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EVA MARCUSCHAMER

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Sobre las relaciones de objeto

mayo 10, 2018 by eva@marc

Melanie Klein, considerada en el mundo del psicoanálisis como una gran clínica, nació en Viena en marzo de 1882. Su vida estuvo marcada por grandes pérdidas desde su temprana infancia, primero murió su hermana cuando Melanie tenía cuatro años; de adolescente murió su padre que fue médico, en su juventud temprana muere su único hermano y compañero de juegos y mucho más tarde, su hijo en un accidente. Pienso que no podemos deslindar la personalidad y las vivencias del psicoanalista de su práctica y sus logros. Sin duda, Melanie Klein fue una estudiosa incansable que trabajó hasta los últimos años de su vida a pesar de haber truncado sus estudios de medicina ante la muerte de su padre y las dificultades económicas que eso supuso. Así, la Señora Klein, como se le conoció en el mundo del psicoanálisis, desarrolló una teoría a partir de su trabajo con niños y de estudiar y comprender el vínculo con sus pacientes.

Melanie Klein sostiene que la persona nace sintiendo una fuerte angustia de aniquilación producto de la agresión inherente del ser humano. La agresión tiene el correlato de la angustia y como la mente busca instintivamente el placer tiende a desarrollar mecanismos patológicos frente a la hostilidad constitutiva de la mente. Uno de ellos es la expulsión de la hostilidad para preservar lo bueno de la experiencia amorosa del vínculo. Así cuando la madre satisface las necesidades instintivas del recién nacido, el bebé experimenta placer y traduce en amoroso el acto de cuidado; mientras que la frustración es experimentada como hostilidad y odio y al ser expulsada por intolerable al exterior se traduce en ansiedades persecutorias. Así, para Klein, las relaciones tempranas están matizadas por intensos y excluyentes afectos de amor y odio, y la mente es un mundo interno poblado de objetos concretos buenos y malos que tienen una intención y una relación particular entre ellos y con el yo.

Para Klein lo agresivo es instintivo e innato, claramente lo vemos en el juego violento y destructivo del niño que expresa en ello su mundo interno y puede ser una fase del desarrollo normal. Sin embargo, cuando el sadismo es intenso, la patología se asoma y se traduce en una dificultad para el aprendizaje y para las relaciones con los demás.

Uno de los postulados más importantes de Klein, a mi parecer y que nos es posible verlo en la clínica, es que la realidad externa se percibe desde la interna. De ahí que para una persona que tiene un pleito con su novio(a), puede significar ser abandonado, la muerte o imposibilidad de vivir sin el otro o simplemente producto de una diferencia de pensamiento. De tal suerte que, todas y cada una de estas fantasías representan el mundo interno de la persona en cuestión. El dicho, las cosas son según el cristal con que se miren, da cuenta de la realidad interna y de la manera que la persona percibe el mundo externo.

La fantasía produce estados mentales concretos tan intensos como las conductas externas. Por ello la persona que se enojó con su novio y piensa que moriría sin él o ella, tiene una fantasía terrorífica que al mismo tiempo es violenta y agresiva y provocará ansiedad persecutoria y temores de retaliación. Una paciente me contó que de pequeña cada vez que sus padres se iban de viaje pensaba que el avión se estrellaría y ellos perecerían. Esta fantasía, tan real para ella en esos momentos, la torturaba tanto que le provocaba insomnio e ideas obsesivas de contraer una grave enfermedad. El sentimiento de abandono tan intenso y hostil que experimentaba cuando sus padres viajaban, y la dejaban con la cuidadora, la llevaba a producir esas fantasías persecutorias y retaliatorias.

La idea kleiniana de la importancia de la agresión en el desarrollo psíquico alcanza su punto culminante con el concepto de envidia (1957). La envidia supone destruir lo bueno por no poder tolerar los atributos que el objeto posee; es la imposibilidad de recibir por el odio que genera lo que no se tiene y se quiere. Esta idea nos permite comprender patologías tan graves como las adicciones o los trastornos de alimentación. Estos fenómenos humanos tan complejos que se relacionan con el odio y la autodestrucción.

Para Melanie Klein la mente humana está poblada por fantasías de celos, rivalidad, exclusión y envidia, nadie estamos exentos de experimentarlos, las diferencias individuales estriban en la tolerancia hacia esas vivencias. Depende del amor que recibamos de las personas significativas y de nuestra posibilidad interna de traducirlas en algo bondadoso y que nos ayude a crecer.

Afortunadamente, la fase agresiva, persecutoria y explosiva se va atenuando a partir de la vivencia amorosa del cuidado materno. El odio disminuye y va cediendo su lugar a la reparación e integración, adquiriendo los objetos un sentido más realista. Así, la persona que discutió con su novio(a) en lugar de sentir rabia, exclusión y abandono, puede comprender que las diferencias de pensamiento pueden llevar a discusiones en las que el amor no se ve amenazado.

Así, cuando la agresión es menos intensa el yo se integra y sintetiza lo que siente hacia el objeto. El amor predomina al odio y a lo destructivo y las ansiedades depresivas se hacen presentes. Es importante aclarar que para un desarrollo normal tiene que haber un adecuado monto de ansiedad, es su exceso el que produce patología.

La disminución de la ansiedad fortalece e integra al yo, se maneja mejor la agresión, se siente menos culpa. Esto ayuda a reinstalar al objeto amado perdido dentro de uno mismo y se traduce como la capacidad de cuidado a uno mismo, de amar al otro y de disfrutar lo que la vida nos da.

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Papel del espejo de la madre y la familia en el desarrollo del niño

mayo 2, 2018 by eva@marc

La aproximación de Winnicott a la relación madre-bebé se inició en su trabajo como pediatra y después como psicoanalista. Su formación lo llevó a decir cosas tan importantes como: “No hay tal cosa como un bebé, si estoy frente a un bebé, seguramente estaré también frente a alguien que lo cuide”. Desde este momento todo el trabajo de este autor se desarrolló a partir de la naturaleza de la relación madre-bebé, enfocó sus esfuerzos en el desarrollo emocional centrado en la primera relación, dejó de ver a la persona como un ser aislado para verlo como un individuo en relación con la madre. Aunque no fue su intención mostrar que la relación entre el paciente y el analista es una réplica de la relación temprana entre la madre y el bebé, reconoció que el modelo de la madre suficientemente buena debe de ser llevada a la situación analítica. La función del analista es devolver al paciente lo que este trae, reflejar al paciente lo que puede ver en él.

El fenómeno transicional emerge cuando este autor da cuenta de la manera en que el bebé se separa de su madre para adquirir un sentido de self, esta capacidad de usar el espacio transicional representa la habilidad de vivir creativamente1 y de sentirse real; la capacidad para estar solo, en fin, de formar su self.

Para Winnicott, el significado de la mirada ocupa el espacio de lo intermedio, ya que para el bebé es muy importante la madre real y su posibilidad de ser un objeto consistente y confiable, pero esta mirada que va más allá de lo fáctico es la que permite al individuo ver al mundo de forma creativa, internalizando primero la experiencia de ser mirado por la madre. Esta experiencia ocurre naturalmente durante las primeras semanas de la relación madre-bebé, cuando el precursor del espejo es el rostro de la madre. Este autor piensa que el bebé depende de las respuestas faciales de la madre cuando se mira en su rostro y eso le permite ir desarrollando un sentido de self verdadero. “Sentirse real es más que existir, es encontrar una forma de existir como uno mismo, y de relacionarse con los objetos como uno mismo, y de tener una persona dentro de la cual poder retirarse para el relajamiento” (pp 154)

En la misma línea, Winnicott distinguió entre las “necesidades del ello”; es decir, los deseos pulsionales, y las “necesidades del yo”. De estas últimas afirmó que no es adecuado decir que se gratifican o se frustran, ya que nada tiene que ver con la búsqueda del placer como descarga, sino que simplemente encuentran respuesta en el objeto, o no la encuentran.  Estas necesidades incluyen anhelos tales como el de ser visto, reconocido o comprendido, o el de compartir la propia experiencia subjetiva con otro ser humano. Cuando éstas no encuentran respuesta, la reacción emocional del sujeto no es de frustración, sino de vacío y desesperanza. Cuando sí la encuentran, lo que surge no es una experiencia de placer sino de armonía y plenitud.

El reconocer la importancia esencial de estas necesidades de relación objetal no supone en absoluto ignorar la vigencia de los deseos pulsionales
—sexuales y agresivos—. Estos existen, indudablemente, pero en condiciones normales sólo se manifiestan en el contexto de relaciones altamente personales. En ello está la norma es el deseo sexual como parte del amor objetal, y el deseo agresivo como parte del odio objetal, ambos indisociables de las personas a quienes se dirigen.

Winnicott nos dice que el niño mira el rostro de la madre y que en ella lo que ve es a sí mismo. El rostro de la madre ocupa un lugar importante para el desarrollo emocional del niño pues es sostenido, manipulado y se le presenta un objeto sin que por eso traspase la vivencia de omnipotencia, es decir en esta primera etapa el bebé está tratando con un objeto subjetivo, creado por él. Este autor dice que lo primero que el bebé hace es mirar la cara de la madre que funge como un espejo que permite devolverle su mirada, se ve a sí mismo a través de la mirada de la madre.

¿Qué ve el bebé cuando mira el rostro de la madre? Yo sugiero que por lo general se ve a sí mismo. En otras palabras, la madre lo mira y lo que ella parece se relaciona con lo que ve en él. Todo esto se da por sentado con demasiada facilidad. Yo pido que no se dé por supuesto lo que las madres que cuidan a sus bebés hacen bien con naturalidad. Puedo expresar lo que quiero decir yendo directamente al caso del bebé cuya madre refleja su propio estado de ánimo o, peor aún, la rigidez de sus propias defensas. En ese caso, ¿qué ve el bebé?

Lo que dice el autor es que hay ocasiones en que la madre no puede devolver la mirada, pues el bebé mira y no se ve a sí mismo y cuando esto ocurre, su capacidad creadora se atrofia. Este fracaso materno puede llevar al infante a tratar de buscar algún significado en lo que mira hasta llegar a provocar una amenaza de caos, y la manera de mirar cambia pues ya no tiene como objetivo mirarse a sí mismo sino que se convierte en una defensa. De manera que cuando la madre no responde, el espejo es algo que se mira y no algo dentro de lo cual se mira. Winnicott llama apercepción a este proceso de verse en el rostro de la madre.

El proceso de apercepción en el cual lo que mira el bebé cuando ve el rostro de la madre es a sí mismo, le permite ir enriqueciendo su mundo de significados de manera que:
Cuando miro se me ve, y por tanto existo.
Ahora puedo permitirme mirar y ver.
Ahora miro en forma creadora y lo que apercibo también lo percibo.

Winnicott no sólo considera que el medio provee de alimentos y de una temperatura acogedora, sino también el sostén (holding) real y metafórico del bebé, la posibilidad de ser manejado por un semejante como acción específica y también la de disponer de objetos en su entorno. Es por ello que la madre suficientemente buena —tesis de Winnicott— implica una doble función: real y metafórica: la madre, o quien oficie de tal, deberá estar presente con continuidad, y ser dedicada, sensible, vulnerable, pero a la vez resistente, capaz de preocuparse por su bebé y deseante de ser comida por él. Tendrá capacidad de odiarlo sin atemorizarse al hacerlo, ya que podrá confiar en no reaccionar a consecuencia de su odio. Tendrá un comportamiento predecible, confiable, aunque no “iniciará” una acción sino que estará atenta a que su bebé lo haga, estimulando el impulso creativo (gesto espontáneo) de su hijo. La mirada al igual que el espejo, es real y metafórica, proviene de la madre y del bebé, y después de todos los otros significativos para la persona. Primero es la madre y luego la familia los que se hacen cargo de esta importante función para el desarrollo psíquico del infante. Winnicott habla también de la mirada del bebé, mira y busca encontrarse a sí mismo, aunque no siempre logra recibir lo que da. Es así como se va atrofiando la capacidad creadora del infante.

Winnicott sitúa la experiencia transicional entre la emergencia temprana de la consciencia y el sentido de darse cuenta de la otredad fuera de sí mismo. En el área transicional, el self y el Otro no son uno mismo, ni son dos, sino algo que juntos forman un campo de interacción. El centro de la experiencia transicional tiene que ver con un acomodo innato entre la creatividad del infante y el mundo. Lo transicional es un espacio de confianza en donde el bebé crea el objeto pero el objeto estaba ahí, esperando ser creado y catectizado.

M es una chica que llegó a tratamiento a los pocos meses de haber dado a luz una linda niña a la cual no podía colmar sus necesidades. M estaba abrumada por sus terribles pesadillas que la seguían de día y de noche; en ese estado le era difícil distinguir el sueño de la realidad. Un día llegó a consulta con su pequeña, había tenido una horrible pesadilla, soñó que encontraba a una mujer, la descuartizaba y después tiraba pedazos de ella por la calle. Ese día había traído a su hija a la consulta pues sentía que no podía cuidarla en ese estado y con esas fantasías. Cuando la pequeña lloraba, M no comprendía su llanto, se tapaba los oídos y si podía salir de la casa corriendo lo hacía; si no, se desconectaba dejándola inconsolada hasta que volvía a conectarse con ella. M vivió tormentosamente su embarazo: subir de peso, ver su cuerpo “deformarse”, “dejar de ser atractiva para su esposo”, todas eran preocupaciones mayores a cuidar de un bebé por primera vez. Esa mujer de su sueño, descuartizada era ella y como una manera de pegarse a sí misma se volvió fotógrafa mientras estaba en tratamiento, al principio se aficionó a tomarse fotos de ella misma, la cámara hacía la función de espejo, la paciente buscaba su imagen, buscaba que la cámara le devolviera algo de su ser, algo que su madre depresiva no pudo hacer. Aprendió a arreglar las fotografías para quitarle sus defectos, le emocionaba aparecer perfecta. Tomaba cientos de fotografías en las que se sentía hermosa, se percibía pero no se miraba, como diría Winnicott buscaba en el ambiente algo que le devolviera algo de sí. Cuando la madre no ha podido hacer su función de espejo, la persona no podrá verse a sí misma como es, estará en busca de una mirada que la integre: M era una mujer muy atractiva cuando se sentía bien, cuando no, aparecía sucia y descuidada. Estaba obsesionada con su cuerpo, quería operarlo todo, corregir su estómago y sus pechos, “volverlos perfectos”, mientras tanto jugaba con sus fotografías hasta alcanzar la imagen perfecta que buscaba, la mirada anhelada de la madre.

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El juego del deseo

mayo 2, 2018 by eva@marc

El amor es tanto más auténtico cuando nace de la simpatía y no del deseo, porque sólo así no deja heridas. Durrell

Freud (1922) primero formuló el mecanismo de los celos patológicos en el caso Schreber y posteriormente lo elaboró en su artículo “Sobre algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad”. Sin embargo, primero hace una valiosa aportación sobre los celos normales para su distinción:

“…en lo esencial están compuestos por el duelo, el dolor por el objeto de amor que se cree perdido y por la frente narcisista, en la medida que ésta pueda distinguirse de las otras; además, por sentimientos de hostilidad hacía los rivales que han sido preferidos y por un monto mayor o menor de autocrítica, que quiere hacer responsable al yo propio por la pérdida del amor. Estos celos… arraigan en el profundo del inconsciente, retoman las más tempranas mociones de la afectividad infantil y brotan del Complejo de Edipo o de los hermanos del primer periodo sexual”

Este mismo autor, escribió que la infidelidad o el impulso a cometerla reactivan los celos de segundo grado o celos proyectados. Este deseo a cometer la infidelidad puede ser un pasaje al acto o mantenerse reprimido en el inconsciente. En la pareja de casados, nos dice el padre del psicoanálisis, la fidelidad exigida tiene que vencer múltiples obstáculos, como por ejemplo, que otra persona te parezca atractiva sexualmente:

“…aquellos que niegan experimentar tales tentaciones sienten tan enérgicamente su presión que suelen acudir a un mecanismo inconsciente para aliviarla y alcanzan tal alivio e incluso una absolución completa por parte de su conciencia moral, proyectando sus propios impulsos a la infidelidad sobre la persona a quien deben guardarla…”

Estos celos tienen como contenido inconsciente la fantasía de la propia infidelidad, esto se traduce en un ligero flirteo de ambos cónyuges, lo que equivale, según Freud, al retorno a la fidelidad. Estos ligeros avances a la infidelidad protegen a la pareja contra el pasaje al acto pues generan los celos que llevan a su vez a la valoración del otro miembro de la pareja. Así, el deseo por un objeto ajeno es satisfecho en el objeto propio. Mientras que los celos delirantes, o del tercer tipo, también encubren la propia infidelidad pero con un objeto del mismo sexo, es decir, homosexual.

Muchos otros a partir de Freud han hecho interesantes aportaciones a la comprensión de los celos. A continuación ofreceremos distintas opiniones complementarias que permiten mostrarnos los mecanismos intrapsíquicos que intervienen en la génesis de los celos enfermos cuyo abordaje varía de acuerdo de los distintos marcos teóricos.

Los celos son una experiencia universal, es la característica más primitiva tanto para los humanos como para los mamíferos. Los celos, en un sinnúmero de circunstancias están relacionados al sentimiento de invalidez que vive el infante durante el periodo de amamantamiento.

Fenichel (1935) dice que la diferencia entre celos patológicos y celos normales es similar a la diferencia entre duelo y melancolía. A diferencia de la envidia, la experiencia de los celos involucra a tres personas. Es posible hipotetizar sobre sus orígenes al momento en que el niño adquiere la habilidad de distinguir a las personas a su alrededor. El tiempo en el que puede distinguir a su self del de los demás, establecer cierto grado de constancia objetal y tener ciertas representaciones del self y del objeto.

La intrusión de una tercera persona a la diada madre e hijo ya sea el padre, los hermanos o cualquier otro es inevitable. Por ello, todos los niños conocen el sentimiento de celos tan pronto como su Yo permita su conceptualización. Los psicoanalistas tienden a pensar que la existencia de los celos infantiles en la vida adulta pueden producir la monogamia, mientras el conflicto edípico la hace difícil de mantener (Horney, 1928).

