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EVA MARCUSCHAMER

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Sobre las relaciones de objeto

mayo 10, 2018 by eva@marc

Melanie Klein, considerada en el mundo del psicoanálisis como una gran clínica, nació en Viena en marzo de 1882. Su vida estuvo marcada por grandes pérdidas desde su temprana infancia, primero murió su hermana cuando Melanie tenía cuatro años; de adolescente murió su padre que fue médico, en su juventud temprana muere su único hermano y compañero de juegos y mucho más tarde, su hijo en un accidente. Pienso que no podemos deslindar la personalidad y las vivencias del psicoanalista de su práctica y sus logros. Sin duda, Melanie Klein fue una estudiosa incansable que trabajó hasta los últimos años de su vida a pesar de haber truncado sus estudios de medicina ante la muerte de su padre y las dificultades económicas que eso supuso. Así, la Señora Klein, como se le conoció en el mundo del psicoanálisis, desarrolló una teoría a partir de su trabajo con niños y de estudiar y comprender el vínculo con sus pacientes.

Melanie Klein sostiene que la persona nace sintiendo una fuerte angustia de aniquilación producto de la agresión inherente del ser humano. La agresión tiene el correlato de la angustia y como la mente busca instintivamente el placer tiende a desarrollar mecanismos patológicos frente a la hostilidad constitutiva de la mente. Uno de ellos es la expulsión de la hostilidad para preservar lo bueno de la experiencia amorosa del vínculo. Así cuando la madre satisface las necesidades instintivas del recién nacido, el bebé experimenta placer y traduce en amoroso el acto de cuidado; mientras que la frustración es experimentada como hostilidad y odio y al ser expulsada por intolerable al exterior se traduce en ansiedades persecutorias. Así, para Klein, las relaciones tempranas están matizadas por intensos y excluyentes afectos de amor y odio, y la mente es un mundo interno poblado de objetos concretos buenos y malos que tienen una intención y una relación particular entre ellos y con el yo.

Para Klein lo agresivo es instintivo e innato, claramente lo vemos en el juego violento y destructivo del niño que expresa en ello su mundo interno y puede ser una fase del desarrollo normal. Sin embargo, cuando el sadismo es intenso, la patología se asoma y se traduce en una dificultad para el aprendizaje y para las relaciones con los demás.

Uno de los postulados más importantes de Klein, a mi parecer y que nos es posible verlo en la clínica, es que la realidad externa se percibe desde la interna. De ahí que para una persona que tiene un pleito con su novio(a), puede significar ser abandonado, la muerte o imposibilidad de vivir sin el otro o simplemente producto de una diferencia de pensamiento. De tal suerte que, todas y cada una de estas fantasías representan el mundo interno de la persona en cuestión. El dicho, las cosas son según el cristal con que se miren, da cuenta de la realidad interna y de la manera que la persona percibe el mundo externo.

La fantasía produce estados mentales concretos tan intensos como las conductas externas. Por ello la persona que se enojó con su novio y piensa que moriría sin él o ella, tiene una fantasía terrorífica que al mismo tiempo es violenta y agresiva y provocará ansiedad persecutoria y temores de retaliación. Una paciente me contó que de pequeña cada vez que sus padres se iban de viaje pensaba que el avión se estrellaría y ellos perecerían. Esta fantasía, tan real para ella en esos momentos, la torturaba tanto que le provocaba insomnio e ideas obsesivas de contraer una grave enfermedad. El sentimiento de abandono tan intenso y hostil que experimentaba cuando sus padres viajaban, y la dejaban con la cuidadora, la llevaba a producir esas fantasías persecutorias y retaliatorias.

La idea kleiniana de la importancia de la agresión en el desarrollo psíquico alcanza su punto culminante con el concepto de envidia (1957). La envidia supone destruir lo bueno por no poder tolerar los atributos que el objeto posee; es la imposibilidad de recibir por el odio que genera lo que no se tiene y se quiere. Esta idea nos permite comprender patologías tan graves como las adicciones o los trastornos de alimentación. Estos fenómenos humanos tan complejos que se relacionan con el odio y la autodestrucción.

