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EVA MARCUSCHAMER

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Sobre las relaciones de objeto

mayo 10, 2018 by eva@marc

Melanie Klein, considerada en el mundo del psicoanálisis como una gran clínica, nació en Viena en marzo de 1882. Su vida estuvo marcada por grandes pérdidas desde su temprana infancia, primero murió su hermana cuando Melanie tenía cuatro años; de adolescente murió su padre que fue médico, en su juventud temprana muere su único hermano y compañero de juegos y mucho más tarde, su hijo en un accidente. Pienso que no podemos deslindar la personalidad y las vivencias del psicoanalista de su práctica y sus logros. Sin duda, Melanie Klein fue una estudiosa incansable que trabajó hasta los últimos años de su vida a pesar de haber truncado sus estudios de medicina ante la muerte de su padre y las dificultades económicas que eso supuso. Así, la Señora Klein, como se le conoció en el mundo del psicoanálisis, desarrolló una teoría a partir de su trabajo con niños y de estudiar y comprender el vínculo con sus pacientes.

Melanie Klein sostiene que la persona nace sintiendo una fuerte angustia de aniquilación producto de la agresión inherente del ser humano. La agresión tiene el correlato de la angustia y como la mente busca instintivamente el placer tiende a desarrollar mecanismos patológicos frente a la hostilidad constitutiva de la mente. Uno de ellos es la expulsión de la hostilidad para preservar lo bueno de la experiencia amorosa del vínculo. Así cuando la madre satisface las necesidades instintivas del recién nacido, el bebé experimenta placer y traduce en amoroso el acto de cuidado; mientras que la frustración es experimentada como hostilidad y odio y al ser expulsada por intolerable al exterior se traduce en ansiedades persecutorias. Así, para Klein, las relaciones tempranas están matizadas por intensos y excluyentes afectos de amor y odio, y la mente es un mundo interno poblado de objetos concretos buenos y malos que tienen una intención y una relación particular entre ellos y con el yo.

Para Klein lo agresivo es instintivo e innato, claramente lo vemos en el juego violento y destructivo del niño que expresa en ello su mundo interno y puede ser una fase del desarrollo normal. Sin embargo, cuando el sadismo es intenso, la patología se asoma y se traduce en una dificultad para el aprendizaje y para las relaciones con los demás.

Uno de los postulados más importantes de Klein, a mi parecer y que nos es posible verlo en la clínica, es que la realidad externa se percibe desde la interna. De ahí que para una persona que tiene un pleito con su novio(a), puede significar ser abandonado, la muerte o imposibilidad de vivir sin el otro o simplemente producto de una diferencia de pensamiento. De tal suerte que, todas y cada una de estas fantasías representan el mundo interno de la persona en cuestión. El dicho, las cosas son según el cristal con que se miren, da cuenta de la realidad interna y de la manera que la persona percibe el mundo externo.

La fantasía produce estados mentales concretos tan intensos como las conductas externas. Por ello la persona que se enojó con su novio y piensa que moriría sin él o ella, tiene una fantasía terrorífica que al mismo tiempo es violenta y agresiva y provocará ansiedad persecutoria y temores de retaliación. Una paciente me contó que de pequeña cada vez que sus padres se iban de viaje pensaba que el avión se estrellaría y ellos perecerían. Esta fantasía, tan real para ella en esos momentos, la torturaba tanto que le provocaba insomnio e ideas obsesivas de contraer una grave enfermedad. El sentimiento de abandono tan intenso y hostil que experimentaba cuando sus padres viajaban, y la dejaban con la cuidadora, la llevaba a producir esas fantasías persecutorias y retaliatorias.

La idea kleiniana de la importancia de la agresión en el desarrollo psíquico alcanza su punto culminante con el concepto de envidia (1957). La envidia supone destruir lo bueno por no poder tolerar los atributos que el objeto posee; es la imposibilidad de recibir por el odio que genera lo que no se tiene y se quiere. Esta idea nos permite comprender patologías tan graves como las adicciones o los trastornos de alimentación. Estos fenómenos humanos tan complejos que se relacionan con el odio y la autodestrucción.

Para Melanie Klein la mente humana está poblada por fantasías de celos, rivalidad, exclusión y envidia, nadie estamos exentos de experimentarlos, las diferencias individuales estriban en la tolerancia hacia esas vivencias. Depende del amor que recibamos de las personas significativas y de nuestra posibilidad interna de traducirlas en algo bondadoso y que nos ayude a crecer.

Afortunadamente, la fase agresiva, persecutoria y explosiva se va atenuando a partir de la vivencia amorosa del cuidado materno. El odio disminuye y va cediendo su lugar a la reparación e integración, adquiriendo los objetos un sentido más realista. Así, la persona que discutió con su novio(a) en lugar de sentir rabia, exclusión y abandono, puede comprender que las diferencias de pensamiento pueden llevar a discusiones en las que el amor no se ve amenazado.

Así, cuando la agresión es menos intensa el yo se integra y sintetiza lo que siente hacia el objeto. El amor predomina al odio y a lo destructivo y las ansiedades depresivas se hacen presentes. Es importante aclarar que para un desarrollo normal tiene que haber un adecuado monto de ansiedad, es su exceso el que produce patología.

La disminución de la ansiedad fortalece e integra al yo, se maneja mejor la agresión, se siente menos culpa. Esto ayuda a reinstalar al objeto amado perdido dentro de uno mismo y se traduce como la capacidad de cuidado a uno mismo, de amar al otro y de disfrutar lo que la vida nos da.

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Papel del espejo de la madre y la familia en el desarrollo del niño

mayo 2, 2018 by eva@marc

La aproximación de Winnicott a la relación madre-bebé se inició en su trabajo como pediatra y después como psicoanalista. Su formación lo llevó a decir cosas tan importantes como: “No hay tal cosa como un bebé, si estoy frente a un bebé, seguramente estaré también frente a alguien que lo cuide”. Desde este momento todo el trabajo de este autor se desarrolló a partir de la naturaleza de la relación madre-bebé, enfocó sus esfuerzos en el desarrollo emocional centrado en la primera relación, dejó de ver a la persona como un ser aislado para verlo como un individuo en relación con la madre. Aunque no fue su intención mostrar que la relación entre el paciente y el analista es una réplica de la relación temprana entre la madre y el bebé, reconoció que el modelo de la madre suficientemente buena debe de ser llevada a la situación analítica. La función del analista es devolver al paciente lo que este trae, reflejar al paciente lo que puede ver en él.