De acuerdo con Fenichel (1935) este tipo de conducta en la persona ofrece una ventaja económica a la libido. Desde el punto de vista psicoanalítico se ha puesto muy poca atención a las diferencias a los síndromes clínicos de los celos. Sin embargo, los elementos intrapsíquicos de la celotipia continúan siendo un reto intelectual entre los estudiosos del tema.

Al respecto, Waelder, (1951) dice que los celos proyectados se derivan tanto en el hombre como en la mujer de su propia infidelidad, de sus propios impulsos que han sucumbido a la represión. Cotidianamente nos damos cuenta que la fidelidad que se requiere en el matrimonio se pone a prueba diariamente con la tentación del otro. Cualquiera que niegue esta afirmación se verá impulsado hacia la infidelidad haciendo uso del mecanismo inconsciente de mitigación, la consciencia queda absuelta al proyectar los propios impulsos de infidelidad en su pareja.

La urgencia a la infidelidad es negada, esto hace presión en la consciencia que se traduce como sentimientos de intranquilidad. Para librarse de este sentimiento, la persona le coloca actitudes que “cree” observar en su pareja infiriendo que tiene una gran tentación a cometer adulterio. Así, la proyección más que ser una respuesta primaria, se convierte en un mecanismo complejo cuyos ingredientes son la negación de las urgencias propias, el deseo de desplazar la culpa y la exageración de cualquier actitud observada.

Al respecto, Fenichel (1935) advierte que en este tipo de personalidades celosas o compulsivamente infieles la pérdida del amor o la búsqueda tienen que ver con la aspiración a poseer un objeto parcial para incorporarlo oralmente. Esto está relacionado con una fantasía de robo hacia la madre. En términos kleinianos la fantasía de robo tiene relación con los contenidos internos del cuerpo materno, es decir, su capacidad nutricia, reproductiva y creativa. Como dicen Riviere y Fenichel (1935) las fijaciones orales juegan un papel importante en el desarrollo en los celos patológicos.

Para Stoller (1975) los celos son una experiencia de aprehensión, ansiedad, suspicacia o desconfianza ante la pérdida de algo valioso, puede ser una persona o su amor. Cuando están asociados a una pareja sexual, los celos pueden involucrar sentimientos de posesividad hacia la persona o su afecto como un objeto valioso. Generalmente aparecen ante la existencia de rivalidad con una tercera persona, aquel que padece de celos se siente atemorizado de la intrusión que ésta pueda cometer dentro de su relación amorosa.

Pao (1969, citado por Pierloot, 1988) nos dice que los celos patológicos pueden ser comprendidos como un estado yoico persistente que se instala debido a conflictos desencadenados por impulsos homosexuales y sádicos orales, incluyendo aquellos que se encuentran dentro del narcisismo y la melancolía. Esto concuerda con lo que dice Schmideberg (1953, citado por Pierloot 1988): tanto los factores orales, anales y genitales contribuyen a los sentimientos de celos.
Para Glover (1949), por ejemplo, algunos componentes de los celos pueden ser los siguientes:

  • La envidia: la envidia es un componente de los celos, es parte de una relación triangular y se presenta cuando la persona celosa siente que no sólo tiene que cuidarse ante la pérdida del objeto, sino que ya lo ha perdido. Si este es el caso, el rival es envidiado por poseer a la mujer o por sus habilidades de amante. Es importante mencionar que al hablar de objeto perdido este autor se refiere a un objeto parcial.
  • El deseo de ser como el otro, de emularlo, no está presente en los celos. Metapsicológicamente este sentimiento está conectado con la identificación y la idealización que puede estar al servicio de una función adaptativa para poder manejar el enojo o una herida narcisista.
  • La herida narcisista probablemente es la misma tanto en los celos como en la envidia, sin embargo, en los celos hay mayor conciencia de la culpa y de haber fallado.
  • Hay mayor enojo en los celos que en la envidia.
  • El extrañamiento por la posesión del objeto ocurre en ambos estados, pero en el caso de los celos existe también un elemento de pérdida.

Hay otros autores que piensan que la persona celosa necesita a su pareja como un objeto que le ayude a preservar su autoestima. Lagache (1947, citado por Pierloot 1988) describe el amor de una persona celosa como un amor cautivo contrastado con un amor desprendido. El primero quiere poseer y asimilar a su pareja, el deseo es insaciable y la pareja siempre es experimentada como un objeto amoroso rechazante. Introducir un rival ofrece la posibilidad de una honorable explicación para el rechazo.

Moulton (1977) afirma que los hombres que se casan con mujeres que tienen una carrera profesional estable aparecen externamente orgullosos de ellas pero de alguna manera dependen de la fuerza femenina para relevarlos de la responsabilidad de ser el que lleva a casa el sustento. Muchos hombres no son conscientes de su gran necesidad de tener una madre confiable y fuerte junto a ellos.

Esto sólo se vuelve aparente cuando la esposa se convierte en una persona muy exitosa, demasiado ocupada, ganando mucho dinero e incluso siendo una ayuda financiera para alcanzar los logros familiares. Si el esposo niega su independencia se convierte en una persona llena de celos y muy competitiva con su esposa, ella puede, entonces, sentirse que no es amada y puede usar su fuerza en contra de él en lugar de con él o a favor de la unidad familiar (Ibíd.).

Pierloot (1988) afirma que hay algunas personas que buscan constantemente la confirmación a sus sospechas de que su pareja le es infiel. Su conducta está basada en una convicción interna, independiente de cualquier posible argumento o elementos de la realidad. Hacen titánicos esfuerzos para provocar la suspicacia del otro. Atormentan a su pareja para obligarla a confesar su infidelidad. Haciendo arreglos especiales, incluso tratan de empujar a su pareja a la infidelidad. La persona parece necesitar vivir esta situación incomoda y dolorosa.

Por ello, este autor señala que los celos son un estado emocional provocado por la idea que otra persona ha tomado un objeto, como regla, un objeto amoroso, que por derecho pertenece a un individuo, o por lo menos que uno tiene que compartir ese objeto con otra persona.

Hay autores que apuntan (Fisher, 1974; Lobsenz, 1977) que los celos no tienen una función práctica ya que son considerados como una reacción poco actual que surge desde un déficit en la autoestima así como también por un inapropiado deseo de controlar la conducta de la pareja. Sin embargo, independientemente del decline de las relaciones monogámicas en nuestras sociedades contemporáneas, Mullen (1991) insiste que los celos aun tienen relevancia social y significado interpersonal ya que por lo general son una respuesta a la infidelidad, que tiene una dimensión moral.

En cuanto a las estrategias que existen para tolerar los celos con la pareja infiel Sinclair (1993) considera que hay tres áreas básicas para analizar:

1. El sentimiento ambivalente hacia la pareja infiel que toma la forma de hostilidad ante la ruptura; hacer todo lo posible para una reconciliación independientemente del precio a pagar (falta de confianza a futuro, dudas sobre la integridad de la pareja, honestidad etc.); o investigar con el cónyuge qué fue lo/la que lo/la atrajo al otro (a) para así encontrar una posibilidad de recuperación de la pareja.
2. La rivalidad con el/la amante a través de: fantasías sexuales; agresión con el/la amante; intercambio de información entre la pareja fiel con el/la amante para así revisar la validez de sus interpretaciones de la realidad de la situación y protegerse de la manipulación del infiel (aunque estos encuentros son excesivamente dolorosos para ambas partes).
3. La compensación sexual con un cuarto; es decir, para la recuperación de la autoestima la pareja fiel busca un substituto que puede ser con la intención de provocar celos, una cuarta persona con quien negociar, encontrar a alguien con el que pueda hacer alianza repitiendo así la conducta de la pareja infiel.

Melanie Klein en 1934, cuando describe la posición depresiva, dice que el bebé comienza a darse cuenta de que él está separado de la madre. Se confronta con su inferioridad y el sentimiento de envidia hacia la madre y tiene que enfrentar la frustración, la culpa y la ansiedad ante la pérdida de la madre. Para mantenerse en una posición narcisista, indiferenciada, ataca sus objetos internos lo que lo deja sumido en un mundo sin amor, que irá recuperando con los actos amorosos maternos.

Ver al hermano/a menor pegado al pecho de la madre es un factor que se encuentra conectando la envidia y los celos con el erotismo oral. Melanie Klein (“Envidia y Gratitud”, 1957) le da a la envidia un lugar central en el desarrollo de la personalidad, mismas que derivan de la descripción de Abraham sobre la fase oral.

Ver al hermano/a menor pegado al pecho de la madre es un factor que se encuentra conectando la envidia y los celos con el erotismo oral. Melanie Klein (“Envidia y Gratitud”, 1957) le da a la envidia un lugar central en el desarrollo de la personalidad, mismas que derivan de la descripción de Abraham sobre la fase oral.

La actitud del bebé hacia el pecho incluye el deseo de poseerlo ya que es la fuente de todo lo bueno, pero también para atacarlo sádicamente, devorar sus contenidos o echarlos a perder poniendo heces y orina en él. La parte destructiva de la envidia es crucial en la formulación de la teoría de Klein, sin embargo, es preciso diferenciarla del sentimiento de voracidad ya que éste tiene que ver con devorar e incorporar los contenidos del pecho, sin que necesariamente lo destruya. En la incorporación la destrucción es accidental, en la envidia es primordial, incorpora, pero no destruye ni aniquila como en la envidia. Cuando el objeto envidiado es dañado y no puede ser recibido puede resultar en un estado de privación que se convierte en voracidad.

Asimismo, Klein afirma que la excesiva envidia en la persona puede traer consecuencias profundas en el desarrollo de la personalidad. Disminuye la capacidad de goce de la persona e interfiere en la neutralización de los impulsos agresivos. También puede estar asociada a un temprano sentimiento de culpa que se convierte en un círculo vicioso de envidia, culpa sobre envidia, inhibición de la gratificación por la culpa, voracidad/culpa, entre otras cosas. Como otra manera de comprensión de la infidelidad, Klein aporta la noción de que un sentimiento de culpa temprano en el bebé con la madre puede llevar rápidamente de la oralidad a una genitalidad prematura, llevando a la masturbación obsesiva y la promiscuidad.

Pierloot (1988), por su parte, citando a Riviere, dice que ella considera los celos enfermos como un mecanismo de defensa en contra de los impulsos envidiosos, esto corresponde a la concepción de Klein (1957) sobre el desarrollo del niño. La envidia se dirige primero al objeto primario, el pecho de la madre. En la primera etapa del complejo de Edipo se dirige hacía la pareja combinada, basadas en las fantasías del cuerpo de la madre habitado por los objetos parciales pecho, pene y bebés. Los celos hasta cierto sentido sobrepasan la envidia, los sentimientos hostiles están dirigidos en contra del rival para que pueda ser preservado el objeto amoroso.

Stoller (1975) considera a los celos como un fenómeno que supone mayor madurez que la envidia porque está relacionado con la complejidad de la relación triangular con los objetos. Es un sentimiento más complejo que puede incluir a la envidia como una forma de celos. Los celos invariablemente involucran a tres o más personas. La confusión que existe entre la distinción de celos y de envidia puede ser clarificada en el siguiente concepto:

“…los celos tienen su raíz en la envidia, la envidia siempre está presente en los celos, los celos pueden esconder envidia o la envidia esconder a los celos. Esta distinción, es básica para afrontar las dificultades técnicas que pueden suscitar al interpretar contenidos preedípicos o edípicos dentro del tratamiento psicoanalítico”

En los celos, dice Glover (1949), existen dos componentes que no se encuentran en la envidia:
a) Hay una homosexualidad inconsciente, lo que provoca una fuerte tensión. En una relación de pareja existe un impulso homosexual y otro heterosexual, sin embargo, el primero es inconsciente.
b) Suspicacia, esta es una característica paranoide de las personas celosas. Esta no es un estado afectivo sino la consecuencia provocada por defensas tales como proyección, identificación proyectiva, externalización de sentimientos libidinales o agresivos.

Una pareja en una relación amorosa satisfactoria reta a la envidia y al resentimiento siempre presente en aquellos que se encuentran excluidos y aquellas agencias reguladoras y desconfiadas de la cultura convencional en la cual viven. (Kernberg, 1988).

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Los celos y la envidia

mayo 2, 2018 by eva@marc

Freud (1922) primero formuló el mecanismo de los celos patológicos en el caso Schreber y posteriormente lo elaboró en su artículo “Sobre algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad”. Sin embargo, primero hace una valiosa aportación sobre los celos normales para su distinción:

“…en lo esencial están compuestos por el duelo, el dolor por el objeto de amor que se cree perdido y por la frente narcisista, en la medida que ésta pueda distinguirse de las otras; además, por sentimientos de hostilidad hacía los rivales que han sido preferidos y por un monto mayor o menor de autocrítica, que quiere hacer responsable al yo propio por la pérdida del amor. Estos celos… arraigan en el profundo del inconsciente, retoman las más tempranas mociones de la afectividad infantil y brotan del Complejo de Edipo o de los hermanos del primer periodo sexual” (p. 217).

Este mismo autor, escribió que la infidelidad o el impulso a cometerla reactivan los celos de segundo grado o celos proyectados. Este deseo a cometer la infidelidad puede ser un pasaje al acto o mantenerse reprimido en el inconsciente. En la pareja de casados, nos dice el padre del psicoanálisis, la fidelidad exigida tiene que vencer múltiples obstáculos, como por ejemplo, que otra persona te parezca atractiva sexualmente:
“…aquellos que niegan experimentar tales tentaciones sienten tan enérgicamente su presión que suelen acudir a un mecanismo inconsciente para aliviarla y alcanzan tal alivio e incluso una absolución completa por parte de su conciencia moral, proyectando sus propios impulsos a la infidelidad sobre la persona a quien deben guardarla…”(p.218).