Para Melanie Klein la mente humana está poblada por fantasías de celos, rivalidad, exclusión y envidia, nadie estamos exentos de experimentarlos, las diferencias individuales estriban en la tolerancia hacia esas vivencias. Depende del amor que recibamos de las personas significativas y de nuestra posibilidad interna de traducirlas en algo bondadoso y que nos ayude a crecer.

Afortunadamente, la fase agresiva, persecutoria y explosiva se va atenuando a partir de la vivencia amorosa del cuidado materno. El odio disminuye y va cediendo su lugar a la reparación e integración, adquiriendo los objetos un sentido más realista. Así, la persona que discutió con su novio(a) en lugar de sentir rabia, exclusión y abandono, puede comprender que las diferencias de pensamiento pueden llevar a discusiones en las que el amor no se ve amenazado.

Así, cuando la agresión es menos intensa el yo se integra y sintetiza lo que siente hacia el objeto. El amor predomina al odio y a lo destructivo y las ansiedades depresivas se hacen presentes. Es importante aclarar que para un desarrollo normal tiene que haber un adecuado monto de ansiedad, es su exceso el que produce patología.

La disminución de la ansiedad fortalece e integra al yo, se maneja mejor la agresión, se siente menos culpa. Esto ayuda a reinstalar al objeto amado perdido dentro de uno mismo y se traduce como la capacidad de cuidado a uno mismo, de amar al otro y de disfrutar lo que la vida nos da.

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Los celos y la envidia

mayo 2, 2018 by eva@marc

Freud (1922) primero formuló el mecanismo de los celos patológicos en el caso Schreber y posteriormente lo elaboró en su artículo “Sobre algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad”. Sin embargo, primero hace una valiosa aportación sobre los celos normales para su distinción:

“…en lo esencial están compuestos por el duelo, el dolor por el objeto de amor que se cree perdido y por la frente narcisista, en la medida que ésta pueda distinguirse de las otras; además, por sentimientos de hostilidad hacía los rivales que han sido preferidos y por un monto mayor o menor de autocrítica, que quiere hacer responsable al yo propio por la pérdida del amor. Estos celos… arraigan en el profundo del inconsciente, retoman las más tempranas mociones de la afectividad infantil y brotan del Complejo de Edipo o de los hermanos del primer periodo sexual” (p. 217).

Este mismo autor, escribió que la infidelidad o el impulso a cometerla reactivan los celos de segundo grado o celos proyectados. Este deseo a cometer la infidelidad puede ser un pasaje al acto o mantenerse reprimido en el inconsciente. En la pareja de casados, nos dice el padre del psicoanálisis, la fidelidad exigida tiene que vencer múltiples obstáculos, como por ejemplo, que otra persona te parezca atractiva sexualmente:
“…aquellos que niegan experimentar tales tentaciones sienten tan enérgicamente su presión que suelen acudir a un mecanismo inconsciente para aliviarla y alcanzan tal alivio e incluso una absolución completa por parte de su conciencia moral, proyectando sus propios impulsos a la infidelidad sobre la persona a quien deben guardarla…”(p.218).

