fantasía de “ser”, pero como pensamiento mágico se esfuma y se vuelve angustia y falta. La cercanía con ese objeto-pecho dañado provoca terror sin nombre y la distancia con él, también. Con él me muero, sin él también. ¿Cómo reescribir la historia para que haya encuentro y tolerar el desencuentro?
Alejandra estaba adherida a su mamá, a Juan, al alcohol, a mí. Cuando se necesita al objeto como un receptáculo para que el sujeto pueda poner sus identificaciones, es decir, cuando la mente funciona en identificación adhesiva[ Es una forma de identificación narcisista, superficial, voluble, vacía, sin consistencia ni profundidad. El sujeto se pega al objeto y obtiene su precaria identificación.], no hay nada que quepa entre los que están pegados. Así me sentía yo, como que nada de lo que dijera pudiera penetrar en la mente de Alejandra. En esta relación bidimensional, entre Alejandra y su madre (y todas las figuras importantes que representan a la madre), no se le permitió la entrada a un tercero: al padre que hiciera posible el acceso a la tridimensionalidad (Meltzer, 1975). Al principio intenté “penetrarla” violentamente, le hice interpretaciones precipitadas, le prohibí que pusiera su vida física y emocional en peligro, estaba desesperada porque algo se movilizara dentro de ella. Fue hasta que pude comprender que Alejandra necesitaba seguir evacuando los contenidos de su mente que me convierto en un continente para ella. Así fuimos ingresando a la segunda parte del tratamiento oscilando entre la posición esquizo-paranoide y depresiva.
Nos cambiamos juntas de consultorio al final de la primera etapa del proceso analítico. Cuando le avisé de ese movimiento lloró, ya se había encariñado con todo, el espacio, la colonia, los vigilantes, todo. El cambio lo recibió con mucha envidia. Se reactivó la transferencia negativa. Finalmente me había convertido en su madre de revista. Desconfiaba en que pudiera ayudarla, temía que me hartara de su discurso y la dejara, empezó a vigilarme de la misma manera que aprendió desde muy pequeña a vigilar a su madre para que no se fuera de casa sin su consentimiento. Su mirada cambió. Era distinta cuando llegaba y se iba. Entraba escéptica, cautelosa. Intuía a la perfección la duración de la sesión pues dejaba de hablar unos minutos antes de separarnos como para amortiguar el golpe. Cuando nos separábamos por vacaciones, estaba muy alerta de cómo me despedía y cómo la recibía de regreso. Cuando más enojada estaba conmigo porque tomaba vacaciones, peor se ponía. Era como si quisiera que no disfrutara mis vacaciones, como si dijera: “ah… ¿te vas? Está bien, pero te irás preocupada por mí, porque me desbordaré, mis palabras se convertirán de nuevo en proyectiles, tú no podrás pensar y yo, me voy a enfermar”. Alejandra me confesó una vez que al salir de las sesiones intentaba escribir mis interpretaciones, pero a veces al cruzar la puerta de mi consultorio las olvidaba. Eso era el efecto del amor convertido en sadismo y del odio a la realidad interna y externa. “Paciencia”, me decía. “Paciencia”. La envidia y la rivalidad se evidencian también en la transferencia negativa. La coloca en otros pacientes, en mi forma de arreglarme, en mi manera de pensar. En ella se convierte en una necesidad en ser de revista: “el ansia de amor permanece insatisfecha y se convierte en una excesiva y mal dirigida voracidad” (Bion, 1980)[ Bion, W. (1980) Aprendiendo de la experiencia. Buenos Aires: Paidós. Pág. 38.].
Primero entendí yo el efecto que tenía en Alejandra las separaciones. Después lo comprendió ella. En muchas ocasiones intenté cambiar mi estilo de interpretarle. Ella sentía mi esfuerzo, me regalaba recuerdos, me confesaba su cariño diciéndome lo mal que se sentía frente a nuestras separaciones. Otras veces me ofrendaba su rabia, se enojaba, repelaba, me decía de distintas maneras que no le ayudaba en nada. Alejandra se desespera, a ella no le alcanza su pensamiento mágico, a mí me sobra impotencia.