Estos celos tienen como contenido inconsciente la fantasía de la propia infidelidad, esto se traduce en un ligero flirteo de ambos cónyuges, lo que equivale, según Freud, al retorno a la fidelidad. Estos ligeros avances a la infidelidad protegen a la pareja contra el pasaje al acto pues generan los celos que llevan a su vez a la valoración del otro miembro de la pareja. Así, el deseo por un objeto ajeno es satisfecho en el objeto propio. Mientras que los celos delirantes, o del tercer tipo, también encubren la propia infidelidad pero con un objeto del mismo sexo, es decir, homosexual.
Muchos otros a partir de Freud han hecho interesantes aportaciones a la comprensión de los celos. A continuación ofreceremos distintas opiniones complementarias que permiten mostrarnos los mecanismos intrapsíquicos que intervienen en la génesis de los celos enfermos cuyo abordaje varía de acuerdo de los distintos marcos teóricos.
Los celos son una experiencia universal, es la característica más primitiva tanto para los humanos como para los mamíferos. Los celos, en un sinnúmero de circunstancias están relacionados al sentimiento de invalidez que vive el infante durante el periodo de amamantamiento.
Fenichel (1935) dice que la diferencia entre celos patológicos y celos normales es similar a la diferencia entre duelo y melancolía. A diferencia de la envidia, la experiencia de los celos involucra a tres personas. Es posible hipotetizar sobre sus orígenes al momento en que el niño adquiere la habilidad de distinguir a las personas a su alrededor. El tiempo en el que puede distinguir a su self del de los demás, establecer cierto grado de constancia objetal y tener ciertas representaciones del self y del objeto.
La intrusión de una tercera persona a la diada madre e hijo ya sea el padre, los hermanos o cualquier otro es inevitable. Por ello, todos los niños conocen el sentimiento de celos tan pronto como su Yo permita su conceptualización. Los psicoanalistas tienden a pensar que la existencia de los celos infantiles en la vida adulta pueden producir la monogamia, mientras el conflicto edípico la hace difícil de mantener (Horney, 1928).
De acuerdo con Fenichel (1935) este tipo de conducta en la persona ofrece una ventaja económica a la libido. Desde el punto de vista psicoanalítico se ha puesto muy poca atención a las diferencias a los síndromes clínicos de los celos. Sin embargo, los elementos intrapsíquicos de la celotipia continúan siendo un reto intelectual entre los estudiosos del tema.
Al respecto, Waelder, (1951) dice que los celos proyectados se derivan tanto en el hombre como en la mujer de su propia infidelidad, de sus propios impulsos que han sucumbido a la represión. Cotidianamente nos damos cuenta que la fidelidad que se requiere en el matrimonio se pone a prueba diariamente con la tentación del otro. Cualquiera que niegue esta afirmación se verá impulsado hacia la infidelidad haciendo uso del mecanismo inconsciente de mitigación, la consciencia queda absuelta al proyectar los propios impulsos de infidelidad en su pareja.
La urgencia a la infidelidad es negada, esto hace presión en la consciencia que se traduce como sentimientos de intranquilidad. Para librarse de este sentimiento, la persona le coloca actitudes que “cree” observar en su pareja infiriendo que tiene una gran tentación a cometer adulterio. Así, la proyección más que ser una respuesta primaria, se convierte en un mecanismo complejo cuyos ingredientes son la negación de las urgencias propias, el deseo de desplazar la culpa y la exageración de cualquier actitud observada.
Al respecto, Fenichel (1935) advierte que en este tipo de personalidades celosas o compulsivamente infieles la pérdida del amor o la búsqueda tienen que ver con la aspiración a poseer un objeto parcial para incorporarlo oralmente. Esto está relacionado con una fantasía de robo hacia la madre. En términos kleinianos la fantasía de robo tiene relación con los contenidos internos del cuerpo materno, es decir, su capacidad nutricia, reproductiva y creativa. Como dicen Riviere y Fenichel (1935) las fijaciones orales juegan un papel importante en el desarrollo en los celos patológicos.
Para Stoller (1975) los celos son una experiencia de aprehensión, ansiedad, suspicacia o desconfianza ante la pérdida de algo valioso, puede ser una persona o su amor. Cuando están asociados a una pareja sexual, los celos pueden involucrar sentimientos de posesividad hacia la persona o su afecto como un objeto valioso. Generalmente aparecen ante la existencia de rivalidad con una tercera persona, aquel que padece de celos se siente atemorizado de la intrusión que ésta pueda cometer dentro de su relación amorosa.
Pao (1969, citado por Pierloot, 1988) nos dice que los celos patológicos pueden ser comprendidos como un estado yoico persistente que se instala debido a conflictos desencadenados por impulsos homosexuales y sádicos orales, incluyendo aquellos que se encuentran dentro del narcisismo y la melancolía. Esto concuerda con lo que dice Schmideberg (1953, citado por Pierloot 1988): tanto los factores orales, anales y genitales contribuyen a los sentimientos de celos.
Para Glover (1949), por ejemplo, algunos componentes de los celos pueden ser los siguientes:
La envidia: la envidia es un componente de los celos, es parte de una relación triangular y se presenta cuando la persona celosa siente que no sólo tiene que cuidarse ante la pérdida del objeto, sino que ya lo ha perdido. Si este es el caso, el rival es envidiado por poseer a la mujer o por sus habilidades de amante. Es importante mencionar que al hablar de objeto perdido este autor se refiere a un objeto parcial.
El deseo de ser como el otro, de emularlo, no está presente en los celos. Metapsicológicamente este sentimiento está conectado con la identificación y la idealización que puede estar al servicio de una función adaptativa para poder manejar el enojo o una herida narcisista.
La herida narcisista probablemente es la misma tanto en los celos como en la envidia, sin embargo, en los celos hay mayor conciencia de la culpa y de haber fallado.
Hay mayor enojo en los celos que en la envidia.
El extrañamiento por la posesión del objeto ocurre en ambos estados, pero en el caso de los celos existe también un elemento de pérdida.
Hay otros autores que piensan que la persona celosa necesita a su pareja como un objeto que le ayude a preservar su autoestima. Lagache (1947, citado por Pierloot 1988) describe el amor de una persona celosa como un amor cautivo contrastado con un amor desprendido. El primero quiere poseer y asimilar a su pareja, el deseo es insaciable y la pareja siempre es experimentada como un objeto amoroso rechazante. Introducir un rival ofrece la posibilidad de una honorable explicación para el rechazo.
Moulton (1977) afirma que los hombres que se casan con mujeres que tienen una carrera profesional estable aparecen externamente orgullosos de ellas pero de alguna manera dependen de la fuerza femenina para relevarlos de la responsabilidad de ser el que lleva a casa el sustento. Muchos hombres no son conscientes de su gran necesidad de tener una madre confiable y fuerte junto a ellos.
Esto sólo se vuelve aparente cuando la esposa se convierte en una persona muy exitosa, demasiado ocupada, ganando mucho dinero e incluso siendo una ayuda financiera para alcanzar los logros familiares. Si el esposo niega su independencia se convierte en una persona llena de celos y muy competitiva con su esposa, ella puede, entonces, sentirse que no es amada y puede usar su fuerza en contra de él en lugar de con él o a favor de la unidad familiar (Ibíd.).
Pierloot (1988) afirma que hay algunas personas que buscan constantemente la confirmación a sus sospechas de que su pareja le es infiel. Su conducta está basada en una convicción interna, independiente de cualquier posible argumento o elementos de la realidad. Hacen titánicos esfuerzos para provocar la suspicacia del otro. Atormentan a su pareja para obligarla a confesar su infidelidad. Haciendo arreglos especiales, incluso tratan de empujar a su pareja a la infidelidad. La persona parece necesitar vivir esta situación incomoda y dolorosa.
Por ello, este autor señala que los celos son un estado emocional provocado por la idea que otra persona ha tomado un objeto, como regla, un objeto amoroso, que por derecho pertenece a un individuo, o por lo menos que uno tiene que compartir ese objeto con otra persona.
Hay autores que apuntan (Fisher, 1974; Lobsenz, 1977) que los celos no tienen una función práctica ya que son considerados como una reacción poco actual que surge desde un déficit en la autoestima así como también por un inapropiado deseo de controlar la conducta de la pareja. Sin embargo, independientemente del decline de las relaciones monogámicas en nuestras sociedades contemporáneas, Mullen (1991) insiste que los celos aun tienen relevancia social y significado interpersonal ya que por lo general son una respuesta a la infidelidad, que tiene una dimensión moral.
En cuanto a las estrategias que existen para tolerar los celos con la pareja infiel Sinclair (1993) considera que hay tres áreas básicas para analizar:
1. El sentimiento ambivalente hacia la pareja infiel que toma la forma de hostilidad ante la ruptura; hacer todo lo posible para una reconciliación independientemente del precio a pagar (falta de confianza a futuro, dudas sobre la integridad de la pareja, honestidad etc.); o investigar con el cónyuge qué fue lo/la que lo/la atrajo al otro (a) para así encontrar una posibilidad de recuperación de la pareja.
2. La rivalidad con el/la amante a través de: fantasías sexuales; agresión con el/la amante; intercambio de información entre la pareja fiel con el/la amante para así revisar la validez de sus interpretaciones de la realidad de la situación y protegerse de la manipulación del infiel (aunque estos encuentros son excesivamente dolorosos para ambas partes).
3. La compensación sexual con un cuarto; es decir, para la recuperación de la autoestima la pareja fiel busca un substituto que puede ser con la intención de provocar celos, una cuarta persona con quien negociar, encontrar a alguien con el que pueda hacer alianza repitiendo así la conducta de la pareja infiel.
Melanie Klein en 1934, cuando describe la posición depresiva, dice que el bebé comienza a darse cuenta de que él está separado de la madre. Se confronta con su inferioridad y el sentimiento de envidia hacia la madre y tiene que enfrentar la frustración, la culpa y la ansiedad ante la pérdida de la madre. Para mantenerse en una posición narcisista, indiferenciada, ataca sus objetos internos lo que lo deja sumido en un mundo sin amor, que irá recuperando con los actos amorosos maternos.
Ver al hermano/a menor pegado al pecho de la madre es un factor que se encuentra conectando la envidia y los celos con el erotismo oral. Melanie Klein (“Envidia y Gratitud”, 1957) le da a la envidia un lugar central en el desarrollo de la personalidad, mismas que derivan de la descripción de Abraham sobre la fase oral.
La envidia para Klein (Ibíd.) es operativa desde el inicio de la vida con la existencia de la envidia primaria al pecho de la madre basada en la idea de que el bebé siente que el pecho posee todo lo que él desea, que la leche y el amor que posee son ilimitados para su propia gratificación, incluso ya que él está bien alimentado.
La actitud del bebé hacia el pecho incluye el deseo de poseerlo ya que es la fuente de todo lo bueno, pero también para atacarlo sádicamente, devorar sus contenidos o echarlos a perder poniendo heces y orina en él. La parte destructiva de la envidia es crucial en la formulación de la teoría de Klein, sin embargo, es preciso diferenciarla del sentimiento de voracidad ya que éste tiene que ver con devorar e incorporar los contenidos del pecho, sin que necesariamente lo destruya. En la incorporación la destrucción es accidental, en la envidia es primordial, incorpora, pero no destruye ni aniquila como en la envidia. Cuando el objeto envidiado es dañado y no puede ser recibido puede resultar en un estado de privación que se convierte en voracidad.
Asimismo, Klein afirma que la excesiva envidia en la persona puede traer consecuencias profundas en el desarrollo de la personalidad. Disminuye la capacidad de goce de la persona e interfiere en la neutralización de los impulsos agresivos. También puede estar asociada a un temprano sentimiento de culpa que se convierte en un círculo vicioso de envidia, culpa sobre envidia, inhibición de la gratificación por la culpa, voracidad/culpa, entre otras cosas. Como otra manera de comprensión de la infidelidad, Klein aporta la noción de que un sentimiento de culpa temprano en el bebé con la madre puede llevar rápidamente de la oralidad a una genitalidad prematura, llevando a la masturbación obsesiva y la promiscuidad.
Pierloot (1988), por su parte, citando a Riviere, dice que ella considera los celos enfermos como un mecanismo de defensa en contra de los impulsos envidiosos, esto corresponde a la concepción de Klein (1957) sobre el desarrollo del niño. La envidia se dirige primero al objeto primario, el pecho de la madre. En la primera etapa del complejo de Edipo se dirige hacía la pareja combinada, basadas en las fantasías del cuerpo de la madre habitado por los objetos parciales pecho, pene y bebés. Los celos hasta cierto sentido sobrepasan la envidia, los sentimientos hostiles están dirigidos en contra del rival para que pueda ser preservado el objeto amoroso.
Stoller (1975) considera a los celos como un fenómeno que supone mayor madurez que la envidia porque está relacionado con la complejidad de la relación triangular con los objetos. Es un sentimiento más complejo que puede incluir a la envidia como una forma de celos. Los celos invariablemente involucran a tres o más personas. La confusión que existe entre la distinción de celos y de envidia puede ser clarificada en el siguiente concepto:

“…los celos tienen su raíz en la envidia, la envidia siempre está presente en los celos, los celos pueden esconder envidia o la envidia esconder a los celos. Esta distinción, es básica para afrontar las dificultades técnicas que pueden suscitar al interpretar contenidos preedípicos o edípicos dentro del tratamiento psicoanalítico” (p.83)

En los celos, dice Glover (1949), existen dos componentes que no se encuentran en la envidia:
a) Hay una homosexualidad inconsciente, lo que provoca una fuerte tensión. En una relación de pareja existe un impulso homosexual y otro heterosexual, sin embargo, el primero es inconsciente.
b) Suspicacia, esta es una característica paranoide de las personas celosas. Esta no es un estado afectivo sino la consecuencia provocada por defensas tales como proyección, identificación proyectiva, externalización de sentimientos libidinales o agresivos.
Una pareja en una relación amorosa satisfactoria reta a la envidia y al resentimiento siempre presente en aquellos que se encuentran excluidos y aquellas agencias reguladoras y desconfiadas de la cultura convencional en la cual viven. (Kernberg, 1988).

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Personalidad adhesiva y parte psicótica de la personalidad. Mi experiencia emocional con Alejandra