Estos celos tienen como contenido inconsciente la fantasía de la propia infidelidad, esto se traduce en un ligero flirteo de ambos cónyuges, lo que equivale, según Freud, al retorno a la fidelidad. Estos ligeros avances a la infidelidad protegen a la pareja contra el pasaje al acto pues generan los celos que llevan a su vez a la valoración del otro miembro de la pareja. Así, el deseo por un objeto ajeno es satisfecho en el objeto propio. Mientras que los celos delirantes, o del tercer tipo, también encubren la propia infidelidad pero con un objeto del mismo sexo, es decir, homosexual.
Muchos otros a partir de Freud han hecho interesantes aportaciones a la comprensión de los celos. A continuación ofreceremos distintas opiniones complementarias que permiten mostrarnos los mecanismos intrapsíquicos que intervienen en la génesis de los celos enfermos cuyo abordaje varía de acuerdo de los distintos marcos teóricos.
Los celos son una experiencia universal, es la característica más primitiva tanto para los humanos como para los mamíferos. Los celos, en un sinnúmero de circunstancias están relacionados al sentimiento de invalidez que vive el infante durante el periodo de amamantamiento.
Fenichel (1935) dice que la diferencia entre celos patológicos y celos normales es similar a la diferencia entre duelo y melancolía. A diferencia de la envidia, la experiencia de los celos involucra a tres personas. Es posible hipotetizar sobre sus orígenes al momento en que el niño adquiere la habilidad de distinguir a las personas a su alrededor. El tiempo en el que puede distinguir a su self del de los demás, establecer cierto grado de constancia objetal y tener ciertas representaciones del self y del objeto.
La intrusión de una tercera persona a la diada madre e hijo ya sea el padre, los hermanos o cualquier otro es inevitable. Por ello, todos los niños conocen el sentimiento de celos tan pronto como su Yo permita su conceptualización. Los psicoanalistas tienden a pensar que la existencia de los celos infantiles en la vida adulta pueden producir la monogamia, mientras el conflicto edípico la hace difícil de mantener (Horney, 1928).
De acuerdo con Fenichel (1935) este tipo de conducta en la persona ofrece una ventaja económica a la libido. Desde el punto de vista psicoanalítico se ha puesto muy poca atención a las diferencias a los síndromes clínicos de los celos. Sin embargo, los elementos intrapsíquicos de la celotipia continúan siendo un reto intelectual entre los estudiosos del tema.
Al respecto, Waelder, (1951) dice que los celos proyectados se derivan tanto en el hombre como en la mujer de su propia infidelidad, de sus propios impulsos que han sucumbido a la represión. Cotidianamente nos damos cuenta que la fidelidad que se requiere en el matrimonio se pone a prueba diariamente con la tentación del otro. Cualquiera que niegue esta afirmación se verá impulsado hacia la infidelidad haciendo uso del mecanismo inconsciente de mitigación, la consciencia queda absuelta al proyectar los propios impulsos de infidelidad en su pareja.
La urgencia a la infidelidad es negada, esto hace presión en la consciencia que se traduce como sentimientos de intranquilidad. Para librarse de este sentimiento, la persona le coloca actitudes que “cree” observar en su pareja infiriendo que tiene una gran tentación a cometer adulterio. Así, la proyección más que ser una respuesta primaria, se convierte en un mecanismo complejo cuyos ingredientes son la negación de las urgencias propias, el deseo de desplazar la culpa y la exageración de cualquier actitud observada.
Al respecto, Fenichel (1935) advierte que en este tipo de personalidades celosas o compulsivamente infieles la pérdida del amor o la búsqueda tienen que ver con la aspiración a poseer un objeto parcial para incorporarlo oralmente. Esto está relacionado con una fantasía de robo hacia la madre. En términos kleinianos la fantasía de robo tiene relación con los contenidos internos del cuerpo materno, es decir, su capacidad nutricia, reproductiva y creativa. Como dicen Riviere y Fenichel (1935) las fijaciones orales juegan un papel importante en el desarrollo en los celos patológicos.
Para Stoller (1975) los celos son una experiencia de aprehensión, ansiedad, suspicacia o desconfianza ante la pérdida de algo valioso, puede ser una persona o su amor. Cuando están asociados a una pareja sexual, los celos pueden involucrar sentimientos de posesividad hacia la persona o su afecto como un objeto valioso. Generalmente aparecen ante la existencia de rivalidad con una tercera persona, aquel que padece de celos se siente atemorizado de la intrusión que ésta pueda cometer dentro de su relación amorosa.