El fenómeno transicional emerge cuando este autor da cuenta de la manera en que el bebé se separa de su madre para adquirir un sentido de self, esta capacidad de usar el espacio transicional representa la habilidad de vivir creativamente1 y de sentirse real; la capacidad para estar solo, en fin, de formar su self.

Para Winnicott, el significado de la mirada ocupa el espacio de lo intermedio, ya que para el bebé es muy importante la madre real y su posibilidad de ser un objeto consistente y confiable, pero esta mirada que va más allá de lo fáctico es la que permite al individuo ver al mundo de forma creativa, internalizando primero la experiencia de ser mirado por la madre. Esta experiencia ocurre naturalmente durante las primeras semanas de la relación madre-bebé, cuando el precursor del espejo es el rostro de la madre. Este autor piensa que el bebé depende de las respuestas faciales de la madre cuando se mira en su rostro y eso le permite ir desarrollando un sentido de self verdadero. “Sentirse real es más que existir, es encontrar una forma de existir como uno mismo, y de relacionarse con los objetos como uno mismo, y de tener una persona dentro de la cual poder retirarse para el relajamiento” (pp 154)

En la misma línea, Winnicott distinguió entre las “necesidades del ello”; es decir, los deseos pulsionales, y las “necesidades del yo”. De estas últimas afirmó que no es adecuado decir que se gratifican o se frustran, ya que nada tiene que ver con la búsqueda del placer como descarga, sino que simplemente encuentran respuesta en el objeto, o no la encuentran.  Estas necesidades incluyen anhelos tales como el de ser visto, reconocido o comprendido, o el de compartir la propia experiencia subjetiva con otro ser humano. Cuando éstas no encuentran respuesta, la reacción emocional del sujeto no es de frustración, sino de vacío y desesperanza. Cuando sí la encuentran, lo que surge no es una experiencia de placer sino de armonía y plenitud.

El reconocer la importancia esencial de estas necesidades de relación objetal no supone en absoluto ignorar la vigencia de los deseos pulsionales
—sexuales y agresivos—. Estos existen, indudablemente, pero en condiciones normales sólo se manifiestan en el contexto de relaciones altamente personales. En ello está la norma es el deseo sexual como parte del amor objetal, y el deseo agresivo como parte del odio objetal, ambos indisociables de las personas a quienes se dirigen.

Winnicott nos dice que el niño mira el rostro de la madre y que en ella lo que ve es a sí mismo. El rostro de la madre ocupa un lugar importante para el desarrollo emocional del niño pues es sostenido, manipulado y se le presenta un objeto sin que por eso traspase la vivencia de omnipotencia, es decir en esta primera etapa el bebé está tratando con un objeto subjetivo, creado por él. Este autor dice que lo primero que el bebé hace es mirar la cara de la madre que funge como un espejo que permite devolverle su mirada, se ve a sí mismo a través de la mirada de la madre.

¿Qué ve el bebé cuando mira el rostro de la madre? Yo sugiero que por lo general se ve a sí mismo. En otras palabras, la madre lo mira y lo que ella parece se relaciona con lo que ve en él. Todo esto se da por sentado con demasiada facilidad. Yo pido que no se dé por supuesto lo que las madres que cuidan a sus bebés hacen bien con naturalidad. Puedo expresar lo que quiero decir yendo directamente al caso del bebé cuya madre refleja su propio estado de ánimo o, peor aún, la rigidez de sus propias defensas. En ese caso, ¿qué ve el bebé?

Lo que dice el autor es que hay ocasiones en que la madre no puede devolver la mirada, pues el bebé mira y no se ve a sí mismo y cuando esto ocurre, su capacidad creadora se atrofia. Este fracaso materno puede llevar al infante a tratar de buscar algún significado en lo que mira hasta llegar a provocar una amenaza de caos, y la manera de mirar cambia pues ya no tiene como objetivo mirarse a sí mismo sino que se convierte en una defensa. De manera que cuando la madre no responde, el espejo es algo que se mira y no algo dentro de lo cual se mira. Winnicott llama apercepción a este proceso de verse en el rostro de la madre.

El proceso de apercepción en el cual lo que mira el bebé cuando ve el rostro de la madre es a sí mismo, le permite ir enriqueciendo su mundo de significados de manera que:
Cuando miro se me ve, y por tanto existo.
Ahora puedo permitirme mirar y ver.
Ahora miro en forma creadora y lo que apercibo también lo percibo.

Winnicott no sólo considera que el medio provee de alimentos y de una temperatura acogedora, sino también el sostén (holding) real y metafórico del bebé, la posibilidad de ser manejado por un semejante como acción específica y también la de disponer de objetos en su entorno. Es por ello que la madre suficientemente buena —tesis de Winnicott— implica una doble función: real y metafórica: la madre, o quien oficie de tal, deberá estar presente con continuidad, y ser dedicada, sensible, vulnerable, pero a la vez resistente, capaz de preocuparse por su bebé y deseante de ser comida por él. Tendrá capacidad de odiarlo sin atemorizarse al hacerlo, ya que podrá confiar en no reaccionar a consecuencia de su odio. Tendrá un comportamiento predecible, confiable, aunque no “iniciará” una acción sino que estará atenta a que su bebé lo haga, estimulando el impulso creativo (gesto espontáneo) de su hijo. La mirada al igual que el espejo, es real y metafórica, proviene de la madre y del bebé, y después de todos los otros significativos para la persona. Primero es la madre y luego la familia los que se hacen cargo de esta importante función para el desarrollo psíquico del infante. Winnicott habla también de la mirada del bebé, mira y busca encontrarse a sí mismo, aunque no siempre logra recibir lo que da. Es así como se va atrofiando la capacidad creadora del infante.

Winnicott sitúa la experiencia transicional entre la emergencia temprana de la consciencia y el sentido de darse cuenta de la otredad fuera de sí mismo. En el área transicional, el self y el Otro no son uno mismo, ni son dos, sino algo que juntos forman un campo de interacción. El centro de la experiencia transicional tiene que ver con un acomodo innato entre la creatividad del infante y el mundo. Lo transicional es un espacio de confianza en donde el bebé crea el objeto pero el objeto estaba ahí, esperando ser creado y catectizado.