Tenía que empezar a pensar en ella desde otro lugar, tenía que encontrar en la mente de Alejandra una parte que nos ayudara a pegar los pedacitos de su personalidad. Al colocarme en otro lugar para pensar a Alejandra surgió la fotografía de la segunda etapa de tratamiento: Alejandra al año y medio de edad, que frente al terror y al desconsuelo de no encontrar continente se decía a sí misma, no pasa nada, no pasa nada, no pasa nada, igual como lo hace hasta la fecha cuando la desborda la angustia. Se persignaba, aventaba veinte besos, abría y cerraba la puerta para poder entregarse al sueño, pero tan pronto cerraba sus ojos se encontraba con la angustia y el pensamiento mágico: no pasa nada, no pasa nada, no pasa nada…pensamiento omnipotente que tarde o temprano se estrellaba con la realidad. A Alejandra le pasaban cosas. Muchas cosas. Pero ahora, a seis años de tratamiento, Alejandra se va a casa pensando en mis palabras, regresa a sesión retomando mis interpretaciones, accede a ellas cuando está angustiada de igual manera que un niño toma su cobija para calmarse cuando mami no está[ Objeto transicional de Winnicott]. Muestra gratitud con el tratamiento por atemperar su angustia y hacia mí, por ser sensible y flexible con los honorarios.
Alejandra todavía no puede del todo pensar, el pensamiento omnipotente continua, siente que sus fantasías matricidas se pueden cumplir. Tal vez piense que se le pueden cumplir como se le cumplió romper el pecho de mamá cuando no llegó a tiempo a su llamado. Las ansiedades catastróficas están, pero ya puede nombrarlas mejor, darse cuenta que son “estúpidas” pero que igual las piensa. Puede hacer el amor con ternura, pero todavía sin pasión. Puede tocar su cuerpo desnudo sin sentirlo roto. Puede ir al médico y confiar.
La experiencia emocional entre nosotras dio cuenta que podíamos tolerar el silencio entre nosotras. Me dejaba entrar a su estrecho mundo. Se fueron apaciguando las palabras y algo ha cambiado. ¿Habrán sido las reconstrucciones de esa historia que ensoñé (reverie) para pensar lo que le pasaba? O ¿fue la constancia de nuestros encuentros? O ¿fue el interés que por lo general muestro al escucharla? Con pacientes como Alejandra pueden ser todos estos puntos, o pueden ser más o menos, lo que me doy cuenta es que está más cerca. Me doy cuenta que al escucharla intento contener sus palabras, sus emociones. Que las junto, las pego, las ordeno en el tiempo y el espacio y se las devuelvo. Estamos tejiendo juntas, pero ya no una telaraña. Nuestro trabajo ha sido y sigue siendo una experiencia emocional para la cual no estaba preparada, le agradezco por ello a Alejandra, porque ella también me tuvo paciencia y se conformó con mi escucha atenta y mi deseo auténtico de ayudarle.
En la actualidad el tratamiento de Alejandra transita en un ir y salir de estados de desorganización y angustia. Ha habido avances, pero no son sólidos. La pulsión de muerte se ha ido ensamblando con la vida. Se ha ido reformando su aparato para pensar pensamientos (Bion, 1957). Cuando está mejor dejamos (su hermana, yo, sus amigas…) de ser objeto de su envidia y rivalidad, puede expresar su ternura y demandar menos de sus objetos. Controla su ingesta de alcohol, cuida su cuerpo haciendo ejercicio y comiendo mejor. Prefiere estar en casa con su marido que tomando en un bar. Puede hablar con menos culpa sobre el enojo a su madre, entender los elementos bondadosos actuales de ella y diferenciarla de la madre dañada y dañina que introyectó. Comienza hablar de su miedo a ser una madre como su madre. Sin embargo, toca estados de diferenciación y regresa al uso de la identificación proyectiva como forma de descarga.