Pao (1969, citado por Pierloot, 1988) nos dice que los celos patológicos pueden ser comprendidos como un estado yoico persistente que se instala debido a conflictos desencadenados por impulsos homosexuales y sádicos orales, incluyendo aquellos que se encuentran dentro del narcisismo y la melancolía. Esto concuerda con lo que dice Schmideberg (1953, citado por Pierloot 1988): tanto los factores orales, anales y genitales contribuyen a los sentimientos de celos.
Para Glover (1949), por ejemplo, algunos componentes de los celos pueden ser los siguientes:
La envidia: la envidia es un componente de los celos, es parte de una relación triangular y se presenta cuando la persona celosa siente que no sólo tiene que cuidarse ante la pérdida del objeto, sino que ya lo ha perdido. Si este es el caso, el rival es envidiado por poseer a la mujer o por sus habilidades de amante. Es importante mencionar que al hablar de objeto perdido este autor se refiere a un objeto parcial.
El deseo de ser como el otro, de emularlo, no está presente en los celos. Metapsicológicamente este sentimiento está conectado con la identificación y la idealización que puede estar al servicio de una función adaptativa para poder manejar el enojo o una herida narcisista.
La herida narcisista probablemente es la misma tanto en los celos como en la envidia, sin embargo, en los celos hay mayor conciencia de la culpa y de haber fallado.
Hay mayor enojo en los celos que en la envidia.
El extrañamiento por la posesión del objeto ocurre en ambos estados, pero en el caso de los celos existe también un elemento de pérdida.
Hay otros autores que piensan que la persona celosa necesita a su pareja como un objeto que le ayude a preservar su autoestima. Lagache (1947, citado por Pierloot 1988) describe el amor de una persona celosa como un amor cautivo contrastado con un amor desprendido. El primero quiere poseer y asimilar a su pareja, el deseo es insaciable y la pareja siempre es experimentada como un objeto amoroso rechazante. Introducir un rival ofrece la posibilidad de una honorable explicación para el rechazo.
Moulton (1977) afirma que los hombres que se casan con mujeres que tienen una carrera profesional estable aparecen externamente orgullosos de ellas pero de alguna manera dependen de la fuerza femenina para relevarlos de la responsabilidad de ser el que lleva a casa el sustento. Muchos hombres no son conscientes de su gran necesidad de tener una madre confiable y fuerte junto a ellos.
Esto sólo se vuelve aparente cuando la esposa se convierte en una persona muy exitosa, demasiado ocupada, ganando mucho dinero e incluso siendo una ayuda financiera para alcanzar los logros familiares. Si el esposo niega su independencia se convierte en una persona llena de celos y muy competitiva con su esposa, ella puede, entonces, sentirse que no es amada y puede usar su fuerza en contra de él en lugar de con él o a favor de la unidad familiar (Ibíd.).
Pierloot (1988) afirma que hay algunas personas que buscan constantemente la confirmación a sus sospechas de que su pareja le es infiel. Su conducta está basada en una convicción interna, independiente de cualquier posible argumento o elementos de la realidad. Hacen titánicos esfuerzos para provocar la suspicacia del otro. Atormentan a su pareja para obligarla a confesar su infidelidad. Haciendo arreglos especiales, incluso tratan de empujar a su pareja a la infidelidad. La persona parece necesitar vivir esta situación incomoda y dolorosa.
Por ello, este autor señala que los celos son un estado emocional provocado por la idea que otra persona ha tomado un objeto, como regla, un objeto amoroso, que por derecho pertenece a un individuo, o por lo menos que uno tiene que compartir ese objeto con otra persona.
Hay autores que apuntan (Fisher, 1974; Lobsenz, 1977) que los celos no tienen una función práctica ya que son considerados como una reacción poco actual que surge desde un déficit en la autoestima así como también por un inapropiado deseo de controlar la conducta de la pareja. Sin embargo, independientemente del decline de las relaciones monogámicas en nuestras sociedades contemporáneas, Mullen (1991) insiste que los celos aun tienen relevancia social y significado interpersonal ya que por lo general son una respuesta a la infidelidad, que tiene una dimensión moral.
En cuanto a las estrategias que existen para tolerar los celos con la pareja infiel Sinclair (1993) considera que hay tres áreas básicas para analizar:
1. El sentimiento ambivalente hacia la pareja infiel que toma la forma de hostilidad ante la ruptura; hacer todo lo posible para una reconciliación independientemente del precio a pagar (falta de confianza a futuro, dudas sobre la integridad de la pareja, honestidad etc.); o investigar con el cónyuge qué fue lo/la que lo/la atrajo al otro (a) para así encontrar una posibilidad de recuperación de la pareja.
2. La rivalidad con el/la amante a través de: fantasías sexuales; agresión con el/la amante; intercambio de información entre la pareja fiel con el/la amante para así revisar la validez de sus interpretaciones de la realidad de la situación y protegerse de la manipulación del infiel (aunque estos encuentros son excesivamente dolorosos para ambas partes).
3. La compensación sexual con un cuarto; es decir, para la recuperación de la autoestima la pareja fiel busca un substituto que puede ser con la intención de provocar celos, una cuarta persona con quien negociar, encontrar a alguien con el que pueda hacer alianza repitiendo así la conducta de la pareja infiel.
Melanie Klein en 1934, cuando describe la posición depresiva, dice que el bebé comienza a darse cuenta de que él está separado de la madre. Se confronta con su inferioridad y el sentimiento de envidia hacia la madre y tiene que enfrentar la frustración, la culpa y la ansiedad ante la pérdida de la madre. Para mantenerse en una posición narcisista, indiferenciada, ataca sus objetos internos lo que lo deja sumido en un mundo sin amor, que irá recuperando con los actos amorosos maternos.
Ver al hermano/a menor pegado al pecho de la madre es un factor que se encuentra conectando la envidia y los celos con el erotismo oral. Melanie Klein (“Envidia y Gratitud”, 1957) le da a la envidia un lugar central en el desarrollo de la personalidad, mismas que derivan de la descripción de Abraham sobre la fase oral.
La envidia para Klein (Ibíd.) es operativa desde el inicio de la vida con la existencia de la envidia primaria al pecho de la madre basada en la idea de que el bebé siente que el pecho posee todo lo que él desea, que la leche y el amor que posee son ilimitados para su propia gratificación, incluso ya que él está bien alimentado.
La actitud del bebé hacia el pecho incluye el deseo de poseerlo ya que es la fuente de todo lo bueno, pero también para atacarlo sádicamente, devorar sus contenidos o echarlos a perder poniendo heces y orina en él. La parte destructiva de la envidia es crucial en la formulación de la teoría de Klein, sin embargo, es preciso diferenciarla del sentimiento de voracidad ya que éste tiene que ver con devorar e incorporar los contenidos del pecho, sin que necesariamente lo destruya. En la incorporación la destrucción es accidental, en la envidia es primordial, incorpora, pero no destruye ni aniquila como en la envidia. Cuando el objeto envidiado es dañado y no puede ser recibido puede resultar en un estado de privación que se convierte en voracidad.
Asimismo, Klein afirma que la excesiva envidia en la persona puede traer consecuencias profundas en el desarrollo de la personalidad. Disminuye la capacidad de goce de la persona e interfiere en la neutralización de los impulsos agresivos. También puede estar asociada a un temprano sentimiento de culpa que se convierte en un círculo vicioso de envidia, culpa sobre envidia, inhibición de la gratificación por la culpa, voracidad/culpa, entre otras cosas. Como otra manera de comprensión de la infidelidad, Klein aporta la noción de que un sentimiento de culpa temprano en el bebé con la madre puede llevar rápidamente de la oralidad a una genitalidad prematura, llevando a la masturbación obsesiva y la promiscuidad.
Pierloot (1988), por su parte, citando a Riviere, dice que ella considera los celos enfermos como un mecanismo de defensa en contra de los impulsos envidiosos, esto corresponde a la concepción de Klein (1957) sobre el desarrollo del niño. La envidia se dirige primero al objeto primario, el pecho de la madre. En la primera etapa del complejo de Edipo se dirige hacía la pareja combinada, basadas en las fantasías del cuerpo de la madre habitado por los objetos parciales pecho, pene y bebés. Los celos hasta cierto sentido sobrepasan la envidia, los sentimientos hostiles están dirigidos en contra del rival para que pueda ser preservado el objeto amoroso.
Stoller (1975) considera a los celos como un fenómeno que supone mayor madurez que la envidia porque está relacionado con la complejidad de la relación triangular con los objetos. Es un sentimiento más complejo que puede incluir a la envidia como una forma de celos. Los celos invariablemente involucran a tres o más personas. La confusión que existe entre la distinción de celos y de envidia puede ser clarificada en el siguiente concepto:

“…los celos tienen su raíz en la envidia, la envidia siempre está presente en los celos, los celos pueden esconder envidia o la envidia esconder a los celos. Esta distinción, es básica para afrontar las dificultades técnicas que pueden suscitar al interpretar contenidos preedípicos o edípicos dentro del tratamiento psicoanalítico” (p.83)

En los celos, dice Glover (1949), existen dos componentes que no se encuentran en la envidia:
a) Hay una homosexualidad inconsciente, lo que provoca una fuerte tensión. En una relación de pareja existe un impulso homosexual y otro heterosexual, sin embargo, el primero es inconsciente.
b) Suspicacia, esta es una característica paranoide de las personas celosas. Esta no es un estado afectivo sino la consecuencia provocada por defensas tales como proyección, identificación proyectiva, externalización de sentimientos libidinales o agresivos.
Una pareja en una relación amorosa satisfactoria reta a la envidia y al resentimiento siempre presente en aquellos que se encuentran excluidos y aquellas agencias reguladoras y desconfiadas de la cultura convencional en la cual viven. (Kernberg, 1988).

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El paso del tiempo

mayo 2, 2018 by eva@marc

¿Es la capacidad del ser humano para la destrucción proporcional a su capacidad para vivir? ¿De dónde viene esa fuerza destructiva? ¿Es igual en todos, o es diferente?, ¿es primaria o secundaria?, ¿innata o adquirida? En este artículo intentaré resumir algunas de las formas de pensar psicoanalíticamente la destructividad, la muerte, la agresión y el sadismo y su relación con el medio ambiente.