M es una chica que llegó a tratamiento a los pocos meses de haber dado a luz una linda niña a la cual no podía colmar sus necesidades. M estaba abrumada por sus terribles pesadillas que la seguían de día y de noche; en ese estado le era difícil distinguir el sueño de la realidad. Un día llegó a consulta con su pequeña, había tenido una horrible pesadilla, soñó que encontraba a una mujer, la descuartizaba y después tiraba pedazos de ella por la calle. Ese día había traído a su hija a la consulta pues sentía que no podía cuidarla en ese estado y con esas fantasías. Cuando la pequeña lloraba, M no comprendía su llanto, se tapaba los oídos y si podía salir de la casa corriendo lo hacía; si no, se desconectaba dejándola inconsolada hasta que volvía a conectarse con ella. M vivió tormentosamente su embarazo: subir de peso, ver su cuerpo “deformarse”, “dejar de ser atractiva para su esposo”, todas eran preocupaciones mayores a cuidar de un bebé por primera vez. Esa mujer de su sueño, descuartizada era ella y como una manera de pegarse a sí misma se volvió fotógrafa mientras estaba en tratamiento, al principio se aficionó a tomarse fotos de ella misma, la cámara hacía la función de espejo, la paciente buscaba su imagen, buscaba que la cámara le devolviera algo de su ser, algo que su madre depresiva no pudo hacer. Aprendió a arreglar las fotografías para quitarle sus defectos, le emocionaba aparecer perfecta. Tomaba cientos de fotografías en las que se sentía hermosa, se percibía pero no se miraba, como diría Winnicott buscaba en el ambiente algo que le devolviera algo de sí. Cuando la madre no ha podido hacer su función de espejo, la persona no podrá verse a sí misma como es, estará en busca de una mirada que la integre: M era una mujer muy atractiva cuando se sentía bien, cuando no, aparecía sucia y descuidada. Estaba obsesionada con su cuerpo, quería operarlo todo, corregir su estómago y sus pechos, “volverlos perfectos”, mientras tanto jugaba con sus fotografías hasta alcanzar la imagen perfecta que buscaba, la mirada anhelada de la madre.

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El juego del deseo

mayo 2, 2018 by eva@marc

El amor es tanto más auténtico cuando nace de la simpatía y no del deseo, porque sólo así no deja heridas. Durrell

Freud (1922) primero formuló el mecanismo de los celos patológicos en el caso Schreber y posteriormente lo elaboró en su artículo “Sobre algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad”. Sin embargo, primero hace una valiosa aportación sobre los celos normales para su distinción:

“…en lo esencial están compuestos por el duelo, el dolor por el objeto de amor que se cree perdido y por la frente narcisista, en la medida que ésta pueda distinguirse de las otras; además, por sentimientos de hostilidad hacía los rivales que han sido preferidos y por un monto mayor o menor de autocrítica, que quiere hacer responsable al yo propio por la pérdida del amor. Estos celos… arraigan en el profundo del inconsciente, retoman las más tempranas mociones de la afectividad infantil y brotan del Complejo de Edipo o de los hermanos del primer periodo sexual”

Este mismo autor, escribió que la infidelidad o el impulso a cometerla reactivan los celos de segundo grado o celos proyectados. Este deseo a cometer la infidelidad puede ser un pasaje al acto o mantenerse reprimido en el inconsciente. En la pareja de casados, nos dice el padre del psicoanálisis, la fidelidad exigida tiene que vencer múltiples obstáculos, como por ejemplo, que otra persona te parezca atractiva sexualmente:

“…aquellos que niegan experimentar tales tentaciones sienten tan enérgicamente su presión que suelen acudir a un mecanismo inconsciente para aliviarla y alcanzan tal alivio e incluso una absolución completa por parte de su conciencia moral, proyectando sus propios impulsos a la infidelidad sobre la persona a quien deben guardarla…”

Estos celos tienen como contenido inconsciente la fantasía de la propia infidelidad, esto se traduce en un ligero flirteo de ambos cónyuges, lo que equivale, según Freud, al retorno a la fidelidad. Estos ligeros avances a la infidelidad protegen a la pareja contra el pasaje al acto pues generan los celos que llevan a su vez a la valoración del otro miembro de la pareja. Así, el deseo por un objeto ajeno es satisfecho en el objeto propio. Mientras que los celos delirantes, o del tercer tipo, también encubren la propia infidelidad pero con un objeto del mismo sexo, es decir, homosexual.

Muchos otros a partir de Freud han hecho interesantes aportaciones a la comprensión de los celos. A continuación ofreceremos distintas opiniones complementarias que permiten mostrarnos los mecanismos intrapsíquicos que intervienen en la génesis de los celos enfermos cuyo abordaje varía de acuerdo de los distintos marcos teóricos.

Los celos son una experiencia universal, es la característica más primitiva tanto para los humanos como para los mamíferos. Los celos, en un sinnúmero de circunstancias están relacionados al sentimiento de invalidez que vive el infante durante el periodo de amamantamiento.

Fenichel (1935) dice que la diferencia entre celos patológicos y celos normales es similar a la diferencia entre duelo y melancolía. A diferencia de la envidia, la experiencia de los celos involucra a tres personas. Es posible hipotetizar sobre sus orígenes al momento en que el niño adquiere la habilidad de distinguir a las personas a su alrededor. El tiempo en el que puede distinguir a su self del de los demás, establecer cierto grado de constancia objetal y tener ciertas representaciones del self y del objeto.

La intrusión de una tercera persona a la diada madre e hijo ya sea el padre, los hermanos o cualquier otro es inevitable. Por ello, todos los niños conocen el sentimiento de celos tan pronto como su Yo permita su conceptualización. Los psicoanalistas tienden a pensar que la existencia de los celos infantiles en la vida adulta pueden producir la monogamia, mientras el conflicto edípico la hace difícil de mantener (Horney, 1928).

De acuerdo con Fenichel (1935) este tipo de conducta en la persona ofrece una ventaja económica a la libido. Desde el punto de vista psicoanalítico se ha puesto muy poca atención a las diferencias a los síndromes clínicos de los celos. Sin embargo, los elementos intrapsíquicos de la celotipia continúan siendo un reto intelectual entre los estudiosos del tema.

Al respecto, Waelder, (1951) dice que los celos proyectados se derivan tanto en el hombre como en la mujer de su propia infidelidad, de sus propios impulsos que han sucumbido a la represión. Cotidianamente nos damos cuenta que la fidelidad que se requiere en el matrimonio se pone a prueba diariamente con la tentación del otro. Cualquiera que niegue esta afirmación se verá impulsado hacia la infidelidad haciendo uso del mecanismo inconsciente de mitigación, la consciencia queda absuelta al proyectar los propios impulsos de infidelidad en su pareja.