mayo 2, 2018 by eva@marc

El impacto emocional de las separaciones y sus equivalentes llevaron a Alejandra a buscar tratamiento psicoanalítico hace seis años. En ella, provocan angustia de aniquilación. Terror sin nombre (Bion, 1962).
Cuando Alejandra está acostada en el diván y me abruma con sus palabras que salen como proyectiles de su boca, en mil direcciones, a pedazos, a una velocidad que aunque quisiera atraparlas en una hoja sería imposible, que ni grabarlas ayudaría a transcribirlas, ya no es importante precisar el origen de su desamor[ Uso predominante de la identificación proyectiva para evacuar todo lo que no puede tolerar.] Y es que no solo son muchas palabras, sino que salen atropelladamente de su boca, mostrándome su voracidad; se siente cómo persiguen, huelen a angustia, a muerte, a desolación. Mientras Alejandra habla, a veces escucho solo ruido; otras, trato de entender lo que no dicen. Pero siempre las dejo correr. Ella necesita sacarlas. Viene a terapia para dejarme esa parte de ella intolerable, pienso que si no hubiera quien la acompañara se ahogaría entre tantas letras.
Alejandra nació tres años después que su única hermana, de un padre ausente y adicto al trabajo y una mamá “de revista”, obsesiva de la limpieza y las apariencias. Alejandra fue amamantada por muy poco tiempo porque los pezones de su madre estaban muy agrietados, su madre le contó que en su boquita había más sangre que leche.
La mamá le cuenta que desde que nació parecía alerta y vigilante de ella; tenía que salirse de puntitas de su recámara porque escucharla salir le despertaba el llanto. Desde que puede recordar vincula las separaciones a ceremoniales cuidadosamente preparados para conjurar la salud y el bienestar de su madre.
Alrededor de los doce años, su mamá comenzó a preocuparse porque era la más bajita de su clase y la llevó con el pediatra, quien, al revisarla y mirarle los pechos, le dice que hay algo malo en ellos. Alejandra no puede precisar qué era lo que estaba mal, pero recuerda que en varias ocasiones estuvo con este médico, quien insistentemente le tocaba los pechos y observaba el crecimiento de su vello púbico, mientras su madre aguardaba en la sala de espera. Desde entonces, vive y piensa a su cuerpo mal hecho, dañado, estéril. La dificultad para distinguir sus emociones de la realidad externa la llevan constantemente a compararse con otros, a imitarlos, a observarlos y hasta a espiarlos, frenéticamente necesita saber qué está bien y qué está mal, qué es normal y qué no.
Su historia, como su discurso durante las sesiones, es confusa, turbulenta y dolorosa. Muy pronto uno se puede dar cuenta que la vida fantasmática de Alejandra es persecutoria y arrolladora.
Cuando puedo pensar mientras habla, este es el libreto que imagino. Esta es la fotografía que construyo en mi mente que intenta contener tanta desesperación: un pecho agrietado, roto, y una boquita que gotea sangre y leche.
Entonces me detengo y pienso. Puede ser que la envidia sea innata y puede ser que se movilizó por la experiencia temprana entre Alejandra bebé y su madre. No sé. Cuesta trabajo pensar en esos términos. Pero cuando pienso en Alejandra fuera de la sesión analítica me pregunto ¿cómo se construye el pensamiento cuando la más cruel fantasía se vuelve realidad? ¿¡Cómo!? Si hubiera podido hablar Alejandra recién nacida, ¿diría lo que yo me digo cuando pienso?: “feo pecho que no vienes cuando tengo hambre. ¡Ojala te mueras!” Entonces llega el pecho y está roto. “Asustada y a gritos me pregunto ¿qué he hecho? ¿Está bien o está mal sentir lo que siento?”
Sigue la fotografía: la madre acerca el pecho a la boca de Alejandra, pero el dolor que siente cuando ella aprieta su pezón la lleva a retirar el pecho instintivamente. “¿Qué he hecho?”, se pregunta Alejandra desesperada, “¿Qué he hecho?” que mi mamá se retira, se separa. “¿La dañé o me dañó? Tengo hambre y sueño, me duelen muchas partes de mi cuerpo, debe de ser porque la lastimé, me dio mi merecido. “¿Y ahora cómo la retengo a mi lado? Sin ella me muero. Pruebo de todo, primero digo NO PASA NADA mil veces, luego rezo, aviento veinte besos, pongo la puerta de cierta manera, dejo todo quieto y en orden, que nada moleste a mamá. Eso no sirve. Mamá se fue de mi cuarto, me dejó con la nana. Me enojo. Grito rabiosa ¡que se muera! Pero entonces me enfermo”.
Era claro para mí que una madre en esas condiciones, con una hija mayor que cuidar, un marido ausente, con sus sueños profesionales detenidos, no pudo transformar el hambre de Alejandra en satisfacción, el terror en tranquilidad. El pecho ofrece amor, calidez, regocijo, pero cuando esto maravilloso que ofrece se ve obstruido por el temor a la propia agresión, la mente del lactante se divide (splitting forzado, Bion, 1980). Pecho ensangrentado: terror sin nombre. Ese es el libreto con el que construyo la parte psicótica de la personalidad de Alejandra. Mientras ella habla yo sueño (reverie), y en esa ensoñación solo puedo ver el terror, la rabia, las defensas obsesivas, las ansiedades persecutorias desplegadas con toda su intensidad en la situación analítica.
Bion me dice con la voz de sus libros que la mente de Alejandra está poblada por objetos malos, destruidos, que se convierten en pensamientos catastróficos, a veces en objetos bizarros: enfermedades, muertes, accidentes; que no ceden aunque ella diga mil veces NO PASA NADA (-K). No pasa nada es un intento por desconocer la realidad, es una forma de atacar su capacidad para pensar y conocer porque el mundo externo y los sentimientos que le despiertan le parecen intolerables. Para Alejandra la preconcepción del pecho que tardaba en llegar se convirtió en una realidad terrorífica, generando caos, violencia, confusión y terror a vivir en un mundo vacío y sin mamá. “Mamá me acerca el pecho, me lo quita, sangra. Mamá desaparece”. Alejandra se siente responsable del daño, ataca el vínculo quedando fragmentada su personalidad y su mundo externo (Bion, 1963).
Así como ahora he escrito este trabajo tantas veces, escribí la historia de Alejandra. La escribí y reescribí para pensarla. Durante la primera parte del tratamiento necesitaba poder comprender algo entre todo lo que me decía y lo que no me decía. Le interpretaba, le señalaba, la confrontaba, me callaba, me dormía, me agotaba. Pasaban los años y pasaban cosas. Alejandra se mudó de casa de sus padres, se sumió en alcohol, bajó diez kilos, se casó, dejó el alcohol, cambió de amigas, dejó su vida profesional. Dejó, es la palabra clave de la historia de Alejandra: dejar, separar lo más temido, lo más deseado. Encontró que solo pegada podía preservar la fantasía de “ser”, pero como pensamiento mágico se esfuma y se vuelve angustia y falta. La cercanía con ese objeto-pecho dañado provoca terror sin nombre y la distancia con él, también. Con él me muero, sin él también. ¿Cómo reescribir la historia para que haya encuentro y tolerar el desencuentro?
Alejandra estaba adherida a su mamá, a Juan, al alcohol, a mí. Cuando se necesita al objeto como un receptáculo para que el sujeto pueda poner sus identificaciones, es decir, cuando la mente funciona en identificación adhesiva[ Es una forma de identificación narcisista, superficial, voluble, vacía, sin consistencia ni profundidad. El sujeto se pega al objeto y obtiene su precaria identificación.], no hay nada que quepa entre los que están pegados. Así me sentía yo, como que nada de lo que dijera pudiera penetrar en la mente de Alejandra. En esta relación bidimensional, entre Alejandra y su madre (y todas las figuras importantes que representan a la madre), no se le permitió la entrada a un tercero: al padre que hiciera posible el acceso a la tridimensionalidad (Meltzer, 1975). Al principio intenté “penetrarla” violentamente, le hice interpretaciones precipitadas, le prohibí que pusiera su vida física y emocional en peligro, estaba desesperada porque algo se movilizara dentro de ella. Fue hasta que pude comprender que Alejandra necesitaba seguir evacuando los contenidos de su mente que me convierto en un continente para ella. Así fuimos ingresando a la segunda parte del tratamiento oscilando entre la posición esquizo-paranoide y depresiva.
Nos cambiamos juntas de consultorio al final de la primera etapa del proceso analítico. Cuando le avisé de ese movimiento lloró, ya se había encariñado con todo, el espacio, la colonia, los vigilantes, todo. El cambio lo recibió con mucha envidia. Se reactivó la transferencia negativa. Finalmente me había convertido en su madre de revista. Desconfiaba en que pudiera ayudarla, temía que me hartara de su discurso y la dejara, empezó a vigilarme de la misma manera que aprendió desde muy pequeña a vigilar a su madre para que no se fuera de casa sin su consentimiento. Su mirada cambió. Era distinta cuando llegaba y se iba. Entraba escéptica, cautelosa. Intuía a la perfección la duración de la sesión pues dejaba de hablar unos minutos antes de separarnos como para amortiguar el golpe. Cuando nos separábamos por vacaciones, estaba muy alerta de cómo me despedía y cómo la recibía de regreso. Cuando más enojada estaba conmigo porque tomaba vacaciones, peor se ponía. Era como si quisiera que no disfrutara mis vacaciones, como si dijera: “ah… ¿te vas? Está bien, pero te irás preocupada por mí, porque me desbordaré, mis palabras se convertirán de nuevo en proyectiles, tú no podrás pensar y yo, me voy a enfermar”. Alejandra me confesó una vez que al salir de las sesiones intentaba escribir mis interpretaciones, pero a veces al cruzar la puerta de mi consultorio las olvidaba. Eso era el efecto del amor convertido en sadismo y del odio a la realidad interna y externa. “Paciencia”, me decía. “Paciencia”. La envidia y la rivalidad se evidencian también en la transferencia negativa. La coloca en otros pacientes, en mi forma de arreglarme, en mi manera de pensar. En ella se convierte en una necesidad en ser de revista: “el ansia de amor permanece insatisfecha y se convierte en una excesiva y mal dirigida voracidad” (Bion, 1980)[ Bion, W. (1980) Aprendiendo de la experiencia. Buenos Aires: Paidós. Pág. 38.].
Primero entendí yo el efecto que tenía en Alejandra las separaciones. Después lo comprendió ella. En muchas ocasiones intenté cambiar mi estilo de interpretarle. Ella sentía mi esfuerzo, me regalaba recuerdos, me confesaba su cariño diciéndome lo mal que se sentía frente a nuestras separaciones. Otras veces me ofrendaba su rabia, se enojaba, repelaba, me decía de distintas maneras que no le ayudaba en nada. Alejandra se desespera, a ella no le alcanza su pensamiento mágico, a mí me sobra impotencia.
Tenía que empezar a pensar en ella desde otro lugar, tenía que encontrar en la mente de Alejandra una parte que nos ayudara a pegar los pedacitos de su personalidad. Al colocarme en otro lugar para pensar a Alejandra surgió la fotografía de la segunda etapa de tratamiento: Alejandra al año y medio de edad, que frente al terror y al desconsuelo de no encontrar continente se decía a sí misma, no pasa nada, no pasa nada, no pasa nada, igual como lo hace hasta la fecha cuando la desborda la angustia. Se persignaba, aventaba veinte besos, abría y cerraba la puerta para poder entregarse al sueño, pero tan pronto cerraba sus ojos se encontraba con la angustia y el pensamiento mágico: no pasa nada, no pasa nada, no pasa nada…pensamiento omnipotente que tarde o temprano se estrellaba con la realidad. A Alejandra le pasaban cosas. Muchas cosas. Pero ahora, a seis años de tratamiento, Alejandra se va a casa pensando en mis palabras, regresa a sesión retomando mis interpretaciones, accede a ellas cuando está angustiada de igual manera que un niño toma su cobija para calmarse cuando mami no está[ Objeto transicional de Winnicott]. Muestra gratitud con el tratamiento por atemperar su angustia y hacia mí, por ser sensible y flexible con los honorarios.
Alejandra todavía no puede del todo pensar, el pensamiento omnipotente continua, siente que sus fantasías matricidas se pueden cumplir. Tal vez piense que se le pueden cumplir como se le cumplió romper el pecho de mamá cuando no llegó a tiempo a su llamado. Las ansiedades catastróficas están, pero ya puede nombrarlas mejor, darse cuenta que son “estúpidas” pero que igual las piensa. Puede hacer el amor con ternura, pero todavía sin pasión. Puede tocar su cuerpo desnudo sin sentirlo roto. Puede ir al médico y confiar.
La experiencia emocional entre nosotras dio cuenta que podíamos tolerar el silencio entre nosotras. Me dejaba entrar a su estrecho mundo. Se fueron apaciguando las palabras y algo ha cambiado. ¿Habrán sido las reconstrucciones de esa historia que ensoñé (reverie) para pensar lo que le pasaba? O ¿fue la constancia de nuestros encuentros? O ¿fue el interés que por lo general muestro al escucharla? Con pacientes como Alejandra pueden ser todos estos puntos, o pueden ser más o menos, lo que me doy cuenta es que está más cerca. Me doy cuenta que al escucharla intento contener sus palabras, sus emociones. Que las junto, las pego, las ordeno en el tiempo y el espacio y se las devuelvo. Estamos tejiendo juntas, pero ya no una telaraña. Nuestro trabajo ha sido y sigue siendo una experiencia emocional para la cual no estaba preparada, le agradezco por ello a Alejandra, porque ella también me tuvo paciencia y se conformó con mi escucha atenta y mi deseo auténtico de ayudarle.
En la actualidad el tratamiento de Alejandra transita en un ir y salir de estados de desorganización y angustia. Ha habido avances, pero no son sólidos. La pulsión de muerte se ha ido ensamblando con la vida. Se ha ido reformando su aparato para pensar pensamientos (Bion, 1957). Cuando está mejor dejamos (su hermana, yo, sus amigas…) de ser objeto de su envidia y rivalidad, puede expresar su ternura y demandar menos de sus objetos. Controla su ingesta de alcohol, cuida su cuerpo haciendo ejercicio y comiendo mejor. Prefiere estar en casa con su marido que tomando en un bar. Puede hablar con menos culpa sobre el enojo a su madre, entender los elementos bondadosos actuales de ella y diferenciarla de la madre dañada y dañina que introyectó. Comienza hablar de su miedo a ser una madre como su madre. Sin embargo, toca estados de diferenciación y regresa al uso de la identificación proyectiva como forma de descarga.
Pienso que el tratamiento con pacientes con personalidad adhesiva (imitadores, que viven superficialmente, que se pegan a otras personas, que cambian su forma de ser dependiendo de los objetos con los que están, que se comparan permanentemente con los otros para copiarlos (Meltzer, 1975) es central permitir la idealización; entender que uno no puede usar la violencia para separarlos, ni para evitar que sean maltratados por la persona a la que están adheridos, pues mientras más nos aferramos a separarlos más se aferrarán al objeto adherido. Hay que dedicarse a tejer una red que contenga para poder penetrar con una violencia mínima que le permita voltear hacia dentro de sí misma y reflexionar. Por ello la supervisión es muy valiosa, me permitió ver para poderle mostrar a Alejandra. En la actualidad Alejandra oscila entre la posición esquizo-paranoide y depresiva; ya no es una adhesión lo que existe solamente entre nosotras. Estamos construyendo una relación que se manifiesta en el uso del silencio, que antes era vivido como algo persecutorio e intolerable y que explicaba la adhesión a mis palabras. Ahora ese silencio entre nosotras tiene aroma de integración.
Pienso que el trabajo que nos espera juntas sigue siendo arduo. Las características de una parte psicótica de la personalidad: la angustia de aniquilación (terror sin nombre), el dominio de la pulsión de muerte: el amor convertido en sadismo; el odio a la realidad interna y externa y el establecimiento de una transferencia frágil, tenaz y prematura, aparecen constantemente en la atmósfera terapéutica. Hay sesiones que salgo con miedo frente a la amenaza de que interrumpa el tratamiento; o agotada de contenerla y tolerar sus embates evacuativos; o con gratitud hacia ella por tolerar mis cambios de estrategia de interpretación, por tolerar mi propio crecimiento como analista, por darme la oportunidad de seguir trabajando juntas. Movilizada frente a mis dificultades de contenerla que me llevan a actuar ofreciéndole palabras que llenan un vacío que ya está lleno, saturado.
Nos tomará tiempo integrar la parte psicótica de su personalidad. Estoy consciente que en este proceso se pone a prueba mi capacidad para contenerla y facilitar que su pensamiento se transforme. Mientras tanto, nos encontramos transitando de ida y vuelta por la misma senda, intentando que cada recorrido nos lleve a otras profundidades.
Estoy aprendiendo de la experiencia y estoy consciente que aquí pongo el punto, pero no es el final.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
1.BION, W.R. (1957): Volviendo a pensar. Argentina: Hormé, 1996.
2.BION, W.R. (1962): Aprendiendo de la experiencia. Buenos Aires: Paidós, 1980.
3.FREUD, S. (1909): A propósito de un caso de neurosis obsesiva (el “Hombre de las Ratas”) En: Obras completas. Tomo X. Argentina: Amorrortu editores, 1976, pp. 119-263.
4.FREUD, S. (1911) Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico. En: Obras completas. Tomo XII. Argentina: Amorrortu editores, 1976, pp. 217-232.
5.FREUD, S. (1914): Introducción del narcisismo. En: Obras completas. Tomo XIV. Argentina: Amorrortu editores, 1976, pp. 65-98.
6.FREUD, S. (1926): Inhibición, síntoma y angustia.. En: Obras completas. Tomo XX. Argentina: Amorrortu editores, 1976, pp. 71-164.
7.KLEIN, M. (1935): Contribución a la psicogénesis de los estados maniaco depresivos. En Obras completas, Tomo 3. Buenos Aires: Paidós, 1988, Tomo 1, pp. 267-295.
8.KLEIN, M. (1946): Notas sobre algunos mecanismos esquizoides. En Obras completas. Tomo 3. Buenos Aires: Paidós, 1988, pp. 10-33.
9.MELTZER, D. (1975): Adhesive Identification. Contemp. Psychoanal.11:289-310.
10.MELTZER, D. (1967): El Proceso Psicoanalítico. Buenos Aires: Lumen-Hormé. 1996.
11.Racker, H. (1967): Estudios sobre técnica psicoanalítica. Buenos Aires: Paidós. 1990.

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Fragmento del análisis de una niña de 7 años

mayo 2, 2018 by eva@marc

P es una niña de 7 años, traída por su madre a consulta debido a sus intensos sentimientos de posesividad. La madre es una mujer fóbica, presenta fuertes miedos a los truenos, a los terremotos y “a muchas cosas más”. Describe a su hija como una niña temerosa de que a ella le pase algo, lo que se traduce en un control absoluto de la niña por mantenerse junto a su madre. La madre se siente constantemente vigilada por P, quien no le permite ir a trabajar, fumar, hablar por teléfono, dormir o bañarse sin que ella esté presente. La madre está “desesperada” porque siente que su hija está “muy mal”, no tiene amigas, no juega, solo ve la televisión o el reloj para ver a qué hora llega su madre y cuando está en el trabajo, le habla cada 15 minutos para ver qué hace y a qué hora llega a casa. La madre tiene que pedirle permiso para salir y llegar a acuerdos con P para que la deje ir a trabajar sola, esto lo hace solo dos veces por semana porque el resto la “tiene” que llevar con ella, si no es así, P monta en cólera y hace tremendos berrinches que la mamá no puede soportar porque la invade la culpa de pensar que trabaja mucho y no está el suficiente tiempo con la niña.

Durante las entrevistas, P se muestra platicadora, ella sabe que está “enferma” porque se pone muy “nerviosa” cuando su mamá se va y ya no quiere sentir eso. No toma ningún juguete del consultorio, prefiere platicar, dice que no le gustan los juguetes que hay en el cuarto y que se le olvidó traer su computadora y sus pokemones de la casa. Su actitud es el de una niña agrandada. Yo le hago preguntas, ella se muestra cooperadora y me habla del motivo de consulta repitiendo el discurso de la madre con exactitud sorprendente. Le pregunto si recuerda sus sueños, me dice que no, pero a la entrevista siguiente, llega emocionada y me dice que se acordó de dos sueños….. ¿regalos para la analista?…..¿podemos hablar de una transferencia intempestiva, abrupta o es solo su deseo de ponerse en el mismo nivel de la analista…dos pares hablando de cosas conocidas?
Primer sueño:
“Raulito, (su primo), está en mi coche y le digo, ¡hazte para allá!, ¡hazte para allá!. Raulito estaba dormido y Danielito estaba allí, yo le decía déjame, déjame, porque me aventaba la pelota. Yo era la porrista del equipo, igual que Rebeca y votaba por los Lakers”. Raulito es su primo que tiene diez años, es hijo de Lourdes la hermana de su mamá (trabaja con la madre en la empresa familiar de la cual es directora la madre) Danielito también es su primo y tiene 8 años (es hijo del hermano de la madre que trabaja en la empresa familiar) y Rebeca es otra prima del lado materno, tiene 7 años y medio, es hija de Rosita que se dedica al hogar y son vecinos.

En este primer sueño podemos ver la descripción del mundo interno de P, el cuerpo de la madre-coche en donde los hermanitos aparecen muy pegoteados, no deben tocarse, no caben, se avientan cosas ¿pelotas – panzas- bebés?. ¿Serán los intensos celos de P y su deseo de ser la única, la mejor, la más deseada entre todos los hijos de mami?. Ella insiste en que no quiere que se le acerquen sus primos-hermanitos, que la dejen. En el sueño ella es como Rebeca, identificada con ella aparece como la preferida de mami entre todos los bebés-hermanitos en el útero-coche. ¿Será el mundo interno de P un mundo maníaco-porrista, poseedor de un equipo omnipotente ganador como los Lakers?.

P, al parecer se encuentra en un tempo porrista-maníaco y más que ahondar sobre el sueño anterior me cuenta el siguiente :

“los empleados de mi mamá querían subirse a un poste, yo fui a ayudarlos a bajarse y entré a la casa y dijo mi mamá: ya está la cena. Había un contacto y cerca del contacto estaba el lavadero y yo me lavé las manos. Llegó Rosita y se sentó en la cama de mi mamá, mi mamá se estaba bañando. Le pregunté a Rosita que era eso que estaba tan largo y espumoso que si era jabón y lo lancé por atrás de ella”.
Dice que los empleados estaban subidos en un poste donde había cosas de metal donde ellos ponían sus pies para subir, pero no podían bajar porque había agua abajo, había mucha agua y ella tenía que poner cubetas para echar el agua al mar y aventarles una cuerda para que pudieran bajarse.

Parece que el sueño tiene dos partes, en la primera están los hermanitos-bebés-empleados de mami en su panza con el poste-pene del padre. Esto ¿provocará en P un odio intenso que la lleve a llenar con orines y atraparlos en ellos?, como Klein diría hace una inundación uretral, sádica, como un ataque posesivo al cuerpo de la madre. Los elementos del sueño, el poste con los empleados -bebés que no pueden bajarse porque están inundados de orines, producto del odio, como un ataque posesivo a ellos que están dentro de la panza de mami con el pene-poste de papi. P poseedora de un poder fálico que avienta la cuerda para salvarlos: ¿estaremos viendo una parte omnipotente de P en donde ella es la única que puede salvarlos del ataque sádico que provocó?…¿o algún asomo de culpa en P provocada por el temor a la retaliación por sus deseos destructivos, agresivos a los hermanitos-empleados?.
En la segunda parte hay tres elementos que nos pueden hablar de la escena primaria en la mente de P. Rosita en la cama como una figura combinada con el pene-jabón-espumoso que ella avienta y sale por atrás de la escena, la madre bañándose y P en la cama con R. P metida en la escena primaria, agarrando el jabón–pene y lanzándolo atrás de ella, ¿será la fantasía de un coito con la madre?, ¿un coito atergo?

Klein sostiene que las fantasías de destrucción por inundación, el ataque esfintereano, como apareciera en el sueño, tienen que ver con una reacción sádica y posesiva ante los sentimientos de privación de alimento y van dirigidos hacia la madre[ Klein, M. (1932). “Primeros estadios del Conflicto de Edipo y de la formación del Superyo”. En Psicoanálisis de Niños. Buenos Aires: Piados. 1987.]. La historia de P es de abandono, al cumplir dos meses, su mamá la deja al cuidado de una mujer de 76 años, la tía abuela que cuidó de ella cuando, a su vez, fue abandonada por su madre. Estas fantasías sádicas uretrales tienen que ver, nos dice la autora, con adjudicarle al pene un significado inconsciente de crueldad. Fantasías que más tarde se evidenciarán en el juego.

Me cuenta que a ella no le gusta que su papi llegue antes a casa que mami, eso la preocupa, la pone nerviosa porque él le grita mucho, es muy enojón y prefiere que mami llegue antes que él. Por eso no le gusta que mami se vaya sin ella a la tienda, teme que su padre llegue antes. Al parecer P tiene envidia del pene de papi así como miedo ante este pene cruel, ella intenta destruirlo y por eso tiene ansiedades persecutorias puestas en papi. Los padres de P duermen separados y la madre cuenta que no sabe cómo un día apareció P en su cama y así cambió su cuarto infantil por la cama materna. Esto ha de ser vivido por P como un triunfo maniaco sobre la escena primaria. De manera que ella ha ocupado el lugar del padre en su fantasía y en la realidad porque la madre lo ha permitido. Esto le provoca grandes ansiedades persecutorias a P, por temor a la retaliación por el deseo homicida hacia el padre y el robo de la madre, que se traduce en la realidad como miedo a que le pase algo a su madre y miedo de que su padre le haga algo a ella.

La ansiedad, afirma Klein, puede ser provocada por los impulsos destructivos de P que opera proyectando su temor sobre el objeto externo, sobre el cual se dirigen sus sentimientos sádicos como origen del peligro. El odio es proyectado en diversos objetos, a veces es papi-gritón, otras su hermano-pegalón, otras una empleada de mami “gorda y asquerosa”.