Pienso que el tratamiento con pacientes con personalidad adhesiva (imitadores, que viven superficialmente, que se pegan a otras personas, que cambian su forma de ser dependiendo de los objetos con los que están, que se comparan permanentemente con los otros para copiarlos (Meltzer, 1975) es central permitir la idealización; entender que uno no puede usar la violencia para separarlos, ni para evitar que sean maltratados por la persona a la que están adheridos, pues mientras más nos aferramos a separarlos más se aferrarán al objeto adherido. Hay que dedicarse a tejer una red que contenga para poder penetrar con una violencia mínima que le permita voltear hacia dentro de sí misma y reflexionar. Por ello la supervisión es muy valiosa, me permitió ver para poderle mostrar a Alejandra. En la actualidad Alejandra oscila entre la posición esquizo-paranoide y depresiva; ya no es una adhesión lo que existe solamente entre nosotras. Estamos construyendo una relación que se manifiesta en el uso del silencio, que antes era vivido como algo persecutorio e intolerable y que explicaba la adhesión a mis palabras. Ahora ese silencio entre nosotras tiene aroma de integración.
Pienso que el trabajo que nos espera juntas sigue siendo arduo. Las características de una parte psicótica de la personalidad: la angustia de aniquilación (terror sin nombre), el dominio de la pulsión de muerte: el amor convertido en sadismo; el odio a la realidad interna y externa y el establecimiento de una transferencia frágil, tenaz y prematura, aparecen constantemente en la atmósfera terapéutica. Hay sesiones que salgo con miedo frente a la amenaza de que interrumpa el tratamiento; o agotada de contenerla y tolerar sus embates evacuativos; o con gratitud hacia ella por tolerar mis cambios de estrategia de interpretación, por tolerar mi propio crecimiento como analista, por darme la oportunidad de seguir trabajando juntas. Movilizada frente a mis dificultades de contenerla que me llevan a actuar ofreciéndole palabras que llenan un vacío que ya está lleno, saturado.
Nos tomará tiempo integrar la parte psicótica de su personalidad. Estoy consciente que en este proceso se pone a prueba mi capacidad para contenerla y facilitar que su pensamiento se transforme. Mientras tanto, nos encontramos transitando de ida y vuelta por la misma senda, intentando que cada recorrido nos lleve a otras profundidades.
Estoy aprendiendo de la experiencia y estoy consciente que aquí pongo el punto, pero no es el final.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
1.BION, W.R. (1957): Volviendo a pensar. Argentina: Hormé, 1996.
2.BION, W.R. (1962): Aprendiendo de la experiencia. Buenos Aires: Paidós, 1980.
3.FREUD, S. (1909): A propósito de un caso de neurosis obsesiva (el “Hombre de las Ratas”) En: Obras completas. Tomo X. Argentina: Amorrortu editores, 1976, pp. 119-263.
4.FREUD, S. (1911) Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico. En: Obras completas. Tomo XII. Argentina: Amorrortu editores, 1976, pp. 217-232.
5.FREUD, S. (1914): Introducción del narcisismo. En: Obras completas. Tomo XIV. Argentina: Amorrortu editores, 1976, pp. 65-98.
6.FREUD, S. (1926): Inhibición, síntoma y angustia.. En: Obras completas. Tomo XX. Argentina: Amorrortu editores, 1976, pp. 71-164.
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8.KLEIN, M. (1946): Notas sobre algunos mecanismos esquizoides. En Obras completas. Tomo 3. Buenos Aires: Paidós, 1988, pp. 10-33.
9.MELTZER, D. (1975): Adhesive Identification. Contemp. Psychoanal.11:289-310.
10.MELTZER, D. (1967): El Proceso Psicoanalítico. Buenos Aires: Lumen-Hormé. 1996.
11.Racker, H. (1967): Estudios sobre técnica psicoanalítica. Buenos Aires: Paidós. 1990.