La urgencia a la infidelidad es negada, esto hace presión en la consciencia que se traduce como sentimientos de intranquilidad. Para librarse de este sentimiento, la persona le coloca actitudes que “cree” observar en su pareja infiriendo que tiene una gran tentación a cometer adulterio. Así, la proyección más que ser una respuesta primaria, se convierte en un mecanismo complejo cuyos ingredientes son la negación de las urgencias propias, el deseo de desplazar la culpa y la exageración de cualquier actitud observada.

Al respecto, Fenichel (1935) advierte que en este tipo de personalidades celosas o compulsivamente infieles la pérdida del amor o la búsqueda tienen que ver con la aspiración a poseer un objeto parcial para incorporarlo oralmente. Esto está relacionado con una fantasía de robo hacia la madre. En términos kleinianos la fantasía de robo tiene relación con los contenidos internos del cuerpo materno, es decir, su capacidad nutricia, reproductiva y creativa. Como dicen Riviere y Fenichel (1935) las fijaciones orales juegan un papel importante en el desarrollo en los celos patológicos.

Para Stoller (1975) los celos son una experiencia de aprehensión, ansiedad, suspicacia o desconfianza ante la pérdida de algo valioso, puede ser una persona o su amor. Cuando están asociados a una pareja sexual, los celos pueden involucrar sentimientos de posesividad hacia la persona o su afecto como un objeto valioso. Generalmente aparecen ante la existencia de rivalidad con una tercera persona, aquel que padece de celos se siente atemorizado de la intrusión que ésta pueda cometer dentro de su relación amorosa.

Pao (1969, citado por Pierloot, 1988) nos dice que los celos patológicos pueden ser comprendidos como un estado yoico persistente que se instala debido a conflictos desencadenados por impulsos homosexuales y sádicos orales, incluyendo aquellos que se encuentran dentro del narcisismo y la melancolía. Esto concuerda con lo que dice Schmideberg (1953, citado por Pierloot 1988): tanto los factores orales, anales y genitales contribuyen a los sentimientos de celos.
Para Glover (1949), por ejemplo, algunos componentes de los celos pueden ser los siguientes:

  • La envidia: la envidia es un componente de los celos, es parte de una relación triangular y se presenta cuando la persona celosa siente que no sólo tiene que cuidarse ante la pérdida del objeto, sino que ya lo ha perdido. Si este es el caso, el rival es envidiado por poseer a la mujer o por sus habilidades de amante. Es importante mencionar que al hablar de objeto perdido este autor se refiere a un objeto parcial.
  • El deseo de ser como el otro, de emularlo, no está presente en los celos. Metapsicológicamente este sentimiento está conectado con la identificación y la idealización que puede estar al servicio de una función adaptativa para poder manejar el enojo o una herida narcisista.
  • La herida narcisista probablemente es la misma tanto en los celos como en la envidia, sin embargo, en los celos hay mayor conciencia de la culpa y de haber fallado.
  • Hay mayor enojo en los celos que en la envidia.
  • El extrañamiento por la posesión del objeto ocurre en ambos estados, pero en el caso de los celos existe también un elemento de pérdida.

Hay otros autores que piensan que la persona celosa necesita a su pareja como un objeto que le ayude a preservar su autoestima. Lagache (1947, citado por Pierloot 1988) describe el amor de una persona celosa como un amor cautivo contrastado con un amor desprendido. El primero quiere poseer y asimilar a su pareja, el deseo es insaciable y la pareja siempre es experimentada como un objeto amoroso rechazante. Introducir un rival ofrece la posibilidad de una honorable explicación para el rechazo.

Moulton (1977) afirma que los hombres que se casan con mujeres que tienen una carrera profesional estable aparecen externamente orgullosos de ellas pero de alguna manera dependen de la fuerza femenina para relevarlos de la responsabilidad de ser el que lleva a casa el sustento. Muchos hombres no son conscientes de su gran necesidad de tener una madre confiable y fuerte junto a ellos.

Esto sólo se vuelve aparente cuando la esposa se convierte en una persona muy exitosa, demasiado ocupada, ganando mucho dinero e incluso siendo una ayuda financiera para alcanzar los logros familiares. Si el esposo niega su independencia se convierte en una persona llena de celos y muy competitiva con su esposa, ella puede, entonces, sentirse que no es amada y puede usar su fuerza en contra de él en lugar de con él o a favor de la unidad familiar (Ibíd.).

Pierloot (1988) afirma que hay algunas personas que buscan constantemente la confirmación a sus sospechas de que su pareja le es infiel. Su conducta está basada en una convicción interna, independiente de cualquier posible argumento o elementos de la realidad. Hacen titánicos esfuerzos para provocar la suspicacia del otro. Atormentan a su pareja para obligarla a confesar su infidelidad. Haciendo arreglos especiales, incluso tratan de empujar a su pareja a la infidelidad. La persona parece necesitar vivir esta situación incomoda y dolorosa.

Por ello, este autor señala que los celos son un estado emocional provocado por la idea que otra persona ha tomado un objeto, como regla, un objeto amoroso, que por derecho pertenece a un individuo, o por lo menos que uno tiene que compartir ese objeto con otra persona.

Hay autores que apuntan (Fisher, 1974; Lobsenz, 1977) que los celos no tienen una función práctica ya que son considerados como una reacción poco actual que surge desde un déficit en la autoestima así como también por un inapropiado deseo de controlar la conducta de la pareja. Sin embargo, independientemente del decline de las relaciones monogámicas en nuestras sociedades contemporáneas, Mullen (1991) insiste que los celos aun tienen relevancia social y significado interpersonal ya que por lo general son una respuesta a la infidelidad, que tiene una dimensión moral.

En cuanto a las estrategias que existen para tolerar los celos con la pareja infiel Sinclair (1993) considera que hay tres áreas básicas para analizar:

1. El sentimiento ambivalente hacia la pareja infiel que toma la forma de hostilidad ante la ruptura; hacer todo lo posible para una reconciliación independientemente del precio a pagar (falta de confianza a futuro, dudas sobre la integridad de la pareja, honestidad etc.); o investigar con el cónyuge qué fue lo/la que lo/la atrajo al otro (a) para así encontrar una posibilidad de recuperación de la pareja.
2. La rivalidad con el/la amante a través de: fantasías sexuales; agresión con el/la amante; intercambio de información entre la pareja fiel con el/la amante para así revisar la validez de sus interpretaciones de la realidad de la situación y protegerse de la manipulación del infiel (aunque estos encuentros son excesivamente dolorosos para ambas partes).
3. La compensación sexual con un cuarto; es decir, para la recuperación de la autoestima la pareja fiel busca un substituto que puede ser con la intención de provocar celos, una cuarta persona con quien negociar, encontrar a alguien con el que pueda hacer alianza repitiendo así la conducta de la pareja infiel.