Freud, el padre del psicoanálisis, pensó al aparato psíquico o la mente como un espacio virtual que contiene fuerzas internas inconscientes que se oponen entre sí. Las llamó, pulsiones de vida o Eros y pulsiones de Muerte.
Las pulsiones sexuales y de autoconservación, agrupadas en la pulsión de Vida o Eros, están consagradas a la obtención de placer. Ejemplos de ella son comer, defecar, hacer el amor, beber, estar limpio, besar, acariciar, soñar, imaginar. La mente, dice Freud, está diseñada para evitar el dolor y buscar el placer, es así como alcanza la homeostasis o el equilibrio. Veamos pues a las pulsiones como una fuerza biológica interna que nos lleva a reproducirnos y a sobrevivir. Mientras que la pulsión de muerte, también llamada por Freud, tendencia destructiva, se ve exigida a repetir situaciones dolorosas. Es una tendencia universal del ser humano hacia el conflicto y la desintegración. Estas excitaciones internas destructivas también llamadas masoquismo, se vuelcan hacia afuera en un segundo tiempo y se torna en sadismo.
Por lo tanto, nacemos con un masoquismo innato, que significa obtener placer de lo doloroso, eso sería lo primario. Y en un segundo tiempo, ese masoquismo se proyecta al exterior convertido en sadismo. Para Freud, como consecuencia de lo constitucional o heredado, la persona nace con cantidades particulares de esta energía pulsional. Esa diferencia de grados es lo que determina la patología y la capacidad de vivir con más o menos conflicto. Pues a más pulsión de muerte, más compulsión a la repetición y más desequilibrio emocional.
Así, para Freud el hombre nace con pulsiones de vida y de muerte. Las de vida nos llevan a enamorarnos para reproducirnos; las de muerte, se oponen a la vida, demandan su disolución y es silenciosa. Las pulsiones de vida y de muerte yacen mezcladas al interior de la psique, cuando se desmezclan pierden su carácter estabilizador. La patología es consecuencia de una mayor cantidad de fuerza destructiva en el interior del organismo.
Entender esta metáfora requiere ser pensada desde el punto de vista económico, donde una fuerza interna empuja para la satisfacción y esta puede ser destructividad o reconstrucción. Originalmente Freud describió la pulsión de muerte como una forma de compulsión a la repetición, es esta fuerza interna la que nos lleva a los seres humanos a tropezar con la misma piedra un millar de veces. Así es, nos enamoramos de personas muy similares aun cuando este haya sido el más grave error de nuestra vida. Y no en todos los casos, es porque caprichosamente queremos sufrir, sino que hay que recordar que estas fuerzas internas son inconscientes. Solo nos damos cuenta de ellas cuando pasamos por un proceso de reflexión o de psicoanálisis.
Resumiendo, las pulsiones son fuerzas internas que buscan su satisfacción, pero hay algo más allá del principio de placer que es la compulsión a la repetición. Para Freud la pulsión de muerte es clínicamente silenciosa; aunque es silenciosa en cuanto a la ansiedad y el dolor que provienen del deseo de vivir. Dolor es vida. Olvido es la muerte.
Alrededor de 1930, Melanie Klein, psicoanalista cuyas aportaciones fueron decisivas para ampliar algunos conceptos delineados por Freud, encontró muy poderoso el concepto de Pulsión de Muerte para solucionar sus grandes problemas clínicos. Tomó el concepto de Freud de Pulsión de Muerte y postuló que ésta no era silenciosa. Al contrario, para Melanie Klein, la pulsión de muerte tiene manifestaciones clínicas profundas que son muy visibles y que forman parte del superyó sádico. El superyó es por lo tanto, la manifestación innata de la pulsión de muerte operando como destructividad hacia la persona misma. Es importante afirmar que no todos los psicoanalistas estuvieron de acuerdo con esta postura clínica. Hay quienes siguen pensando que la pulsión de muerte es lo que desliga, desune, lleva a la extinción de manera silenciosa; mientras que los postkleinianos piensan que nacemos con ella, y la expresamos como una forma de auto destructividad.
Para Klein la pulsión de vida busca satisfacer sus necesidades y para ello requieren de un objeto que le ayude a este propósito. Eros busca el amor en un objeto. La pulsión de muerte, supone la fuerza para aniquilar la necesidad o la percepción de ella. Esta última se manifiesta como destructividad contra uno mismo, pero como todo lo interno doloroso es intolerable dentro de nuestra mente es mandatorio proyectarlo en los demás. De este mecanismo provienen los pensamientos paranoides del mundo lleno de gente que nos quiere dañar: un mundo amenazante y peligroso. Por supuesto que hay una salida mejor a estas pulsiones destructivas y es cuando damos cuenta de ellas, las pensamos, las toleramos y nos hacemos cargo de nuestra propia destructividad comprendiéndola y en el mejor de los casos transformándola. Un ejemplo de este caso puede ser la mujer que está enojada porque tuvo un día laboral muy frustrante y en lugar de proyectarlo, es decir, descargarlo a gritos con sus hijos o sus colegas, se detiene y toma un tiempo para reflexionar lo que le pasó en su día.