P ha jugado durante sesión en pocas ocasiones, el último juego es el siguiente: toma una tabla de lego y la llena de piezas, mientras dice hay que llenarla toda (como en el sueño, llenarla toda de orines), que no quede ningún espacio libre. Cuando le interpreto que la tabla representa, a mami que hay que llenarla toda (pensando en la hipótesis del ataque posesivo al cuerpo de la madre), ocuparla toda para que no se le acerquen más bebés porque si eso ocurre ella se llena de celos, asentía y contaba como ella no soportaba que mami hablara con alguien. Dice que ella vigila todo, ve todo, hasta cuando mami habla por teléfono ella está allí escondida y nadie la puede ver (un intento de controlar posesivamente a sus objetos). En ese tiempo le interpreto que ella tal vez se pregunta qué hago cuando ella no está aquí, a lo que contesta, no, yo quiero saber si soy la primera o la última paciente….(o la única?). Luego construye una torre y allí coloca un caballo que trae de su casa al que llama Luber, como el caballo de su hermano al cual teme (su hermano es doce años más grande que ella, son los únicos hijos. Hubo dos abortos antes que naciera P). abajo colocaba a otros dos caballos y a tres muñequitos de lego, separados entre sí y viendo hacia lugares distintos, sin contacto”. Luber, afirma P, es un caballo muy fuerte, poderoso, grande, tumba a todas las personas que quieren subirse en él, es más fuerte que los humanos, es el jefe. Los muñequitos son humanos que no pueden hablar ni moverse ni nada, solo trabajar porque si no lo hacen el jefe se enoja y los corre. Ellos trabajan construyendo cosas, subiendo ladrillos y poniéndolos en la plataforma.
Viene a consulta tres veces a la semana, solo en alguna de ellas, generalmente la tercera de la semana abría su caja. Las ultimas semanas fue disminuyendo su discurso, cuando hablaba era para decir cómo iba a vengarse de una empleada de mami que al parecer es su asistente personal, cómo iba a hacerle para ir a su casa de noche y asustarla, se pondría una sábana blanca y con la ayuda de sus amigos irían todos a asustarla. Otras veces, hablaba de vengarse de su hermano porque él le pega y “ella es más chiquita”, entonces iba a esconderle el cambiador de la televisión para que no pudiera jugar nintendo, otras veces esperaba que él perdiera la competencia de caballos, que se cayera del caballo y se rompiera algún hueso terminando en el hospital, otras veces su discurso era sobre cómo iba a vengarse de sus amigos porque nadie quiere jugar con ella, lo que pasa es que ella “saca puros dieses y ellos le tienen envidia”, porque las maestras la prefieren a ella y además ella sabe hacer cosas que ellos no saben. Ella es mejor que ellos.

Durante las ultimas sesiones llega, se sienta y se queda callada los 45 minutos, mantiene contacto visual conmigo, fija e intrusivamente me sostiene la mirada, pareciera que escucha mis interpretaciones, abre los ojos o mueve el ceño. Se aguanta hasta los bostezos, como los adultos para parecer corteses. Al parecer está actuando el juego de Luber, en donde ella, como los humanos no puede moverse ni hablar porque el jefe se enoja. Tal vez ella es Luber que con el silencio controla el espacio. Este objeto peligroso, cruel y omnipotente que puede matarla si habla o se mueve es ella misma cuando habla, cuando experimenta un triunfo maníaco en donde en la fantasía logra vengarse de todos, acabar con todos, aplastarlos y controlarlos con su fuerza y su poder. O en el silencio, me vuelvo yo humana y ella intenta controlar mis intervenciones e interpretaciones. Yo le digo que ella puede sentir que algo grave puede pasar si se mueve y que tiene miedo de hacerlo, también le digo que tal vez algunas cosas que le digo pueden no gustarle y pensar que yo soy Luber y que ella teme que me enoje si habla. Intento nombrar sus ansiedades persecutorias. Klein afirma, que al interpretarlas ayudamos a calmar el dolor mental que provocan. También le digo que ella, como Luber, es el jefe que tiene el control en el silencio. Le interpreto sus celos, su enojo de que mamá llegue siempre a sesión con amigas y la deje conmigo mientras ella se va a platicar, del enojo que le provoca la exclusión. Antes cuando hacía estas interpretaciones me decía sí o no, según el caso y me corregía. Ahora está callada todo el tiempo, sin moverse. Al intentar imitar su postura pensé el esfuerzo tan grande que ella tiene que hacer para no moverse. Generalmente, mi contratransferencia es de angustia y tristeza, y a veces me vienen a la mente pensamientos persecutorios y obsesivos. Entonces le digo que cuando uno está así callado sin moverse, se pueden meter ideas en la mente que se repiten y se repiten y nos hacen sentir dolor en la panza o en alguna parte del cuerpo.
Es cierto que MK no tomaba en cuenta la contratransferencia, ahora es lo único que tengo como herramienta de comprensión del material, si bien es cierto que en la clínica uno va a ciegas, el silencio de P lo hace más evidente.

Klein sostiene que en la posición Esquizoparanoide, donde se encuentra P, es característico los mecanismos de escisión para poder tolerar el dolor mental que le provoca la exclusión, en la cual ella es perseguidora o se siente perseguida. La intrusión que siento en su mirada permite comprender el grado de ansiedad persecutoria que ella siente de sus objetos. El silencio de P puede ser visto desde muchos puntos de vista, tal vez ella me haya sentido como perseguidora, tal vez le asusta hablar sobre sus pensamientos destructivos por miedo a la retaliación, puede ser que en su fantasía maníaca piense que al no hablar de ellos los controla.

P en este primer tiempo de análisis nos ha permitido entrar al mundo de sus objetos internos, el interjuego es variado, Luber es un objeto omnisciente, terrorífico, persecutorio que “separa” a los humanos ¿como un modo de defensa frente a los celos que siente de que los humanos se junten? (P no soporta que mami hable ni esté con nadie más que con ella) ¿para atacar el vínculo analista-paciente, separándonos e irrumpiendo en la comunicación, nos paraliza? ¿para evitar quererme, protegiéndome así de su destrucción?. ¿Esta parálisis fóbica, aterradora frente al control posesivo de Luber es lo único que queda ante las fuertes ansiedades persecutorias que se viven en el interior de P?.

Mientras que este personaje cruel, celoso, omnipotente, controlador y posesivo es lo que se requiere para que los humanos podamos paralizarnos, irrumpe en el espacio analítico para romper todo vínculo, para cortar toda comunicación. Mientras que a otro nivel, comunica un estado de profundo dolor mental en P, cuando estamos frente a frente veo su mirada triste y su cansancio, debe ser agotador tener que estar aplacando de cuando en cuando a este tirano controlador.

Como todo material clínico nos puede llevar a la formulación de varias hipótesis, siguiendo a MK, los objetos dentro de la mente de P están escindidos, o son completamente buenos como mami o terriblemente malos, gritones y crueles como papi. Todo lo bueno lo tiene mamá y lo malo lo va proyectando en diversos objetos con los que se identifica y luego se convierten en persecutorios: papi, la asistente de mami, su hermano, los niños de la escuela, las amigas de mami, la analista…..etcétera.

Cuando se inició el tratamiento P tenía una transferencia positiva, la analista era vivida como un objeto bueno como mami que la iba a curar, pero ahora con las interpretaciones me ha de sentir como un objeto persecutorio, como a Luber, que puede hacerle daño porque lo que le digo es doloroso.

Frente al impacto de la exclusión, P, intenta separar a sus padres, ella ocupa el lugar del padre en la cama de mami, sufre cuando papi llega antes que mami porque la que dejan fuera es a mami y ella no quiere hacer pareja con papi, pues su escena primaria está perturbada. P ha idealizado a mami, ella tiene todo, es buena es perfecta (es una mujer obesa, llena de miedos que necesita acompañante contrafóbico para salir de casa), cuando habla de mami dice que no está ni gorda ni flaca, está perfecta.

Liberman (1981)[ Liberman et al (1981) Semiótica y psicoanálisis de niños. Buenos Aires: Amorrortu editores.] sostiene que en niños paranoicos, los personajes son extremadamente crueles y sus roles se definen según la formula rígida de perseguidor-perseguido. Al principio, yo estaba idealizada por P, iba a curarla, a quitarle la angustia, y la persecución estaba proyectada fuera de la sesión en los acompañantes de mami al consultorio. Ahora, la persecución está dentro de la sesión, si nos movemos o hablamos puede llegar Luber y matarnos. Como dice Klein, las ansiedades de la Posición Esquizoparanoide son intensas y absolutas, hay una amenaza constante vivida en P.

Es interesante observar como P llega puntual a la cita, entra directa y resuelta a sentarse alrededor de la mesa, si no la sigo voltea a buscarme, esperando que yo tome mi lugar frente a ella. Entonces da inicio el ritual de la intrusión, donde es la mirada y la parálisis las que llenan el espacio analítico……

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El paso del tiempo

mayo 2, 2018 by eva@marc

¿Es la capacidad del ser humano para la destrucción proporcional a su capacidad para vivir? ¿De dónde viene esa fuerza destructiva? ¿Es igual en todos, o es diferente?, ¿es primaria o secundaria?, ¿innata o adquirida? En este artículo intentaré resumir algunas de las formas de pensar psicoanalíticamente la destructividad, la muerte, la agresión y el sadismo y su relación con el medio ambiente.

Freud, el padre del psicoanálisis, pensó al aparato psíquico o la mente como un espacio virtual que contiene fuerzas internas inconscientes que se oponen entre sí. Las llamó, pulsiones de vida o Eros y pulsiones de Muerte.
Las pulsiones sexuales y de autoconservación, agrupadas en la pulsión de Vida o Eros, están consagradas a la obtención de placer. Ejemplos de ella son comer, defecar, hacer el amor, beber, estar limpio, besar, acariciar, soñar, imaginar. La mente, dice Freud, está diseñada para evitar el dolor y buscar el placer, es así como alcanza la homeostasis o el equilibrio. Veamos pues a las pulsiones como una fuerza biológica interna que nos lleva a reproducirnos y a sobrevivir. Mientras que la pulsión de muerte, también llamada por Freud, tendencia destructiva, se ve exigida a repetir situaciones dolorosas. Es una tendencia universal del ser humano hacia el conflicto y la desintegración. Estas excitaciones internas destructivas también llamadas masoquismo, se vuelcan hacia afuera en un segundo tiempo y se torna en sadismo.
Por lo tanto, nacemos con un masoquismo innato, que significa obtener placer de lo doloroso, eso sería lo primario. Y en un segundo tiempo, ese masoquismo se proyecta al exterior convertido en sadismo. Para Freud, como consecuencia de lo constitucional o heredado, la persona nace con cantidades particulares de esta energía pulsional. Esa diferencia de grados es lo que determina la patología y la capacidad de vivir con más o menos conflicto. Pues a más pulsión de muerte, más compulsión a la repetición y más desequilibrio emocional.
Así, para Freud el hombre nace con pulsiones de vida y de muerte. Las de vida nos llevan a enamorarnos para reproducirnos; las de muerte, se oponen a la vida, demandan su disolución y es silenciosa. Las pulsiones de vida y de muerte yacen mezcladas al interior de la psique, cuando se desmezclan pierden su carácter estabilizador. La patología es consecuencia de una mayor cantidad de fuerza destructiva en el interior del organismo.
Entender esta metáfora requiere ser pensada desde el punto de vista económico, donde una fuerza interna empuja para la satisfacción y esta puede ser destructividad o reconstrucción. Originalmente Freud describió la pulsión de muerte como una forma de compulsión a la repetición, es esta fuerza interna la que nos lleva a los seres humanos a tropezar con la misma piedra un millar de veces. Así es, nos enamoramos de personas muy similares aun cuando este haya sido el más grave error de nuestra vida. Y no en todos los casos, es porque caprichosamente queremos sufrir, sino que hay que recordar que estas fuerzas internas son inconscientes. Solo nos damos cuenta de ellas cuando pasamos por un proceso de reflexión o de psicoanálisis.
Resumiendo, las pulsiones son fuerzas internas que buscan su satisfacción, pero hay algo más allá del principio de placer que es la compulsión a la repetición. Para Freud la pulsión de muerte es clínicamente silenciosa; aunque es silenciosa en cuanto a la ansiedad y el dolor que provienen del deseo de vivir. Dolor es vida. Olvido es la muerte.
Alrededor de 1930, Melanie Klein, psicoanalista cuyas aportaciones fueron decisivas para ampliar algunos conceptos delineados por Freud, encontró muy poderoso el concepto de Pulsión de Muerte para solucionar sus grandes problemas clínicos. Tomó el concepto de Freud de Pulsión de Muerte y postuló que ésta no era silenciosa. Al contrario, para Melanie Klein, la pulsión de muerte tiene manifestaciones clínicas profundas que son muy visibles y que forman parte del superyó sádico. El superyó es por lo tanto, la manifestación innata de la pulsión de muerte operando como destructividad hacia la persona misma. Es importante afirmar que no todos los psicoanalistas estuvieron de acuerdo con esta postura clínica. Hay quienes siguen pensando que la pulsión de muerte es lo que desliga, desune, lleva a la extinción de manera silenciosa; mientras que los postkleinianos piensan que nacemos con ella, y la expresamos como una forma de auto destructividad.
Para Klein la pulsión de vida busca satisfacer sus necesidades y para ello requieren de un objeto que le ayude a este propósito. Eros busca el amor en un objeto. La pulsión de muerte, supone la fuerza para aniquilar la necesidad o la percepción de ella. Esta última se manifiesta como destructividad contra uno mismo, pero como todo lo interno doloroso es intolerable dentro de nuestra mente es mandatorio proyectarlo en los demás. De este mecanismo provienen los pensamientos paranoides del mundo lleno de gente que nos quiere dañar: un mundo amenazante y peligroso. Por supuesto que hay una salida mejor a estas pulsiones destructivas y es cuando damos cuenta de ellas, las pensamos, las toleramos y nos hacemos cargo de nuestra propia destructividad comprendiéndola y en el mejor de los casos transformándola. Un ejemplo de este caso puede ser la mujer que está enojada porque tuvo un día laboral muy frustrante y en lugar de proyectarlo, es decir, descargarlo a gritos con sus hijos o sus colegas, se detiene y toma un tiempo para reflexionar lo que le pasó en su día.
Las personas que tienen un exceso de fuerza destructiva dentro de ellos desconfían, temen, se sienten perseguidos, lastimados y víctimas de sus circunstancias. Otra forma de manifestarse es cuando el elemento destructivo se mezcla con la pulsión de vida y se convierte en rabia y agresión hacia el objeto. También se manifiesta como un elemento interno que puede amenazar y destruir la percepción de sí mismo y/o de los objetos. Todas estas manifestaciones de la pulsión de muerte son clínicamente observables.
Pero por si fuera esto poca carga que llevar mientras vivimos, en la naturaleza también podemos observar ambas fuerzas. La de vida: en el nacimiento de todos los seres vivos: la lluvia es necesaria para el crecimiento vegetal, el viento para la dispersión de las semillas y el polen, el sol es indispensable para la fotosíntesis. Pero también hay elementos que parecen ofrecernos la otra cara de la moneda: la Tierra tiembla y se desgarra, el agua en exceso anega y ahoga todo, los tornados barren con lo que encuentran a su paso; las enfermedades que azotan a todos los seres vivos. Y el enigma de la muerte, para el cual no hemos hallado ningún alivio. Todo esto nos lleva de nuevo a la fragilidad propia de los mortales.
Nacemos desvalidos creyendo que el trabajo y la cultura nos pueden salvar, pero frente a la fuerza de la naturaleza nos deja de nuevo en el mismo lugar de desamparo con el que nacemos.
El desamparo innato es tan doloroso que para sobrevivir necesitamos contrarrestarlo con fantasías y pensamientos omnipotentes que nos sirven para que nuestro YO pueda desarrollarse. El desarrollo normal va llevando al niño a darse cuenta que no es un súper héroe, que él no creo el pecho o la botella tan solo por fantasearla y que no todos sus deseos se cumplen cual mago, viene un derrumbe narcisista que le sirve para adaptarse al mundo en el que nació y conocer las limitaciones que tenemos como seres humanos. Cuando este desarrollo no sigue su curso hacia la tolerancia a la frustración, la espera y el dolor, seguimos creando fantasías en nuestra mente de un mundo inagotable de recursos, hecho para nosotros, de manera que lo que no provoca satisfacción momentánea se deshecha, no sirve. Hay muchos ejemplos de esto en la cultura posmoderna, donde la familia ya no es un valor sino una carga que supone compartir los bienes entre todos, donde una pareja es intercambiada por otra cuando se vuelve fea o no hace lo que queremos en el momento que queremos, o un joven abandona su carrera porque le parece un esfuerzo excesivo estudiar.
No obstante pasar del sentimiento de omnipotencia que nos hace inmortales e infalibles es parte del desarrollo normal del ser humano, no todas las personas alcanzan este nivel de desarrollo. De ahí que sigan destruyendo el pasto por el que caminan, matando animales sin consideración, desperdiciando agua, porque tienen la infantil certeza que nacieron como seres superiores de la Tierra y todo les está permitido. Y cual niños piensan que la naturaleza y sus favores son inagotables. A esto le aunamos la condición innata de creer que la muerte es de otros pero no de uno mismo, que nos lleva a hacer sin pensar las consecuencias.
Esto es parte de la pulsión de muerte que junto con la pulsión de vida nos arrastra a ese descuido que tenemos por lo vivo y por nosotros mismos. De ahí que pensemos que el tiempo, la vida, los recursos emocionales e intelectuales que tenemos son inagotables, se dan por hecho y el futuro es un tiempo que muchos no pueden si quiera imaginar. Mientras no asumamos nuestra inmortalidad y la importancia del cuidado a lo otro como nuestro único legado, es decir, como la herencia a las generaciones venideras, seguiremos destruyendo el mundo que nos rodea: sembrando más cemento que flores, regando más cenizas que agua.
Es un cliché imaginar lo que haríamos si fuera el último día de nuestra vida porque esa fantasía no puede ser imaginada ya que en el inconsciente la muerte no existe. Sin embargo, si al menos pudiéramos dar cuenta del paso del tiempo, del deterioro paulatino de nuestro cuerpo, de nuestras capacidades, de nuestra agilidad o agudeza, nos vincularíamos de una manera distinta con nuestros semejantes. ¿O qué es lo que ustedes piensan?