Melanie Klein en 1934, cuando describe la posición depresiva, dice que el bebé comienza a darse cuenta de que él está separado de la madre. Se confronta con su inferioridad y el sentimiento de envidia hacia la madre y tiene que enfrentar la frustración, la culpa y la ansiedad ante la pérdida de la madre. Para mantenerse en una posición narcisista, indiferenciada, ataca sus objetos internos lo que lo deja sumido en un mundo sin amor, que irá recuperando con los actos amorosos maternos.

Ver al hermano/a menor pegado al pecho de la madre es un factor que se encuentra conectando la envidia y los celos con el erotismo oral. Melanie Klein (“Envidia y Gratitud”, 1957) le da a la envidia un lugar central en el desarrollo de la personalidad, mismas que derivan de la descripción de Abraham sobre la fase oral.

Ver al hermano/a menor pegado al pecho de la madre es un factor que se encuentra conectando la envidia y los celos con el erotismo oral. Melanie Klein (“Envidia y Gratitud”, 1957) le da a la envidia un lugar central en el desarrollo de la personalidad, mismas que derivan de la descripción de Abraham sobre la fase oral.

La actitud del bebé hacia el pecho incluye el deseo de poseerlo ya que es la fuente de todo lo bueno, pero también para atacarlo sádicamente, devorar sus contenidos o echarlos a perder poniendo heces y orina en él. La parte destructiva de la envidia es crucial en la formulación de la teoría de Klein, sin embargo, es preciso diferenciarla del sentimiento de voracidad ya que éste tiene que ver con devorar e incorporar los contenidos del pecho, sin que necesariamente lo destruya. En la incorporación la destrucción es accidental, en la envidia es primordial, incorpora, pero no destruye ni aniquila como en la envidia. Cuando el objeto envidiado es dañado y no puede ser recibido puede resultar en un estado de privación que se convierte en voracidad.

Asimismo, Klein afirma que la excesiva envidia en la persona puede traer consecuencias profundas en el desarrollo de la personalidad. Disminuye la capacidad de goce de la persona e interfiere en la neutralización de los impulsos agresivos. También puede estar asociada a un temprano sentimiento de culpa que se convierte en un círculo vicioso de envidia, culpa sobre envidia, inhibición de la gratificación por la culpa, voracidad/culpa, entre otras cosas. Como otra manera de comprensión de la infidelidad, Klein aporta la noción de que un sentimiento de culpa temprano en el bebé con la madre puede llevar rápidamente de la oralidad a una genitalidad prematura, llevando a la masturbación obsesiva y la promiscuidad.

Pierloot (1988), por su parte, citando a Riviere, dice que ella considera los celos enfermos como un mecanismo de defensa en contra de los impulsos envidiosos, esto corresponde a la concepción de Klein (1957) sobre el desarrollo del niño. La envidia se dirige primero al objeto primario, el pecho de la madre. En la primera etapa del complejo de Edipo se dirige hacía la pareja combinada, basadas en las fantasías del cuerpo de la madre habitado por los objetos parciales pecho, pene y bebés. Los celos hasta cierto sentido sobrepasan la envidia, los sentimientos hostiles están dirigidos en contra del rival para que pueda ser preservado el objeto amoroso.

Stoller (1975) considera a los celos como un fenómeno que supone mayor madurez que la envidia porque está relacionado con la complejidad de la relación triangular con los objetos. Es un sentimiento más complejo que puede incluir a la envidia como una forma de celos. Los celos invariablemente involucran a tres o más personas. La confusión que existe entre la distinción de celos y de envidia puede ser clarificada en el siguiente concepto:

“…los celos tienen su raíz en la envidia, la envidia siempre está presente en los celos, los celos pueden esconder envidia o la envidia esconder a los celos. Esta distinción, es básica para afrontar las dificultades técnicas que pueden suscitar al interpretar contenidos preedípicos o edípicos dentro del tratamiento psicoanalítico”

En los celos, dice Glover (1949), existen dos componentes que no se encuentran en la envidia:
a) Hay una homosexualidad inconsciente, lo que provoca una fuerte tensión. En una relación de pareja existe un impulso homosexual y otro heterosexual, sin embargo, el primero es inconsciente.
b) Suspicacia, esta es una característica paranoide de las personas celosas. Esta no es un estado afectivo sino la consecuencia provocada por defensas tales como proyección, identificación proyectiva, externalización de sentimientos libidinales o agresivos.

Una pareja en una relación amorosa satisfactoria reta a la envidia y al resentimiento siempre presente en aquellos que se encuentran excluidos y aquellas agencias reguladoras y desconfiadas de la cultura convencional en la cual viven. (Kernberg, 1988).

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Los celos y la envidia

mayo 2, 2018 by eva@marc

Freud (1922) primero formuló el mecanismo de los celos patológicos en el caso Schreber y posteriormente lo elaboró en su artículo “Sobre algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad”. Sin embargo, primero hace una valiosa aportación sobre los celos normales para su distinción:

“…en lo esencial están compuestos por el duelo, el dolor por el objeto de amor que se cree perdido y por la frente narcisista, en la medida que ésta pueda distinguirse de las otras; además, por sentimientos de hostilidad hacía los rivales que han sido preferidos y por un monto mayor o menor de autocrítica, que quiere hacer responsable al yo propio por la pérdida del amor. Estos celos… arraigan en el profundo del inconsciente, retoman las más tempranas mociones de la afectividad infantil y brotan del Complejo de Edipo o de los hermanos del primer periodo sexual” (p. 217).

Este mismo autor, escribió que la infidelidad o el impulso a cometerla reactivan los celos de segundo grado o celos proyectados. Este deseo a cometer la infidelidad puede ser un pasaje al acto o mantenerse reprimido en el inconsciente. En la pareja de casados, nos dice el padre del psicoanálisis, la fidelidad exigida tiene que vencer múltiples obstáculos, como por ejemplo, que otra persona te parezca atractiva sexualmente:
“…aquellos que niegan experimentar tales tentaciones sienten tan enérgicamente su presión que suelen acudir a un mecanismo inconsciente para aliviarla y alcanzan tal alivio e incluso una absolución completa por parte de su conciencia moral, proyectando sus propios impulsos a la infidelidad sobre la persona a quien deben guardarla…”(p.218).