Las personas que tienen un exceso de fuerza destructiva dentro de ellos desconfían, temen, se sienten perseguidos, lastimados y víctimas de sus circunstancias. Otra forma de manifestarse es cuando el elemento destructivo se mezcla con la pulsión de vida y se convierte en rabia y agresión hacia el objeto. También se manifiesta como un elemento interno que puede amenazar y destruir la percepción de sí mismo y/o de los objetos. Todas estas manifestaciones de la pulsión de muerte son clínicamente observables.
Pero por si fuera esto poca carga que llevar mientras vivimos, en la naturaleza también podemos observar ambas fuerzas. La de vida: en el nacimiento de todos los seres vivos: la lluvia es necesaria para el crecimiento vegetal, el viento para la dispersión de las semillas y el polen, el sol es indispensable para la fotosíntesis. Pero también hay elementos que parecen ofrecernos la otra cara de la moneda: la Tierra tiembla y se desgarra, el agua en exceso anega y ahoga todo, los tornados barren con lo que encuentran a su paso; las enfermedades que azotan a todos los seres vivos. Y el enigma de la muerte, para el cual no hemos hallado ningún alivio. Todo esto nos lleva de nuevo a la fragilidad propia de los mortales.
Nacemos desvalidos creyendo que el trabajo y la cultura nos pueden salvar, pero frente a la fuerza de la naturaleza nos deja de nuevo en el mismo lugar de desamparo con el que nacemos.
El desamparo innato es tan doloroso que para sobrevivir necesitamos contrarrestarlo con fantasías y pensamientos omnipotentes que nos sirven para que nuestro YO pueda desarrollarse. El desarrollo normal va llevando al niño a darse cuenta que no es un súper héroe, que él no creo el pecho o la botella tan solo por fantasearla y que no todos sus deseos se cumplen cual mago, viene un derrumbe narcisista que le sirve para adaptarse al mundo en el que nació y conocer las limitaciones que tenemos como seres humanos. Cuando este desarrollo no sigue su curso hacia la tolerancia a la frustración, la espera y el dolor, seguimos creando fantasías en nuestra mente de un mundo inagotable de recursos, hecho para nosotros, de manera que lo que no provoca satisfacción momentánea se deshecha, no sirve. Hay muchos ejemplos de esto en la cultura posmoderna, donde la familia ya no es un valor sino una carga que supone compartir los bienes entre todos, donde una pareja es intercambiada por otra cuando se vuelve fea o no hace lo que queremos en el momento que queremos, o un joven abandona su carrera porque le parece un esfuerzo excesivo estudiar.
No obstante pasar del sentimiento de omnipotencia que nos hace inmortales e infalibles es parte del desarrollo normal del ser humano, no todas las personas alcanzan este nivel de desarrollo. De ahí que sigan destruyendo el pasto por el que caminan, matando animales sin consideración, desperdiciando agua, porque tienen la infantil certeza que nacieron como seres superiores de la Tierra y todo les está permitido. Y cual niños piensan que la naturaleza y sus favores son inagotables. A esto le aunamos la condición innata de creer que la muerte es de otros pero no de uno mismo, que nos lleva a hacer sin pensar las consecuencias.
Esto es parte de la pulsión de muerte que junto con la pulsión de vida nos arrastra a ese descuido que tenemos por lo vivo y por nosotros mismos. De ahí que pensemos que el tiempo, la vida, los recursos emocionales e intelectuales que tenemos son inagotables, se dan por hecho y el futuro es un tiempo que muchos no pueden si quiera imaginar. Mientras no asumamos nuestra inmortalidad y la importancia del cuidado a lo otro como nuestro único legado, es decir, como la herencia a las generaciones venideras, seguiremos destruyendo el mundo que nos rodea: sembrando más cemento que flores, regando más cenizas que agua.
Es un cliché imaginar lo que haríamos si fuera el último día de nuestra vida porque esa fantasía no puede ser imaginada ya que en el inconsciente la muerte no existe. Sin embargo, si al menos pudiéramos dar cuenta del paso del tiempo, del deterioro paulatino de nuestro cuerpo, de nuestras capacidades, de nuestra agilidad o agudeza, nos vincularíamos de una manera distinta con nuestros semejantes. ¿O qué es lo que ustedes piensan?

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