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EL DOLOR QUE HABLA POR LA PIEL

mayo 2, 2018 by eva@marc

Hablar acerca de un caso clínico es un trabajo difícil e incierto que se hace desde la asociación libre del comentador. Por ello pienso que hay que tomar lo que sigue con cautela pues no son más que meras especulaciones que fui tejiendo y destejiendo con la ayuda de mis maestros: los libros y los recuerdos.
Al leer las sesiones, me percato que el narrar sus sueños tiene para Jackie una función evacuativa, función preponderante en aquellas personas que son rebasadas por intolerables emociones que no pueden ser pensadas. La mente está diseñada para evitar sentir el dolor y para ello usa distintas estrategias inconscientes cuyo formato, se puede decir, es la fantasía inconsciente. Las maniobras que usa el aparato psíquico para evitar el displacer son variadas y su uso depende de la formación del aparato psíquico en cuestión. Como la angustia de muerte es innata necesitamos de muchos mecanismos para poder sobrevivir y continuar con el desarrollo psíquico normal. Por tanto evacuar, es decir, proyectar lo intolerable en el mundo exterior, es una manera de sobrevivir. La somatización es otra manera que usa el aparato psíquico para lidiar con experiencias traumáticas abrumadoras que se viven a muy temprana edad.
La persona nace con un aparato psíquico que filogenéticamente trae consigo ciertas características que se desarrollan a partir de las experiencias que vive con su madre y el mundo que ella le presenta. Así, este yo precario y en desarrollo, es un yo- cuerpo. Esto significa que el cuidado que la madre le ofrece así como la frustración que experimenta cuando sus impulsos no son satisfechos, se codifican en el cuerpo, pues todavía no tiene lenguaje para ligar sus experiencias.
Cuando lo traumático rebasa lo tolerable, el dolor no accede a la consciencia y altera la realidad orgánica. Lo traumático puede provenir de algo externo o de la predominancia de la pulsión de muerte o de destrucción, como le llama Klein. También sabemos que un dolor intenso y persistente desorganiza al aparato psíquico, afecta la capacidad de desear y la actividad de pensar. Una persona en este estado, retira su interés por lo externo y todo su ser se centra alrededor del dolor. Esto ha llevado a los psicoanalistas a pensar que la persona cubre con sufrimiento somático la vivencia de la angustia de desintegración vivida tempranamente.
Ahora bien, durante la primera sesión, Jackie nos proporciona una dolorosa fotografía de su estado mental cuando relata el sueño que asocia con la película de El Proyecto de la Bruja de Blair. Sirve recordar que el escenario donde ocurre este documental es un lugar oscuro, sombrío, confuso, angustiante, y, por momentos, terrorífico. Cuando Jackie me lleva con ella a esas profundidades alcanzo a comprender el angustiante dolor que vive durante el día cuando está entre sus pares y durante la noche, cuando se repite el desamparo originario que no la deja dormir.
Esta desolación que nos transmite Jackie a través de su cuerpo doliente se gestó por la falta de un ambiente suficientemente bueno, como diría Winnicott o por un exceso constitucional de pulsión de muerte, como diría Klein. O de una combinación de ambos, según Bion. El niño nace con una fuerte angustia de muerte que requiere ser tolerada y contenida por una persona que no se desorganice frente a la difícil tarea de traducción de las intensas emociones innatas. Para Jackie la piel es el órgano por el que comunica sus intramitables emociones, esto sugiere que no se tejió un puente entre lo psíquico y lo orgánico que ayudara a simbolizarlas. Consecuencia, diría Bion (1957), de una falla en la relación continente-contenido.
Lo único que conocemos es lo que Jackie nos dice en las sesiones y en sus sueños. En una sesión, nos cuenta que “necesita comprar leche y huevos”, elementos que simbolizan la pareja de padres, una madre que nutra y un padre fuerte que intervenga en la diada para romper la simbiosis entre madre e hija. Es decir, un padre con huevos, valga la expresión que usa Jackie, que la rescate de esa madre engolfante que al parecer, prolonga el estado normal de simbiosis.
La enfermedad no es algo que venga de afuera, no es un enemigo que ataca al yo, es un anuncio de una fuerza del inconsciente que salva a la persona contra peligros más graves. Eso me lleva a pensar: ¿Qué pudo ser peor para Jackie que tener dermatitis atópica? Si bien es cierto que esta pregunta es difícil de especular en este momento, será tarea de la analista tratar de ir a esas profundidades.
La enfermedad es la voz del conflicto profundo no simbolizado, por lo tanto dice Groddeck (1923), si queremos conocer a la persona enferma, tenemos que conocer las consecuencias que provoca la enfermedad. En Jackie, provocó que la mamá la engolfara con sus cuidados, mayor cercanía con su padre y su hermano, ser el centro de atención de la familia, que conocidos y desconocidos la miraran así como poder descargar su rabia en ellos haciéndolos pensar que contagiaba.
Las consecuencias que provocó la enfermedad en Jackie las podemos intuir a partir de las reacciones emocionales que tiene Marta frente a su paciente y que nos provoca mientras escuchamos el caso clínico en cuestión. En lo personal, el relato me resultó conmovedor desde el principio y me llevó a investigar sobre la enfermedad y a imaginar lo que puede significar vivir visiblemente marcado por el dolor. También imaginé el rechazo que puede provocar la cercanía con Jackie, el horror que se aviva al mirar sus escamas y en la lástima que dice la analista sentir desde su primer encuentro. Me imaginé la paradoja del deseo que despierta: de protegerla y de alejarse.
La dermatitis atópica es un padecimiento en el que se conjuntan el dolor del cuerpo y de la mente. Duele el cuerpo, duele verse en el espejo, duele el contacto con otra piel, duele mirarse y que lo miren. Y ese dolor tiene un sentido, es una advertencia que le dice al paciente no sigas viviendo como lo estás haciendo y al analista, lo convoca a buscar el sentido por sus consecuencias.
Tres años tenía Jackie cuando su cuerpo comenzó a hablar de su dolor psíquico: ¿qué había pasado en la vida de esta bebé?, ¿cuáles fueron las fantasías preconceptivas de sus padres? ¿Qué de lo traumático real o fantaseado ocurrió?
Las personas que sufren de esta enfermedad psicosomática no pueden ser acariciadas porque su piel está ya tan erotizada que el contacto duele, provoca comezón. Además esa enfermedad que está determinada por la historia afectiva de Jackie ha ido acumulando significados durante su desarrollo. En consecuencia, cuando la paciente llega a consulta es mucho lo que está asociado, ligado y vivenciado al padecimiento. El síntoma se ha convertido en una forma de ser y de relacionarse, y en un lenguaje que el analista reconoce como algo que está ahí gritando, llamando, clamando ser desenmascarado. Pareciera que el dolor de Jackie viene a decir de lo silenciado preexistente a su nacimiento.
El dolor psicosomático no puede significarse, aparece atrapado bajo la piel. Los pacientes con estos padecimientos son considerados “diferentes” en cuanto a su particular dinámica psíquica, respecto del paciente neurótico, psicótico o perverso. La hipótesis a probar es la de comprender el trastorno somático como efecto de una “construcción insuficiente” o de un “funcionamiento atípico” mental en el sujeto de la enfermedad (Marty, 1958). Pierre Marty describe la actividad de pensar y del pensamiento en este tipo de pacientes como operatorio; el supuesto es que las fantasías y procesos de pensamiento permiten integrar y tramitar tensiones pulsionales que de este modo protegen el funcionamiento orgánico.
McDougall (1980) advierte que las madres de los pacientes psicosomáticos son recordadas como poco implicadas con el dolor mental, pero involucradas ante el dolor físico del bebé. Así que, los afectos quedan a expensas de representaciones únicamente corporales, porque en el fondo existe un gran temor y la cruel expectativa de que estas angustias no serán contenidas ni mediadas por la asistencia del otro. Esta situación provoca con frecuencia que frente al dolor psíquico se somatice como único camino para ser escuchado por otros. Esto se ve claramente en la madre de la paciente cuyo vínculo se realiza a través de la intrusión al cuerpo de Jackie, al ponerle cremas, al seguir tocando y erotizando un cuerpo ya suficientemente erotizado. Esta misma autora advierte que aquellos sentimientos insoportables, deseos y necesidades que no han podido ser tramitados por el pensamiento, retornan como afectaciones en el cuerpo para poder ser escuchados. (McDougall, 1989).
De tal manera, la esperanza terapéutica reside en la transformación de las emociones somáticas -mudas, enigmáticas y muy tempranas- en experiencias verbales, ideativas y afectivamente sentidas. La madre silencia toda reacción del infante privándolo de su interioridad al no dar cabida a sus emociones. El espacio materno se transforma en expulsivo en cuanto a su función continente, es perseguidor pues su carácter privador se reviste ilusoriamente de fragilidad desmintiendo su carácter traumatizante.
Lo que le pasa a Jackie parece reflejar un estado que, podremos inferir según el relato, ha sido consecuencia de una relación continente-contenido particular (Bion, 1957). Si conceptualizamos a esta paciente desde el modelo de pensamiento de Bion (1957) podremos darnos cuenta que están presentes en Jackie el funcionamiento de la parte psicótica de la personalidad: la angustia de aniquilación (terror sin nombre); el dominio de la pulsión de muerte: el amor convertido en sadismo; el odio a la realidad interna y externa; el establecimiento de una transferencia frágil, tenaz y prematura, y cómo éstas aparecen constantemente en la atmósfera terapéutica.
Es evidente por lo que nos relata Marta que desde la primera entrevista la identificación proyectiva masiva inundó el espacio analítico. Lo sabemos por lo que nos dice la analista sobre lo que sintió desde el primer encuentro. Advertimos también el odio a la realidad interna y externa, porque cuando Jackie está contenta o triste se rasca sin parar. El amor convertido en sadismo lo vemos tanto en la transferencia como en sus vínculos, en ese deseo de estar cerca y cuando lo está, la violencia y la rabia afloran. Aunque en la historia que nos cuenta Marta no hay referencia a la angustia de aniquilación, no es difícil imaginar lo fragmentada que puede estar el psiquismo de una niña que creció y se desarrolló con dolor; la confusión que puede tener entre el dolor y el placer que conlleva la dermatitis atópica, la amalgama entre cercanía y rechazo, incluso cómo todo esto se pone en escena en el encuentro analítico.
La historia de Jackie me lleva a pensar también en el tipo de vínculo que se desarrolló entre ella y su madre. Primero Bick (1968) y después Meltzer (1975) describieron la identificación adhesiva como una forma de identificación narcisista, superficial, voluble, vacía, sin consistencia ni profundidad. Cuando la relación continente- contenido se ve entorpecida por factores internos y externos el bebé se pega al objeto y obtiene su precaria identificación. Eso fue lo que me hizo pensar cuando leía el relato de Jackie, de pequeña no quería ir a la escuela, separarse de mamá al parecer era intolerable y de adolescente, no puede estar sola, pasa de un novio a otro repitiendo el mismo modelo de relación que tuvo con su madre, “ni contigo, ni sin ti”. Me da la impresión que la mente de Jackie se encuentra tan fragmentada que necesita buscar a quien pegarse, ya que al sentirse en continuidad con el otro se siente en continuidad consigo misma; mientras que cuando su mamá o su pareja quieren separarse, su mente queda desmantelada.
Cuando se necesita al objeto como un receptáculo para que el sujeto pueda poner sus identificaciones, es decir, cuando la mente funciona en identificación adhesiva, no importan las cualidades del objeto al que se adhiere, pues su función es integrar el self del otro, mantenerlo unido para que no se fragmente. El tratamiento con estos pacientes es muy difícil pues como ya llegan adheridos a su objeto primario o su equivalente, las interpretaciones caen en el vacío puesto que no hay nada que quepa entre los que están pegados.
Estar pegada, adherida, sugiere que el funcionamiento mental de Jackie es muy precario; utiliza primordialmente la Identificación proyectiva pero es tan intensa que le cuesta diferenciar entre ella y el otro. Esto se ve en la transferencia desde el primer encuentro entre Marta y Jackie, en el que la analista se ve atrapada por el miedo, la responsabilidad y el dolor que le despierta. Es frente a la transferencia precoz y precipitada que uno se pregunta ¿de quién es el dolor? ¿de quién es la comezón?
Marty (1958) nos habla sobre las relaciones de objeto en pacientes con padecimientos psicosomáticos como el de Jacky. Su hipótesis es que su deseo primordial es acercarse lo más posible al objeto hasta quedar indiferenciado con él. Con esto consigue capturar brutalmente al objeto e identificarse con él sin límites, lo que nos lleva a pensar en la identificación adhesiva como la describe Meltzer dos décadas después. El objeto, dice nuestro autor, va ajustándose al sujeto gradualmente hasta hacer que la distancia entre ellos desaparezca. Mientras que el sujeto necesita borrar los límites entre él y el objeto en dos movimientos: primero engolfando con sus cualidades al objeto mediante la proyección y en un segundo momento, se identifica con las cualidades que proyectó en el objeto. Lo que sucede es que cuando la identificación proyectiva predomina como modo de funcionamiento de la mente, el self y el objeto se confunden (Bion, 1957).
El trabajo con este tipo de pacientes es difícil pues provocan que uno intente arrancarlos con fuerza de aquel al que están pegados; sin embargo, mientras más uno intenta despegarlos, más se pegan. Eso se percibe en el tratamiento cuando Marta nos describe cómo Jackie al pegarse al otro siente que se asfixia y al intentar separarse, se desorganiza. Mientras que la analista a su vez, vivencia momentos de enojo, fastidio y somnolencia.
La enfermedad psicosomática apela al encuentro de un intérprete que otorgue sentido al grito del cuerpo relegado que se impone con el sufrimiento producido para ser fuente de requerimientos y atención. No obstante, la reacción emocional de Marta es de sueño y enojo frente a Jackie, tal vez replicando inconscientemente la misma ausencia de contención de la madre de la paciente. Asimismo, llama mi atención la sensación de esterilidad en el pensamiento de la analista, sensación que despierta este tipo de pacientes que se resisten al cambio dado que las ganancias que le ha ofrecido la enfermedad son contundentes. Jackie parasita la mente de Marta pegándose a ella y paralizando su pensamiento.

Precisamente, el material apunta a dos momentos en el desarrollo de Jackie en los que su cuerpo grita. A los tres años y al entrar a la secundaria. La primera, se refiere a la aparición de la enfermedad que coincide con la consolidación de la identidad de género (todas las investigaciones sostienen que esto ocurre en ambos sexos a los tres años); la segunda ocurre en un momento en el que por lo general se presenta la menarca y lo que se juega es la identidad sexual. De aquí me surgieron dudas acerca de la identidad sexual de los padres, de su deseo preconceptivo acerca del género de su segundo hijo y de un atentado al cuerpo de Jackie ya sea por falta o exceso de caricias tempranas. Al parecer rascarse es una expresión compulsiva de su deseo y de la erotización de la piel. Es en el grito psicosomático de Jackie que concurre la sexualidad y el dolor. Es también la manifestación de la voracidad, ya que la comezón que se rasca pide más, como pide más de Marta y de sus objetos (que no se vaya, que se vaya, que se acerque, que no se acerque, etcétera). Esto corresponde al predominio de las pulsiones de muerte bajo la envidia con un poder de desligadura. Se sustituye el aprendizaje por la experiencia por comportamientos imitativos, no elaborativos, y el pensar por un actuar compulsivo (Bion, 1957).
Freud (1905) afirmaba que la bisexualidad estaba presente en todas las personas y encontró que el miedo a ella, es parte de la etiología de cualquier patología. Algo importante que ofreció Freud al mundo contemporáneo, fue la idea de pensar que la sexualidad existe desde el nacimiento de todos los seres humanos y el conocimiento de ella ejerce una influencia en el desarrollo emocional de su descendencia. Es decir, el niño construye su psique, entre otras cosas, influenciado por la vida sexual inconsciente de sus padres así como por el simbolismo que tiene lo femenino o lo masculino para ellos.
La niña, dice Emilce Dio Bleichmar (1985) conoce lo femenino y lo nombra usando el discurso de su madre ya que primero es la madre la que se define a sí misma e identifica a su hija como su doble. Es por eso que uno se pregunta el significado de la enfermedad de Jackie para su madre y las consecuencias que provocan en el vínculo. Llama la atención que la enfermedad aparece como un pretexto para continuar erotizando a su hija mucho después de que eso siga siendo necesario para su crecimiento. Esto me lleva a pensar también en el sentido de la ocurrencia y recurrencia del eccema tópico en dos momentos tan importantes para la construcción de su identidad, de género y sexual ¿Es la dermatitis atípica una manera inconsciente de rechazar o de vivenciar lo femenino?
Bleichmar (1985) nos advierte que la simbiosis entre madre e hija es más prolongada que en el caso del hijo varón. Para la mujer ser madre conlleva la actualización y reelaboración de su propia relación con su madre. Todas las actividades propias de la maternidad como dar vida, cuidado, satisfacer las necesidades, amamantar, etc., llevan a toda mujer a compararse con otros ejemplares de su género. La relación entre madre e hija es una relación de ser a ser, tanto si la mujer se compara con su madre u otras madres como es ella, como ella tuvo, como ella quisiera ser. De tal forma, el peligro de fusión, proyección y extensión narcisista, es mayor entre madre e hija que entre madre e hijo varón. Esto sugiere que el periodo preedípico es más prolongado en las mujeres por las dificultades que conlleva la separación.
¿Por qué la dermatitis atópica en una niña aparece en el periodo de la identidad de género? ¿Es una respuesta frente al colapso narcisista que la mujer vive ante la diferenciación? ¿Es una manera de complicidad entre madre e hija para acallar la feminidad de ambas?
En la niña la madre es un modelo, un ideal al que hay que aspirar y para ello se fusiona, se confunde, y esto le pasa a la madre también, pues como dice Bleichmar (1985) las madres de hijas mujeres tienden a no experimentar a sus hijas como separadas y diferentes de ellas. De ahí que para la mamá de Jackie aparezca como algo tan natural acariciar su cuerpo con ungüentos hasta la adolescencia tardía. Es en esta confusión que se perpetúa la identificación adhesiva y la dificultad de separarse porque eso implicaría perderlo todo.
La niña busca el cuerpo de la madre para ser acariciada y calmada, es en ese contacto cotidiano e íntimo en el que se ofrecen los cuidados maternos que la niña siente excitación. No sabemos qué pasó en la relación temprana entre Jackie y su madre que la piel quedó erigida como la zona erógena princeps, aunque es posible, como dice Bleichmar (1985) que independientemente de la zona que se instituya las contracciones musculares reflejas responsables del goce orgástico transcurren en la vagina, aunque no haya conocimiento consciente de esto. Esto nos ayudaría a entender por qué el segundo importante brote de dermatitis atópica ocurre durante la entrada de Jackie a la vida sexual adulta. Es como si mediante la piel intentara perpetuar la relación erotizada temprana con su madre.
Como se puede ver, es mucho lo que podemos seguir especulando y pensando acerca de la construcción del psiquismo en la paciente. Sin embargo, me gustaría terminar esta reflexión apuntando al último sueño que Marta nos cuenta de Jackie:
Voy en la calle con mis papás, y veo a Pedro….pero está borracho, entonces le digo a mis papás que se paren, que me quiero bajar del coche, y me dicen que no, que me dejan en la casa, que tome el chevy y que lo vaya a ver, pero resulta que yo no sé manejar, nunca he manejado un coche, me subo al coche y voy muy despacito, avanzando de poquito en poquito, estoy en la avenida por donde vive, y hay mucho tráfico y a la vez no hay nada de tráfico, me tardaba en llegar..(pero) llego y Pedro no estaba, estaba desaparecido, y entonces me empiezo a preguntar, dónde andará, dónde lo busco… Pedro y yo éramos novios, iba a mi casa muy seguido, yo le decía “sube a mi casa a verme” y él subía, me abrazaba y nos besábamos, …
Al parecer Jackie ha percibido un cambio de mirada en Marta, en lugar de veinticinco minutos tarde, llega cinco. Me pregunto si el cambio coincidió con la supervisión o la preparación de este trabajo para las jornadas, en el que Jackie iba a ser mirada por todos nosotros. Donde su sufrimiento iba a tener eco y su dolor iba a ser contenido. No lo sé, mas, Jackie nos ofrece este sueño revelador de la transferencia y es como si dijera: “no sé manejar la vida y aunque a veces me quiero bajar, puedo andar despacito, avanzando poquito en poquito pues al final hay alguien que me abraza, me contiene y me escucha”.