Estos celos tienen como contenido inconsciente la fantasía de la propia infidelidad, esto se traduce en un ligero flirteo de ambos cónyuges, lo que equivale, según Freud, al retorno a la fidelidad. Estos ligeros avances a la infidelidad protegen a la pareja contra el pasaje al acto pues generan los celos que llevan a su vez a la valoración del otro miembro de la pareja. Así, el deseo por un objeto ajeno es satisfecho en el objeto propio. Mientras que los celos delirantes, o del tercer tipo, también encubren la propia infidelidad pero con un objeto del mismo sexo, es decir, homosexual.
Muchos otros a partir de Freud han hecho interesantes aportaciones a la comprensión de los celos. A continuación ofreceremos distintas opiniones complementarias que permiten mostrarnos los mecanismos intrapsíquicos que intervienen en la génesis de los celos enfermos cuyo abordaje varía de acuerdo de los distintos marcos teóricos.
Los celos son una experiencia universal, es la característica más primitiva tanto para los humanos como para los mamíferos. Los celos, en un sinnúmero de circunstancias están relacionados al sentimiento de invalidez que vive el infante durante el periodo de amamantamiento.
Fenichel (1935) dice que la diferencia entre celos patológicos y celos normales es similar a la diferencia entre duelo y melancolía. A diferencia de la envidia, la experiencia de los celos involucra a tres personas. Es posible hipotetizar sobre sus orígenes al momento en que el niño adquiere la habilidad de distinguir a las personas a su alrededor. El tiempo en el que puede distinguir a su self del de los demás, establecer cierto grado de constancia objetal y tener ciertas representaciones del self y del objeto.
La intrusión de una tercera persona a la diada madre e hijo ya sea el padre, los hermanos o cualquier otro es inevitable. Por ello, todos los niños conocen el sentimiento de celos tan pronto como su Yo permita su conceptualización. Los psicoanalistas tienden a pensar que la existencia de los celos infantiles en la vida adulta pueden producir la monogamia, mientras el conflicto edípico la hace difícil de mantener (Horney, 1928).
De acuerdo con Fenichel (1935) este tipo de conducta en la persona ofrece una ventaja económica a la libido. Desde el punto de vista psicoanalítico se ha puesto muy poca atención a las diferencias a los síndromes clínicos de los celos. Sin embargo, los elementos intrapsíquicos de la celotipia continúan siendo un reto intelectual entre los estudiosos del tema.
Al respecto, Waelder, (1951) dice que los celos proyectados se derivan tanto en el hombre como en la mujer de su propia infidelidad, de sus propios impulsos que han sucumbido a la represión. Cotidianamente nos damos cuenta que la fidelidad que se requiere en el matrimonio se pone a prueba diariamente con la tentación del otro. Cualquiera que niegue esta afirmación se verá impulsado hacia la infidelidad haciendo uso del mecanismo inconsciente de mitigación, la consciencia queda absuelta al proyectar los propios impulsos de infidelidad en su pareja.
La urgencia a la infidelidad es negada, esto hace presión en la consciencia que se traduce como sentimientos de intranquilidad. Para librarse de este sentimiento, la persona le coloca actitudes que “cree” observar en su pareja infiriendo que tiene una gran tentación a cometer adulterio. Así, la proyección más que ser una respuesta primaria, se convierte en un mecanismo complejo cuyos ingredientes son la negación de las urgencias propias, el deseo de desplazar la culpa y la exageración de cualquier actitud observada.
Al respecto, Fenichel (1935) advierte que en este tipo de personalidades celosas o compulsivamente infieles la pérdida del amor o la búsqueda tienen que ver con la aspiración a poseer un objeto parcial para incorporarlo oralmente. Esto está relacionado con una fantasía de robo hacia la madre. En términos kleinianos la fantasía de robo tiene relación con los contenidos internos del cuerpo materno, es decir, su capacidad nutricia, reproductiva y creativa. Como dicen Riviere y Fenichel (1935) las fijaciones orales juegan un papel importante en el desarrollo en los celos patológicos.
Para Stoller (1975) los celos son una experiencia de aprehensión, ansiedad, suspicacia o desconfianza ante la pérdida de algo valioso, puede ser una persona o su amor. Cuando están asociados a una pareja sexual, los celos pueden involucrar sentimientos de posesividad hacia la persona o su afecto como un objeto valioso. Generalmente aparecen ante la existencia de rivalidad con una tercera persona, aquel que padece de celos se siente atemorizado de la intrusión que ésta pueda cometer dentro de su relación amorosa.
Pao (1969, citado por Pierloot, 1988) nos dice que los celos patológicos pueden ser comprendidos como un estado yoico persistente que se instala debido a conflictos desencadenados por impulsos homosexuales y sádicos orales, incluyendo aquellos que se encuentran dentro del narcisismo y la melancolía. Esto concuerda con lo que dice Schmideberg (1953, citado por Pierloot 1988): tanto los factores orales, anales y genitales contribuyen a los sentimientos de celos.
Para Glover (1949), por ejemplo, algunos componentes de los celos pueden ser los siguientes:
La envidia: la envidia es un componente de los celos, es parte de una relación triangular y se presenta cuando la persona celosa siente que no sólo tiene que cuidarse ante la pérdida del objeto, sino que ya lo ha perdido. Si este es el caso, el rival es envidiado por poseer a la mujer o por sus habilidades de amante. Es importante mencionar que al hablar de objeto perdido este autor se refiere a un objeto parcial.
El deseo de ser como el otro, de emularlo, no está presente en los celos. Metapsicológicamente este sentimiento está conectado con la identificación y la idealización que puede estar al servicio de una función adaptativa para poder manejar el enojo o una herida narcisista.
La herida narcisista probablemente es la misma tanto en los celos como en la envidia, sin embargo, en los celos hay mayor conciencia de la culpa y de haber fallado.
Hay mayor enojo en los celos que en la envidia.
El extrañamiento por la posesión del objeto ocurre en ambos estados, pero en el caso de los celos existe también un elemento de pérdida.
Hay otros autores que piensan que la persona celosa necesita a su pareja como un objeto que le ayude a preservar su autoestima. Lagache (1947, citado por Pierloot 1988) describe el amor de una persona celosa como un amor cautivo contrastado con un amor desprendido. El primero quiere poseer y asimilar a su pareja, el deseo es insaciable y la pareja siempre es experimentada como un objeto amoroso rechazante. Introducir un rival ofrece la posibilidad de una honorable explicación para el rechazo.
Moulton (1977) afirma que los hombres que se casan con mujeres que tienen una carrera profesional estable aparecen externamente orgullosos de ellas pero de alguna manera dependen de la fuerza femenina para relevarlos de la responsabilidad de ser el que lleva a casa el sustento. Muchos hombres no son conscientes de su gran necesidad de tener una madre confiable y fuerte junto a ellos.