Bibliografía

1.ALI SAMI (1988). Pensar lo somático. El imaginario y la patología. Buenos Aires: Amorrortu editores.

2.BION, W.R. (1957): Volviendo a pensar. Argentina: Hormé, 1996.

3.DIO BLEICHMAR, E. (1985). El feminismo espontáneo de la histeria. Estudio de los trastornos narcisistas de la feminidad. Madrid: Siglo Veintiuno de España Editores, S. A.

4.DUNBAR, A. Et Al (2007). International Journal of Psycho-Analysis, 88:1087-1094.

5.MARTY, P. (1958). “The allergic object relationship”. Int. J. Psycho-Anal. 39:98-103. [“La relation d’objet allergique”. Rev Fr Psychanal 22:5-35.] 

6.McDOUGALL, J. (1980). A Child is Being Eaten—I: Psychosomatic States, Anxiety Neurosis and Hysteria—a Theoretical Approach II: The Abysmal Mother and the Cork Child—a Clinical Illustration. Contemp. Psychoanal., 16:417-459 Copyright © 2010, Psychoanalytic Electronic Publishing.

7. McDOUGALL, J. (1989) Teatros del cuerpo. Madrid: Tecnopublicaciones.

8.MELTZER, D. (1975): “Adhesive Identification”. Contemp. Psychoanal.11:289-310.

9.MELTZER, D. (1967): El Proceso Psicoanalítico. Buenos Aires: Lumen-Hormé. 1996.

10.RACKER, H. (1967): Estudios sobre técnica psicoanalítica. Buenos Aires: Paidós. 1990.

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De paciente a analizando: un recorrido posible

mayo 2, 2018 by eva@marc

En la actualidad podemos decir que cualquier enfermedad que tenga un componente emocional puede tratarse con psicoanálisis, algunas de estas enfermedades podemos llegar hasta su etiología y otras, como las enfermedades psicosomáticas, la desconocemos. Sin embargo, esto no indica que todas aquellas personas que tengan conflictos con su salud emocional o física deban atenderlos asistiendo al psicoanalista y tampoco, que los psicoanalistas mágicamente tengamos las herramientas para solucionar cualquier problema humano. Esto tenemos que pensarlo porque en la actualidad hay personas que asisten al análisis esperando que el psicoanalista los libere de problemas que tal vez tendrían que ser resueltos simplemente con determinación. Mientras que otros buscan tratamiento ante un síntoma que habla de un desorden caracterológico que dificulta sus relaciones con los demás. El presente trabajo busca pensar a través de un caso clínico de inicio de tratamiento la manera en que vamos haciendo analizando.
Primero Freud y después Klein afirmaron que el niño nace con un impulso a saber, una pulsión epistemofílica que lo lleva a preguntarse por los misterios y complejidades de la vida, ¿es éste mismo impulso el que lleva a la persona en crisis a buscar tratamiento? ¿Es condición humana la búsqueda del origen de su dolor? Freud advirtió que las ganancias secundarias de la enfermedad emocional dificultan el tratamiento psicoanalítico, entendiendo por éste el análisis de las resistencias y de la transferencia. Así, el deseo de saber puede sucumbir frente al deseo de mantenerse enfermo ante los prodigios de ocupar el lugar de víctima en la trama relacional. Entonces, ¿qué dolor es el que lleva a una persona a buscar tratamiento mientras que otra se aferra al sufrimiento? Al parecer, una de las paradojas analíticas es que la persona que voluntariamente busca tratamiento acude movilizado por la desesperación o el deseo de cambio, a pesar de que eso mismo es lo que provocará en él las resistencias que se ponen en marcha una vez que se establece el encuadre. Entonces, ¿la persona acude a tratamiento para no tratarse? Pienso que algunas de las personas que acuden a análisis caen en esta categoría, sin embargo si fuera eso una regla estaríamos sin trabajo. Y aquí es justamente donde pienso que está la tarea del analista de convertir el deseo latente del paciente en una demanda manifiesta.
La situación analítica permite desde el inicio que el analista vaya conociendo los gestos, los silencios, los tonos de voz, el uso del lenguaje del paciente, y éste va conociendo a su analista, desde cómo se viste, cómo saluda, los distintos estados de ánimo que se van traduciendo en su forma de ser. Así en la movilización de la transferencia es que el paciente y el analista tendrán que descifrar todo lo dicho y lo no dicho que inevitablemente está presente y, con todo eso, es con lo que interpretamos y sentimos al otro. ¿Es entonces posible pensar que el paciente se queda en tratamiento a pesar de nosotros mismos y a pesar de él mismo porque simplemente tiene una parte de su self que nos observa y se observa a sí mismo y percibe el deseo del analista de conocerlo, el interés que tiene en él y en su historia, así como percibe su desesperación y su urgencia para que alguien mitigue su dolor?
No todos los pacientes que acuden a tratamiento presentan las mismas dificultades en convertirse en una persona deseante de analizarse, de pensar en lo que le pasa y lo que subyace a lo que le pasa, hay quienes a pesar de nunca antes haber estado en tratamiento psicoanalítico pueden tolerar el silencio del analista, que vaya paulatinamente recabando en su discurso los elementos para comprender quién es el que habla; hay otros pacientes en cambio, que llegan a tratamiento con una urgencia específica, con una demanda manifiesta y es que la otra persona, el médico, el psicoanalista, el que supuestamente posee el saber, le indique qué hacer y cómo resolver con prontitud el problema con el que se presenta. Estos pacientes demandantes hacen un juego en la relación transferencia contratransferencia distinta, la demanda no puede ser satisfecha simplemente porque nuestro entrenamiento no tiene por objetivo aconsejar o explicitar la mejor conducta para resolver un problema determinado y menos aún porque nuestra disciplina no nos da el conocimiento para saber la manera en que la persona tiene de resolver el conflicto que lo atañe. Es cierto que lo que el analista va desarrollando, a partir de su propio análisis, del trabajo en el consultorio, de interminables sesiones teóricas y de supervisión, a tolerar sus impulsos y su frustración, intentando en la medida de lo posible reflexionar antes de actuar, pero eso no lo certifica a dar respuestas, consejos o similares a otros.
El paciente cuando acude al médico espera de éste una serie de estudios, de medicamentos, de técnicas que le ayuden a curar su malestar, de la misma manera que alguien que sufre mentalmente espera que su analista le ofrezca remedios contra su sufrimiento. La diferencia estriba en que el analista no tiene las palabras mágicas que curen y no sabe tampoco lo que el paciente tiene que hacer para curarse….lo único que sabemos que cura es el encuadre, la escucha interesada, las interpretaciones transferenciales y estar en el aquí y ahora entendiendo el allá y entonces con nuestros pacientes. De una manera descriptiva podemos decir que el análisis disuelve o minimiza las resistencias, hacemos consciente al yo de sus operaciones defensivas, de los contenidos y operaciones del ello y del superyó. Mediante la elaboración esperamos la reducción o abolición de las distorsiones del ello y del superyó, de su intensidad patológica, de la resolución o reducción de su conflicto intrapsíquico y de la fortaleza y soberanía del yo sobre la vida instintiva (Freud, 1934). O de manera cualitativa podríamos decir que el análisis ofrece la posibilidad de disfrutar más de la vida.
Entonces, ¿Qué hacer con un paciente que llega en crisis y nunca antes ha estado en tratamiento analítico? ¿Cómo hacer un “analizado” de una persona cuyo dolor mental rebasa su capacidad de comprender que el tratamiento psicoanalítico no ofrece respuestas sino genera preguntas? ¿Cómo ayudar a una persona que está convencida que otro posee el saber de lo que le pasa? ¿Cómo vamos haciendo analizado, es decir, una persona preocupada por comprender lo que le pasa y lo que subyace a lo que hace?
Eissler (1953) sugiere que la flexibilidad de los parámetros cuando uno inicia el tratamiento con un paciente permite que éste se vuelva analizando; esto es posible, dice nuestro autor, siempre y cuando uno regrese al método psicoanalítico clásico antes de terminar el análisis. Hay que recordar que Freud designó a la histeria como el modelo de desorden emocional y el método clásico como entrevistas diarias, el uso del diván, la abstinencia, la asociación libre y como única herramienta, la interpretación en transferencia. El cambio de parámetros supone por lo tanto el cambio de cualquiera de éstos como solución frente a un obstáculo en el análisis. Sin embargo, cada parámetro aumenta la posibilidad de falsear el proceso analítico de la misma manera que puede posibilitar el cambio estructural. La introducción de cualquier parámetro puede eliminar la resistencia sin antes ser debidamente analizada. Por ello, antes de quitar un obstáculo haciendo uso de un parámetro, se tienen que pensar y discutir las razones que provocaron el cambio (Eissler). Es pertinente advertir que el uso del diván por sí mismo o la frecuencia en las sesiones no garantiza que se lleve a cabo un psicoanálisis. Con todo esto en mente, regresamos a nuestra pregunta principal: ¿cómo hacemos un paciente analítico?
¿qué es lo que pasa en el curso de un tratamiento? ¿cómo vamos haciendo paciente analítico? ¿qué vamos haciendo con las demandas manifiestas y latentes del que llega a tratamiento? Esto fue lo que pensé cuando llegó Rodrigo a mi consultorio sin ninguna experiencia terapéutica o analítica previa y con una clara demanda: vengo porque necesito la opinión de un profesional que me diga qué hacer, e inicia el relato de lo que le sucede. Mientras Rodrigo me cuenta pienso si podré hacer de él un analizado, si podrá tolerar que yo no le diga lo que tiene que hacer, incluso tolerar que no me preocupa mucho lo que haga sino lo que está haciendo, que me es importante pensar en lo que hace y no en lo que tiene que hacer. Al terminar la primera entrevista me pregunta si debe terminar con Alonso o seguir con él. Le digo que apenas estoy intentando comprender esa compleja relación que me cuenta y lo invito a seguir con las entrevistas y le digo que una vez terminadas estas podré decirle algo de lo que pienso. Rodrigo asiente, mientras que yo pienso en su desesperada demanda y dudo de que asista a la próxima entrevista. ¿Tolerará Rodrigo mi silencio, podré transmitirle mi interés de escucharlo?
Knight (1953) afirma que las entrevistas guiadas pueden ofrecer más datos sobre aspectos psicóticos de la personalidad que la entrevista psicoanalítica que solo utiliza la asociación libre. Stone (1954) coincide con éste último al pensar que una entrevista guiada permite ver las reacciones espontáneas del paciente, pero sobre todo, la estructura de carácter y sus patrones de relación con los demás. Piensa que mucho mejor que conocer sus síntomas interesa ver cómo reacciona el paciente al encuentro con el analista que entrevista. Otros psicoanalistas utilizan la regla fundamental del psicoanálisis también como herramienta de la entrevista. Mi corta experiencia clínica me dice que el analista requiere de un tiempo considerable para conocer lo que le sucede al paciente y que el paciente, a su vez, requiere de tiempo para confiar, contar y explicar lo que le sucede. Y tal vez no sea relevante el tono en el que ocurren las entrevistas mientras que el analista no incurra en acciones inapropiadas que dificulten el proceso analítico. Es en lo que dice el paciente que el analista tendrá que encontrar lo que no se dice. Hay analistas que piensan que durante las primeras entrevistas el analista debería dejar que el paciente vaya contando lo que quiera y sus intervenciones tendrían que estar destinadas únicamente a establecer el encuadre (Glover, 1955, Liegner, 2003)
Para mi sorpresa, a pesar de no haber respondido a su demanda explícita Rodrigo regresa a su segunda entrevista. Al terminar, mientras lo acompaño a la puerta me dice muy ansiosamente ¿qué hago con Alonso, lo busco, termino, me doy un tiempo, qué hago? Dígame por favor qué hacer. Rodrigo nunca antes ha buscado ayuda psicológica, la demanda de ayuda está explícita entre nosotros, “necesito la opinión de alguien externo que no tenga interés en que siga o deje a Alonso, pues Gerardo, mi primer novio me dice que lo deje y yo creo que es porque le sigo interesando”. Le contesto con calidez y cortesía que creo comprender el dolor que siente en estos momentos, que cuando uno no sabe qué hacer es mejor no hacer nada y pensar, que en nuestra próxima entrevista le diré mi forma de trabajar. Lo veo salir desconcertado. Strachey (1934) nos advierte que para que el yo del paciente vaya comprendiendo la diferencia entre fantasía y realidad el analista tiene que apartarlo lo más posible de la realidad. Con la respuesta que le ofrezco a Rodrigo le quiero decir, que en este espacio no es importante lo que hace sino la comprensión de ello y sus orígenes, esto paulatinamente lo va a llevar a comprender que en este espacio pretendemos ver y comprender la compulsión a la repetición. Si queremos hacer de un paciente un analizado, el analista debe frenar cualquier comportamiento activo que interfiera y debilite el proceso analítico.
Freud advierte que uno tendría que decirle al paciente al inicio que no tome decisiones importantes mientras está en tratamiento, esta práctica ha caído en desuso porque en la actualidad los tratamientos son mucho más largos, sin embargo, me parece pertinente esta advertencia paradojal para puntualizar que nos importa poco lo que el paciente haga o deje de hacer, el acento está en la comprensión de su manera de comunicarse y relacionarse con los demás. Rothstein (1995) sugiere que los posibles analizandos se pueden agrupar descriptivamente en (1) los inhibidos, (2) los actuadores y (3) los que están muy enfermos y nos enferman a nosotros. Los “buenos” casos están en el primer grupo de pacientes. Esta pequeña clasificación puede ayudarnos a considerar la contratransferencia como la mejor herramienta que tenemos para saber si podemos trabajar o no con determinada persona. Este esquema se deriva de la concepción que las personas tienen dos tendencias fundamentales: la inhibición de su deseo o la actuación de su deseo, cualquier determinada tendencia nos indica componentes de personalidad indispensables.
Una forma de comunicación humana es la acción, de ahí que sea inevitable que el paciente actúe. ¿Se requiere de un periodo de prueba de psicoterapia como preparación al análisis (Stone, 1954) o es un periodo que contamina la posibilidad de un futuro análisis (Rothstein, 1994)? Rothstein(1994) advierte que la actitud que mantiene el analista permite convertir a un paciente en analizado y considera que es indispensable que el analista esté convencido que el psicoanálisis es el mejor tipo de psicoterapia para la mayor parte de las personas, piensa también que todas las personas son potencialmente analizables hasta que demuestren lo contrario y para que esto ocurra puede tardar meses o años, pero mientras exista progreso uno debe continuar analizando. Pensar que todas las personas son potencialmente analizables nos permite escuchar más allá de lo manifiesto, más allá de la demanda y las quejas del analizando, es decir, para ver su personalidad, comprender su historia, buscar entre lo oculto del discurso los orígenes de la compulsión a repetir.
La siguiente entrevista tuve la fantasía que Rodrigo buscó en Internet quién soy o de qué se trata el psicoanálisis un poco porque cambió su forma directiva de abordarme y pedirme soluciones. Sin embargo, no ha habido referencia explícita en este sentido. Eso me llevó a pensar en la transferencia preformada, el analizando construye los significados de lo que ocurre dentro de la situación analítica de acuerdo a sus expectativas. Se supone que el analista se encuentra al servicio del análisis, que interpreta aunque sus interpretaciones no sean buenas, o estén fuera de tiempo, o sean incompletas, y de esto el analizando hace una creación que está fuertemente determinada por su transferencia. Entonces recordé que fue la madre de Rodrigo quien me buscó para que le ayudara a salir de su confusión homosexual, le pedí a ella que me hablara directamente Rodrigo para solicitar una entrevista y dos meses después me llamó. La primera frase que me dijo Rodrigo al sentarse fue, mis papás quieren que busque tratamiento porque creen que tengo confusión acerca de mi homosexualidad, pero ese no es mi problema, vengo porque estoy muy deprimido, acabo de terminar una relación importante.
En la tercera entrevista de Rodrigo hice el encuadre, de manera escueta y básica le hable sobre las ausencias, el pago, la frecuencia de las sesiones, concordamos en un horario y le dije que me daba cuenta que él buscaba comprender lo que pasó en su relación con Alfonso, y que este espacio le podía servir para ir comprendiendo la manera en que se relacionaba con los demás, pero que no podía decirle qué hacer o dejar de hacer porque esa no era mi competencia, pero sí ayudarlo a pensar lo que hace. Rodrigo asintió y nos despedimos, el tratamiento empezaría después de vacaciones, dos semanas que podrían significar el inicio o la interrupción. Era un intermedio difícil porque Rodrigo estaba muy enojado y adolorido por la manera en que lo trató Alfonso y por otro lado, con muchos deseos de vengarse. Con esta primera separación se iría recolectando la transferencia (Meltzer, ). Rodrigo canceló la primera sesión de tratamiento después de las vacaciones, aludiendo un compromiso de trabajo, era ambivalente, habló a cancelar preocupado sobre si podíamos reponer esa sesión. A su regreso tenía novio nuevo, lo que me llevó a pensar en lo rápido que hace sus relaciones, las dificultades que tiene para estar sin pareja, la forma adhesiva de pegarse. La indiferenciación estaba dada en la relación transferencial también. Sustituyó a Alfonso conmigo y a mí con Roberto. Le introduje el diván pensando que sería buena idea porque sentía que Rodrigo estaba demasiado pendiente de mí, lo veía dubitativo y no podía asociar libremente, las sesiones parecían crónicas. La primera sesión en el diván parecía desconcertado, siguió de la misma manera como si nada hubiera cambiado. En cambio, la tercera sesión me pareció distinta, no hizo el intento de verme, se acostó y me habló de su enojo con sus papás porque habían decidido no pagarle más la terapia, una vez más, afirma, me dicen que me van a ayudar y no lo hacen, sé que necesito salirme de mi casa hay poca privacidad y mis papás creen que vengo al análisis para ser bien portado, dejar de ser gay, y pasar más tiempo en mi casa, y las cosas no son así, yo no vengo para eso, vengo para estar mejor, para entender por qué me relaciono de esa manera, sé que me tengo que salir de esa casa y tengo que ver cómo. Su discurso me pareció muy proyectivo, Rodrigo gana lo suficiente para salirse de esa casa y en realidad no necesitaría de sus papás para pagar su tratamiento. Me interesó saber cómo manejó la situación con sus papás, y me dio la impresión de disfrazada obediencia que encierra un resentimiento antiguo. ¿Estará pasando en la situación analítica lo mismo, parece obediente siguiendo las reglas pero yo tampoco le estoy dando lo que él quiere? La siguiente sesión me sorprendió verlo de traje, lo primero que me dijo cuando se acostó en el diván fue que lo habían despedido de su trabajo la semana pasada, me sorprendió el tono en que lo dijo y que en el material no parecía que tuviera problemas en su trabajo. Otra actuación, pensé, primero su pareja instantánea y ahora, se hace despedir de su trabajo. Me contó que uno de sus compañeros de grupo le caía mal, “el me ganó, porque se quedó y yo me fui, no puedo integrarme a los grupos fácilmente, si alguien no me cae muy bien, pues no me abro. Este cuate particularmente me caía mal porque contaba de su vida privada como si nada, nos contó que le pasó con su novia lo mismo que a mí con mi novio anterior, pero los papeles cambiados, él era el victimario, y yo fui la víctima, eso me cayó súper mal”. Era sorprendente escucharlo por su tono, casi alegre con el que me contaba que no tenía trabajo, pensaba que era un problema suyo porque desde que terminó de estudiar era su tercer empleo y en ninguno había estado contento, siempre había algo que lo molestaba. Era un alivio que lo corrieran porque así iba a tener un periodo de vacaciones hasta que encontrara otro trabajo. Lo habló con sus papás y le dijeron que no se preocupe, ellos van a solventar sus gastos mientras tanto, además ya no ando con Alfonso así que mis gastos son menores. Le pedí me contara sobre sus otros trabajos y sus despidos. Mientras lo hacía pensaba yo en la arrogancia en su estilo de comunicarlo. Al final de la sesión se paró y me dijo en la puerta, estuve pensando si hacíamos una pausa en el tratamiento hasta que encuentre trabajo o vengo una sesión en lugar de una. Le dije con firmeza que lo hablaríamos en nuestra siguiente sesión. Cuando se fue pensé en como Rodrigo traduce todo lo que le pasa en sus vínculos bajo los términos de ganar o perder y cómo se la ha pasado perdiendo sin percatarse emocionalmente de ello. Había que interpretarlo frente a esta interrupción. También pensé que no era casual que después de una tan emotiva sesión previa, donde parecía que había tocado su enojo en otro nivel venía a esta renunciando también al tratamiento. ¿Podemos convertir en analizandos a personas que temen sentir el dolor? ¿Para entrar en tratamiento y mantenerlo se necesita una parte depresiva en la personalidad que contacte emocionalmente y le ayude a tolerar lo intolerable? ¿Es por esto que Freud pensaba que las transferencias narcisistas eran inanalizables? ¿Cómo trabaja un analista con sus limitaciones de capacidad al no haber tenido tiempo suficiente para convertir al paciente en analizable? Rodrigo llegó diez minutos antes de terminarse la siguiente sesión, una vez más rompería los parámetros para abordar directamente el tema de la suspensión del tratamiento. Se sentó y le dije, la última sesión me hablaste sobre si parábamos el tratamiento o tomabas una sola sesión, yo pienso que ninguna de las dos es opción. Me parece que tu deseo de interrumpir el tratamiento no me debería de sorprender pues es algo que te pasa frecuentemente, así te ha pasado en tus relaciones de pareja y también en tus trabajos, muy pronto después de empezarlas las interrumpes. Creo que tienes que pensar qué parte de ti va a ganar, si la que desea pensar sus dificultades para establecer relaciones y es la que viene aquí aunque sea a los últimos diez minutos o la parte que no puede tolerar los vínculos más cercanos y corre en cuanto se empiezan a conformar. Si gana la primera entonces tendremos que pensar pues muchas veces más te van a dar ganas de interrumpir el tratamiento, lo importante es que cuando eso te pase lo podamos hablar. Sonrió, me dijo que nos veíamos la próxima semana. La siguiente sesión fue la primera sesión analítica. Empezó con un sueño, “el subdirector del área me pedía que pusiera algo, que hiciera algo y luego soñé con mi jefa que también me pedía que hiciera algo y hablábamos de regresar a trabajar, no recuerdo más pero me llamó la atención que toda la semana soñé con mi trabajo anterior. Me siento algo angustiado de que no estoy ganando dinero y no puedo cubrir mis gastos. Le pregunto si piensa que en su trabajo le faltó hacer cosas y que por eso lo despidieron. Sí me dijo, creo que sí, pero cosas para quedar bien con los demás. Como estar de gato de Mauricio, que era de mi grupo, yo no iba a hacer eso porque no me caía bien y no me entendía. Creo que me dieron de baja porque no entregué algo a tiempo. Me faltó hacerme más visible, a mi me gusta trabajar en el background, yo no iba a cada rato a decirles cómo iba, ahí esperaban el status pero yo no estaba de acuerdo con las reglas. Las reglas que ponían, bueno no eran escritas pero eran costumbres y yo no estaba de acuerdo con ellas. Cuando no estoy de acuerdo con algo opongo resistencia o me las brinco. Tampoco me gusta que se dirijan a mí de forma autoritaria, tenía que perder mi personalidad y alinearme, como con mis papás y eso no lo iba a hacer. Me faltó acoplarme pero no sé si lo podía hacer había normas y reglas que no iban con mi personalidad. Por seguridad no se podían usar USB y llevarse trabajo a la casa, y aunque estaban deshabilitados los puertos yo encontré una forma para sacar información de las computadoras y llevármela a la casa, claro que si se hubieran dado cuenta me hubieran corrido con cargos penales, pero no se dieron cuenta. Encuentro formas de burlarme las reglas. En la universidad prohibían llevar formularios para los exámenes pero yo encontré la manera de ponerlas en mi calculadora, en el servicio social encontré una manera para llegar tarde, faltar, y firmar sin que se dieran cuenta. Los horarios siempre los he doblado, entraba a las 9 y llegaba a las 10. En mi casa mi papá tiene la regla de que llegue a dormir y como no tiene sentido me la brinco. No me siento mal ni soy deshonesto porque no me hacen sentido y no estoy de acuerdo. Claro que si me hubieran cachado en el trabajo me hubieran cargado responsabilidades legales y en la escuela me hubieran quitado la beca. Desde chiquito he aprendido a decir mentiras, había muchas cosas que me avergonzaban con mis amigos, que mi papá no trabajara o que vivíamos con toda la familia y entonces mentía. He mentido tan bien que mis papás no supieron hasta hace bien poco que soy homosexual, muchos años salía y hacía y nadie sabía. La mentira ha sido un recurso en mi familia y con la gente, igual y por eso soy desconfiado, pienso que me mienten y me obsesiona encontrar la verdad. Hay de mentiras a mentiras, hay unas en las que no dañas a terceros, como los formularios o en mi trabajo…

Eissler, K. R. The effect of the structure of the ego on psychoanalytic technique American Psychoanal. Assn. 1:104-141 1953
Knight, R. P. (1953) Borderline states Bull. Menninger Clin. 17 1-12
Liegner, E. (2003). The First Interview in Modern Psychoanalysis*. Mod. Psychoanal., 28:87-97
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Strachey, J. 1934 The nature of the therapeutic action of psychoanalysis Int. J. Psychoanal. 50:277-292 [→]

Winnicott, D. 1963 Psychiatric disorders in terms of infantile maturational processes In: The Maturational Process and the Facilitating Environment New York: International Universities Press, 1965 pp. 230-241

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Conferencia ofrecida a la mujeres empresarias

mayo 2, 2018 by eva@marc

¿De qué manera queremos las mujeres estar acompañadas?

La mayoría de las mujeres se casan por el compañerismo y los hijos, aunque los hijos no son considerados simplemente como una bendición, pues suponen problemas económicos y emocionales con los que tenemos que lidiar.

Las encuestas indican que casi todas las mujeres se sienten menos satisfechas en lo que respecta al compañerismo con su esposo al cabo de unos años de matrimonio. Con la llegada de los hijos los hombres se sienten con necesidad de trabajar más y mejor, y muchas esposas empiezan a sentir la pérdida de intimidad conyugal. Cuando los hijos crecen, llegados a la adolescencia, digamos después de 20 años de casadas solo un 6% sigue muy satisfecha y el 21% está muy insatisfecha. Sin embargo, se ha encontrado que una vez que los hijos se independizan muchos de los problemas conyugales disminuyen.

Todo lo que sabemos ahora es que las mujeres buscan algo más que buen sexo; buscan cariño, respeto, amistad, intereses comunes, compañerismo. La pregunta es, ¿si no hay gratificación sexual, compañerismo, estabilidad emocional e hijos, para qué casarse?

El los años 60 existía la idea de que el empleo de la mujer debía ser inferior al del hombre y que debía someter sus necesidades profesionales a las del varón. Para los 70, ya en muchos hogares ambos miembros de la pareja trabajaban, sin embargo las mujeres seguían llevando la mayor carga de las responsabilidades domésticas y de los niños, situación que prevalece hasta hoy y que se convierte en uno de los grandes conflictos entre las parejas que trabajan. Paulatinamente los hombres se han ido haciendo más cargo de las tareas domésticas, y se ha visto que mientras más educación tiene el hombre más participa en el hogar, entre los intelectuales la ayuda mutua se da mucho más que en las parejas de clase media y baja donde los maridos siguen pensando que son las mujeres las responsables de las tareas domésticas.

Hay otra revolución social que se está llevando a cabo y que es mucho más lenta en México y es la participación de los hijos en las tareas domésticas.

Y actualmente se ve más a hombres que se encargan de lo doméstico y mujeres exitosas que trabajan porque son más productivas que los hombres. Lo que es notorio es que hay dos grupos que les ha costado trabajo cambiar su forma de pensar los asuntos de género: la clase alta y la clase baja que en su mayoría las mujeres son amas de casa. En cambio en la clase media ambos miembros de la pareja trabajan.

¿Por qué les gusta a las mujeres trabajar?

Porque no quieren ser económicamente dependientes de los maridos. Las mujeres seguirán siendo consideradas el segundo sexo al depender económicamente de los hombres. Algunas mujeres recuerdan a sus madres pidiéndoles dinero a sus maridos y teniendo poco que decir acerca de la economía familiar. Porque es cierto que cuantos más recursos económicos aporta un cónyuge al matrimonio, mayor es su poder de negociación en la pareja. Y es el poder que afecta la toma de decisiones que debe tomar cualquier pareja, desde la promoción de la carrera hasta la división del trabajo doméstico.

Otro supuesto es que la mujer trabaja porque no quiere estar atrapada a la casa, no quiere ser parte de un pequeño mundo. Mientras más educación tienen las mujeres más buscan expandir sus horizontes.

Además con el aumento en la longevidad de las mujeres, el periodo de la crianza de los hijos es muy corto. Si las mujeres se embarazan a los 30 y la vida dura hasta los 80, solo pasan una tercera parte de la vida siendo mamás. Incluso muchas dejan de trabajar mientras sus hijos son pequeños y luego retoman su trabajo.

En la actualidad hay matrimonios buenos con sexo mínimo o malo y malos matrimonios con un sexo excepcional, antes el amor hacía posible el sexo, pero hoy las jóvenes tienen sexo con varios hombres y luego se enamoran y luego deciden vivir juntos. Sin embargo, el sexo y el amor no son suficientes cimientos para una relación duradera, se requieren intereses comunes, valores y objetivos, respeto mutuo y el compromiso moral pueden ser tan valiosos como el sexo, el amor o el dinero para conservar una unión.

Y aunque hoy la mayoría de las parejas entran en igualdad de circunstancias profesionales y laborales al matrimonio, la vida de casados no es verdaderamente igualitaria. Se han hecho muchas encuestas, entrevistas y evaluaciones que indican que los maridos tienen una opinión más positiva del matrimonio que sus esposas. Los solteros tienen más problemas que los casados, mientras que las mujeres están mejor solteras que casadas. Y esto puede ser porque las mujeres tienen más estrés que los maridos por sus obligaciones laborales y familiares porque cuidan de sus hijos, de sus padres ancianos y hasta de parientes enfermos.

Cuando la pareja se divorcia la mujer pierde más en lo económico, por lo general ellas bajan de nivel de vida en un 27% mientras que los hombres lo aumentan en un 10% Y esto es porque las madres obtienen la custodia de los hijos, y la ayuda que reciben no es suficiente, además de que las mujeres ganan un 75% de lo que ganan los hombres, al tener la custodia de los hijos dificulta su desempeño profesional.

En los segundos matrimonios lo más probable es que el marido se case con alguien más joven que su anterior esposa, y la mujer con alguien de su edad o mayor. Desafortunadamente hay menos candidatos masculinos porque hay más mujeres mayores que hombres mayores, por eso las viudas se casan menos que los viudos. Otra diferencia entre hombres y mujeres es la capacidad de reproducción, una mujer de cincuenta pierde la posibilidad de quedar embarazada, mientras que los hombres siguen siendo fértiles casi toda su vida.

Las mujeres tienen otras ventajas. Viven en promedio, siete años más que los hombres. Además de poder llevar niños dentro de su cuerpo establecen una conexión única con sus hijos por el embarazo y la lactancia. Tienen más amigas y se relacionan mejor con los hombres que viceversa.

Algo que hemos aprendido en los últimos 30 años es que el matrimonio no es la única posibilidad en la vida, primero porque las mujeres ya no dependen económicamente de los hombres, y por lo tanto, ya no tienen que casarse para sobrevivir. Se ha visto que las mujeres empresarias se casan menos.

Hay una frase que dice “Cuanto más cobran las mujeres, menos ganas tienen de casarse” y lo que sucede es que más que el matrimonio, la maternidad se ha vuelto un problema para la mujer trabajadora dada la diferencia salarial entre madres y no madres. Mientras que la mujer soltera cobra por hora un 90% de lo que cobra un hombre una mujer con bebés cobra el 70%.

Estamos viviendo en una época en donde nunca ha habido más personas que viven solas, más parejas que viven juntas sin casarse, más parejas homosexuales que vivan juntas. Hay ciudades y países donde existen leyes para las parejas que viven juntas sin casarse con la finalidad de tener los mismos derechos. Asimismo cada vez hay más mujeres que no desean tener hijos. Por otra parte, hay más madres solteras ya que las mujeres de 40 años optan por tener un hijo sin casarse con el padre del bebé. Esto tiene sus consecuencias pues se ha visto que estos hijos van a crecer con más carencias económicas que aquellos que son criados por una familia de dos progenitores.

¿Qué espera una mujer cuando se casa? Por lo menos que esté en el 50% de los matrimonios que son para toda la vida, normalmente la gente se sigue casando para siempre en el 86% de los casos; ya no se espera que los hijos mantengan unida a la pareja pues se sabe que los hijos crean conflictos en el matrimonio, es probable que los matrimonios que superan los problemas de educación de los hijos logren una unión firme y esto va a depender del grado de intimidad que alcancen. Ser el testigo íntimo de la vida de otra persona se aprecia a lo largo del tiempo y una pareja con el tiempo habrá de haber superado los problemas de los hijos, la infidelidad de uno o de los dos, la muerte de los padres, la lucha de los hijos cuando crecen.

Si bien es cierto que muchos de los cónyuges ponen punto final a su relación cuando uno tiene una aventura, otros no, pues muchos piensan que su unión es muy especial, aunque tengan relaciones extramatrimoniales. Además como muchos inician su vida sexual antes de casarse se espera que puedan estar en una relación monógama después de la boda. Todos tenemos tentaciones, actualmente los hombres y las mujeres tenemos las mismas posibilidades de ser infieles. Pero la infidelidad no siempre conduce al divorcio o a una amargura permanente, no siempre es cuestión de sexo una relación matrimonial y muchas veces una relación extramatrimonial une a la pareja después del evento.

Cómo nos relacionamos con los hombres? A partir de nuestra relación con nuestra madre….

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