Esto sólo se vuelve aparente cuando la esposa se convierte en una persona muy exitosa, demasiado ocupada, ganando mucho dinero e incluso siendo una ayuda financiera para alcanzar los logros familiares. Si el esposo niega su independencia se convierte en una persona llena de celos y muy competitiva con su esposa, ella puede, entonces, sentirse que no es amada y puede usar su fuerza en contra de él en lugar de con él o a favor de la unidad familiar (Ibíd.).
Pierloot (1988) afirma que hay algunas personas que buscan constantemente la confirmación a sus sospechas de que su pareja le es infiel. Su conducta está basada en una convicción interna, independiente de cualquier posible argumento o elementos de la realidad. Hacen titánicos esfuerzos para provocar la suspicacia del otro. Atormentan a su pareja para obligarla a confesar su infidelidad. Haciendo arreglos especiales, incluso tratan de empujar a su pareja a la infidelidad. La persona parece necesitar vivir esta situación incomoda y dolorosa.
Por ello, este autor señala que los celos son un estado emocional provocado por la idea que otra persona ha tomado un objeto, como regla, un objeto amoroso, que por derecho pertenece a un individuo, o por lo menos que uno tiene que compartir ese objeto con otra persona.
Hay autores que apuntan (Fisher, 1974; Lobsenz, 1977) que los celos no tienen una función práctica ya que son considerados como una reacción poco actual que surge desde un déficit en la autoestima así como también por un inapropiado deseo de controlar la conducta de la pareja. Sin embargo, independientemente del decline de las relaciones monogámicas en nuestras sociedades contemporáneas, Mullen (1991) insiste que los celos aun tienen relevancia social y significado interpersonal ya que por lo general son una respuesta a la infidelidad, que tiene una dimensión moral.
En cuanto a las estrategias que existen para tolerar los celos con la pareja infiel Sinclair (1993) considera que hay tres áreas básicas para analizar:
1. El sentimiento ambivalente hacia la pareja infiel que toma la forma de hostilidad ante la ruptura; hacer todo lo posible para una reconciliación independientemente del precio a pagar (falta de confianza a futuro, dudas sobre la integridad de la pareja, honestidad etc.); o investigar con el cónyuge qué fue lo/la que lo/la atrajo al otro (a) para así encontrar una posibilidad de recuperación de la pareja.
2. La rivalidad con el/la amante a través de: fantasías sexuales; agresión con el/la amante; intercambio de información entre la pareja fiel con el/la amante para así revisar la validez de sus interpretaciones de la realidad de la situación y protegerse de la manipulación del infiel (aunque estos encuentros son excesivamente dolorosos para ambas partes).
3. La compensación sexual con un cuarto; es decir, para la recuperación de la autoestima la pareja fiel busca un substituto que puede ser con la intención de provocar celos, una cuarta persona con quien negociar, encontrar a alguien con el que pueda hacer alianza repitiendo así la conducta de la pareja infiel.
Melanie Klein en 1934, cuando describe la posición depresiva, dice que el bebé comienza a darse cuenta de que él está separado de la madre. Se confronta con su inferioridad y el sentimiento de envidia hacia la madre y tiene que enfrentar la frustración, la culpa y la ansiedad ante la pérdida de la madre. Para mantenerse en una posición narcisista, indiferenciada, ataca sus objetos internos lo que lo deja sumido en un mundo sin amor, que irá recuperando con los actos amorosos maternos.
Ver al hermano/a menor pegado al pecho de la madre es un factor que se encuentra conectando la envidia y los celos con el erotismo oral. Melanie Klein (“Envidia y Gratitud”, 1957) le da a la envidia un lugar central en el desarrollo de la personalidad, mismas que derivan de la descripción de Abraham sobre la fase oral.
La envidia para Klein (Ibíd.) es operativa desde el inicio de la vida con la existencia de la envidia primaria al pecho de la madre basada en la idea de que el bebé siente que el pecho posee todo lo que él desea, que la leche y el amor que posee son ilimitados para su propia gratificación, incluso ya que él está bien alimentado.
La actitud del bebé hacia el pecho incluye el deseo de poseerlo ya que es la fuente de todo lo bueno, pero también para atacarlo sádicamente, devorar sus contenidos o echarlos a perder poniendo heces y orina en él. La parte destructiva de la envidia es crucial en la formulación de la teoría de Klein, sin embargo, es preciso diferenciarla del sentimiento de voracidad ya que éste tiene que ver con devorar e incorporar los contenidos del pecho, sin que necesariamente lo destruya. En la incorporación la destrucción es accidental, en la envidia es primordial, incorpora, pero no destruye ni aniquila como en la envidia. Cuando el objeto envidiado es dañado y no puede ser recibido puede resultar en un estado de privación que se convierte en voracidad.
Asimismo, Klein afirma que la excesiva envidia en la persona puede traer consecuencias profundas en el desarrollo de la personalidad. Disminuye la capacidad de goce de la persona e interfiere en la neutralización de los impulsos agresivos. También puede estar asociada a un temprano sentimiento de culpa que se convierte en un círculo vicioso de envidia, culpa sobre envidia, inhibición de la gratificación por la culpa, voracidad/culpa, entre otras cosas. Como otra manera de comprensión de la infidelidad, Klein aporta la noción de que un sentimiento de culpa temprano en el bebé con la madre puede llevar rápidamente de la oralidad a una genitalidad prematura, llevando a la masturbación obsesiva y la promiscuidad.
Pierloot (1988), por su parte, citando a Riviere, dice que ella considera los celos enfermos como un mecanismo de defensa en contra de los impulsos envidiosos, esto corresponde a la concepción de Klein (1957) sobre el desarrollo del niño. La envidia se dirige primero al objeto primario, el pecho de la madre. En la primera etapa del complejo de Edipo se dirige hacía la pareja combinada, basadas en las fantasías del cuerpo de la madre habitado por los objetos parciales pecho, pene y bebés. Los celos hasta cierto sentido sobrepasan la envidia, los sentimientos hostiles están dirigidos en contra del rival para que pueda ser preservado el objeto amoroso.
Stoller (1975) considera a los celos como un fenómeno que supone mayor madurez que la envidia porque está relacionado con la complejidad de la relación triangular con los objetos. Es un sentimiento más complejo que puede incluir a la envidia como una forma de celos. Los celos invariablemente involucran a tres o más personas. La confusión que existe entre la distinción de celos y de envidia puede ser clarificada en el siguiente concepto:

“…los celos tienen su raíz en la envidia, la envidia siempre está presente en los celos, los celos pueden esconder envidia o la envidia esconder a los celos. Esta distinción, es básica para afrontar las dificultades técnicas que pueden suscitar al interpretar contenidos preedípicos o edípicos dentro del tratamiento psicoanalítico” (p.83)

En los celos, dice Glover (1949), existen dos componentes que no se encuentran en la envidia:
a) Hay una homosexualidad inconsciente, lo que provoca una fuerte tensión. En una relación de pareja existe un impulso homosexual y otro heterosexual, sin embargo, el primero es inconsciente.
b) Suspicacia, esta es una característica paranoide de las personas celosas. Esta no es un estado afectivo sino la consecuencia provocada por defensas tales como proyección, identificación proyectiva, externalización de sentimientos libidinales o agresivos.
Una pareja en una relación amorosa satisfactoria reta a la envidia y al resentimiento siempre presente en aquellos que se encuentran excluidos y aquellas agencias reguladoras y desconfiadas de la cultura convencional en la cual viven. (Kernberg, 1988).

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Personalidad adhesiva y parte psicótica de la personalidad. Mi experiencia emocional con Alejandra

mayo 2, 2018 by eva@marc

El impacto emocional de las separaciones y sus equivalentes llevaron a Alejandra a buscar tratamiento psicoanalítico hace seis años. En ella, provocan angustia de aniquilación. Terror sin nombre (Bion, 1962).
Cuando Alejandra está acostada en el diván y me abruma con sus palabras que salen como proyectiles de su boca, en mil direcciones, a pedazos, a una velocidad que aunque quisiera atraparlas en una hoja sería imposible, que ni grabarlas ayudaría a transcribirlas, ya no es importante precisar el origen de su desamor[ Uso predominante de la identificación proyectiva para evacuar todo lo que no puede tolerar.] Y es que no solo son muchas palabras, sino que salen atropelladamente de su boca, mostrándome su voracidad; se siente cómo persiguen, huelen a angustia, a muerte, a desolación. Mientras Alejandra habla, a veces escucho solo ruido; otras, trato de entender lo que no dicen. Pero siempre las dejo correr. Ella necesita sacarlas. Viene a terapia para dejarme esa parte de ella intolerable, pienso que si no hubiera quien la acompañara se ahogaría entre tantas letras.
Alejandra nació tres años después que su única hermana, de un padre ausente y adicto al trabajo y una mamá “de revista”, obsesiva de la limpieza y las apariencias. Alejandra fue amamantada por muy poco tiempo porque los pezones de su madre estaban muy agrietados, su madre le contó que en su boquita había más sangre que leche.
La mamá le cuenta que desde que nació parecía alerta y vigilante de ella; tenía que salirse de puntitas de su recámara porque escucharla salir le despertaba el llanto. Desde que puede recordar vincula las separaciones a ceremoniales cuidadosamente preparados para conjurar la salud y el bienestar de su madre.
Alrededor de los doce años, su mamá comenzó a preocuparse porque era la más bajita de su clase y la llevó con el pediatra, quien, al revisarla y mirarle los pechos, le dice que hay algo malo en ellos. Alejandra no puede precisar qué era lo que estaba mal, pero recuerda que en varias ocasiones estuvo con este médico, quien insistentemente le tocaba los pechos y observaba el crecimiento de su vello púbico, mientras su madre aguardaba en la sala de espera. Desde entonces, vive y piensa a su cuerpo mal hecho, dañado, estéril. La dificultad para distinguir sus emociones de la realidad externa la llevan constantemente a compararse con otros, a imitarlos, a observarlos y hasta a espiarlos, frenéticamente necesita saber qué está bien y qué está mal, qué es normal y qué no.
Su historia, como su discurso durante las sesiones, es confusa, turbulenta y dolorosa. Muy pronto uno se puede dar cuenta que la vida fantasmática de Alejandra es persecutoria y arrolladora.
Cuando puedo pensar mientras habla, este es el libreto que imagino. Esta es la fotografía que construyo en mi mente que intenta contener tanta desesperación: un pecho agrietado, roto, y una boquita que gotea sangre y leche.
Entonces me detengo y pienso. Puede ser que la envidia sea innata y puede ser que se movilizó por la experiencia temprana entre Alejandra bebé y su madre. No sé. Cuesta trabajo pensar en esos términos. Pero cuando pienso en Alejandra fuera de la sesión analítica me pregunto ¿cómo se construye el pensamiento cuando la más cruel fantasía se vuelve realidad? ¿¡Cómo!? Si hubiera podido hablar Alejandra recién nacida, ¿diría lo que yo me digo cuando pienso?: “feo pecho que no vienes cuando tengo hambre. ¡Ojala te mueras!” Entonces llega el pecho y está roto. “Asustada y a gritos me pregunto ¿qué he hecho? ¿Está bien o está mal sentir lo que siento?”
Sigue la fotografía: la madre acerca el pecho a la boca de Alejandra, pero el dolor que siente cuando ella aprieta su pezón la lleva a retirar el pecho instintivamente. “¿Qué he hecho?”, se pregunta Alejandra desesperada, “¿Qué he hecho?” que mi mamá se retira, se separa. “¿La dañé o me dañó? Tengo hambre y sueño, me duelen muchas partes de mi cuerpo, debe de ser porque la lastimé, me dio mi merecido. “¿Y ahora cómo la retengo a mi lado? Sin ella me muero. Pruebo de todo, primero digo NO PASA NADA mil veces, luego rezo, aviento veinte besos, pongo la puerta de cierta manera, dejo todo quieto y en orden, que nada moleste a mamá. Eso no sirve. Mamá se fue de mi cuarto, me dejó con la nana. Me enojo. Grito rabiosa ¡que se muera! Pero entonces me enfermo”.
Era claro para mí que una madre en esas condiciones, con una hija